Miércoles, 18.10.2017 - 15:38 h

La CUP, la historia de un extremismo que llevó al Govern a estar fuera de la ley

Los 10 diputados y 330.000 votos logrados el 27 de septiembre de 2016 han sido las palancas que han movido el llamado procés hacia las posiciones más radicales. 

La CUP es una formación marxista-leninista, adicta a los asambleario, contraria al euro y a la UE que se mira en el espejo de los fracasos latinoamericanos. 

CUP, la historia de un extremismo que ha llevado al Govern a estar fuera de la ley

Si alguna sorpresa arrojaron las elecciones autonómicas del 27 de septiembre de 2016 fue el aumento de representación de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) en la cámara autonómica. Pasó de tres diputados, a cosechar más de 330.000 votos y lograr 10 diputados que han demostrado ser una de las palancas que han movido el llamado procés hacia las posiciones más enconadas y radicales. De hecho, no son pocas las voces que claman contra el control que ejerce la CUP sobre el Gobierno autonómico de Junts Pel Sí, al que sostiene con su grupo parlamentario.

Y aunque fue en el año 2016 cuando lograron relevancia parlamentaria, lo cierto es que esta candidatura, que pretende remembranzas chilenas con la Unidad Popular de Salvador Allende, tiene su origen en los años 80 del siglo pasado.Radicalidad irrelevante

Las elecciones municipales de 1979, en las que la UCD ganó en el conjunto de votos y el PSC arrasó en Cataluña, ganando en todas las alcaldías disputadas, con una Constitución recién estrenada y una democracia que nacía, un grupo de candidaturas de un irrelevante valor electoral y escasa vinculación social, decidieron coordinarse bajo las siglas de la CUP.

En 1987, ya con Felipe González en la Moncloa y dada por terminada la Transición, la marca CUP es inscrita en el registro de partidos políticos por el Movimient d’Esquerra Nacionalista (MEN), un movimiento nacido de la escisión de la parte más asamblearia del partido socialista y confederalista, Nacionalistes d’Esquerra. En esa inscripción tuvo también su protagonismo el Movimient de Defensa de la Terra (MDT), independentista, claro, y revolucionario de corte marxista-leninista.

Ese mismo año, la recién nacida CUP, que aglutinaba por entonces los sectores más radicales de los ya de por sí radicales partidos marxistas de Cataluña, optó por apoyar a Batasuna en las elecciones europeas. Esa fue su carta de presentación. Pero continuaban siendo una conjunción de radicales (marxistas-leninistas, anticapitalistas, comunistas, etcétera) de insignificancia electoral y política. Intentando paliar el ostracismo al que la sociedad catalana relegaba aquellas posturas (una sociedad que mayoritariamente se declaraba autonomista y optaba por opciones políticas como el PSC o CiU), decidieron integrarse en la llama Crida per la Solidaritat.

En enero de 1981, un grupo de intelectuales firmó un manifiesto ante el “propósito de convertir el catalán en la única lengua oficial de Cataluña” y la llamada inmersión lingüística. Se conoció este manifiesto como el de los 2.300, que fueron el número de personas que lo firmaron.Auge y caída de la Crida

La reacción no se hizo esperar por parte del catalanismo. Se organizó en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona un acto en el que nació la Crida, con representantes de todos los sectores del catalanismo, desde CiU hasta la CUP. Pero tan pronto como se organizó, surgieron las discrepancias. CiU no quería mencionar la autodeterminación, mientras que el resto de entidades sí. Y como no hubo oportunidad para negociar una posición intermedia y conjunta, todas las entidades vinculadas a Convergencia acabaron por abandonar el movimiento.

Liderando la Crida estaba el carismático líder de ERC, Àngel Colom. En 1984 se descabalgaron amenazando con “acciones directas” (eufemismo de acciones violentas) contra los comercios que no rotularan en catalán y ese mismo año organizaron una marcha nocturna, antorchas en mano, por el centro de Barcelona en protesta de las supuestas torturas protagonizadas por la Policía Nacional.

Amenazaron con poner una bomba en la actuación de Tip y Coll, pintaron un buque de guerra americano, sabotearon la construcción de líneas de alta tensión y lograron abrir delegaciones en la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares, revistiendo en acciones solidarias la exégesis catalanista.

La organización apenas si pudo sobrevivir a la marcha de Colom y al repunte que, con él como líder principal, vivió ERC. Un auge que desembocó en la disolución de la Crida en 1993. Pero los años 90, la izquierda independentista catalana (excepto ERC) sufrió un momento de crisis de identidad, de ideas y de organización. Así, algunas CUP se integraron en el partido comunista y ecologista, Iniciativa per Catalunya, diluyéndose tanto las personas como la marca en sí, entre el marasmo de formaciones, asociaciones, fundaciones y un sinfín de entidades.Proceso de Vinaroz: de refundación en refundación

El nuevo siglo trajo consigo una nueva generación de líderes independentistas que no estaban dispuestos a asumir los principios organizativos y estratégicos de ERC y decidieron organizarse de nuevo. Arrancó así el conocido como Proceso de Vinaroz.

En abril del año 2000 se citaron en aquella ciudad, un variado grupo de asociaciones y entidades del abultado mundo de la izquierda independentista catalana: Endavant (a la que pertenece la actual portavoz de la CUP en el Parlament, Anna Gabriel), Poble Llibre o el MDT. De aquel encuentro nació la Coordinadora de Esquerra Independentista, de la que a su vez, nacería, a finales del 2002, la CUP. Y aún con la “refundación” de Vinaroz, la recién nacida no superó los 35.000 votos.

Tal fue el silencio, que apenas seis años después de haberse refundado, la izquierda radical independentista que entonces era la CUP refundó su refundación con una Asamblea Municipal, en la que quedaron fijados los principales ejes ideológicos de la formación.

Se definía a sí misma como “una organización política asamblearia de alcance y ámbito nacional, que se extiende en todos los Países Catalanes (sic) y que, partiendo del ámbito municipal, trabaja por unos Países Catalanes independientes, socialistas, ecológicamente sostenible, territorialmente equilibrados y no patriarcales”.

En adelante, se fueron configurando como partido político. Se aprobó en 2011 un programa electoral conjunto para todas las candidaturas que se presentaran bajo la marca CUP -algo insólito hasta entonces-; y fue un éxito pues quintuplicaron los resultados obtenidos en 2007.

Hasta 2012, su ámbito de acción habían sido los municipios. Pero quizá por el éxito de la estrategia planteada un año antes, se tomó la decisión de presentarse a las elecciones al Parlamento de Cataluña, recibiendo el apoyo en su carrera hacia la cámara autonómica, de entidades con nombres tan sugerentes como En Lucha, Corriente Roja, Lucha Internacionalista o Revolta Global. Y de nuevo, cosecharon el
éxito con más de 120.000 votos y tres diputados.

Y así es como se llega hasta el 2016. Es demasiado reciente como para que haga falta una ardua memoria. Crisis económica, caída en desgracia del gran personaje del catalanismo, defenestración de Mas…

La CUP, que como todos los movimientos de corte marxista-leninista, sabe trabajar con las angustias y enfados de la sociedad como un panadero con su masa, se presentó a las elecciones de septiembre sin ocultarse: ni euro ni Unión Europea; ni Francia, ni Alemania, ni Reino Unido, sólo Venezuela, Cuba y la Alianza Bolivariana; de la deuda, ni un céntimo y la tierra, ni para su dueño, ni para quien la trabaja, sino para el Estado.

Fueron francos en su campaña electoral y supieron reunir en torno a sus papeletas a más de 300.000 personas. Diez diputados que, ni en sus peores sueños lo imaginaron Pujol, Mas o Junqueras, resultaron pieza clave para poder formar gobierno y llevarlo a la ilegalidad.

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