Miércoles, 22.11.2017 - 00:22 h

La sociedad catalana, el ruido y la voz

El “ruido de la calle” (es decir, lo que públicamente se expresa o vocifera) no siempre refleja fielmente lo que realmente es “la voz ciudadana”  (lo que la mayoría siente y piensa).

Media Cataluña se hace oír estrepitosamente mientras que la otra media guarda silencio (pese a ser, en realidad, ligeramente mayoritaria). 

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Todos los datos disponibles indican que la sociedad catalana está muy enfadada con el actual gobierno español (y, por extensión, con el resto de España. Es sabida la facilidad con que, en política, se incurre en tan fácil como injusta sinécdoque: el gobierno del PP es Madrid, y Madrid sin más es España). Se trata de un enfado en gran medida transversal (lo comparte, incluso, casi la mitad de los propios votantes catalanes del PP) y que se fundamenta en la sensación de que Cataluña ha sido (y es) objeto de persistente y agraviante desatención y maltrato.

Hace ya más de medio siglo, Dionisio Ridruejo advirtió que, en realidad, lo que persiste en la relación entre Cataluña y el resto de España es un desentendimiento inducido: tópicos y prejuicios lanzados desde uno y otro lado, tan emocionalmente cargados como carentes de fundamento racional, y que no resultan fáciles de desactivar. Sobre todo, si, como ha sido ahora el caso, nadie se pone seriamente a ello. Un imprescindible texto de Xavier Vidal-Folch y José Ignacio Torreblanca, en la edición de ayer domingo del diario El País, constituye un lacerante ejemplo de todo lo que en estos años pasados se habría podido (y debido) contra-argumentar al relato de situación aireado por el soberanismo (amasado de verdades, medias verdades y flagrantes falsedades)… y no se ha hecho. 

De hecho, se le ha dejado persistir y difundirse hasta hacerse indisputable, sin apenas réplica creíble o solvente, y así, a lo largo de estos tres últimos años, se ha podido comprobar, sondeo tras sondeo, que el independentismo (cuyo núcleo duro estable agrupa a un 30% de la ciudadanía catalana: proporción muy sustancial pero lejos de ser mayoritaria) ha podido, gradualmente, incrementar sus apoyos hasta llegar al 45% de la población. Es decir, casi la mitad. Este crecimiento del independentismo se ha producido por la captación para la causa de independentistas circunstanciales: entre un 10% y un 15% adicional de ciudadanos, que han optado por dar ese paso indignados por lo que se les ha presentado —y han acabado por percibir— como insoportable trato agraviante e irrespetuoso, por parte “de Madrid”, hacia los símbolos y señas de identidad catalanes.

Ahora bien, los datos de una larga secuencia de sondeos periódicos de Metroscopia (el último de hace tan solo tres días) revelan que si a la reduccionista opción entre independencia o no independencia se le añade una tercera opción (seguir formando parte de España pero dentro de un nuevo marco legal que garantice a Cataluña determinadas peculiaridades y competencias) esta es, automáticamente, la que pasa a
hacerse con el apoyo del 45% de todos los catalanes. Los partidarios de la independencia quedan entonces en el 30% y un adicional 20% mantiene su preferencia por el actual statu quo. Es decir, parte de la actual pulsión independentista (que tiene un arraigo antiguo, profundo e intenso, pero que nunca, hasta ahora al menos, ha logrado ser mayoritaria) parece susceptible de reconducción a
planteamientos menos radicales a poco que se ofrezca negociar, creíble y responsablemente, propuestas que pueden resultar exigentes pero no radicalmente inasumibles.

Pero hasta ahora no se ha hecho oferta alguna desde la única instancia en condiciones de hacerla. Y así se ha llegado a la actual situación. En este momento, los datos disponibles indican que por debajo del intenso estruendo callejero existente en Cataluña desde el pasado día 20, los posicionamientos y opciones básicos de la ciudadanía no parecen haber variado significativamente respecto de lo que venían siendo: una clara y persistente mayoría considera que el referéndum propuesto no reúne las garantías precisas para tener plena validez (61%/34%); se declara en desacuerdo con la forma en que la ley del referéndum ha sido tramitada en el Parlament (52%/39%); y se posiciona contra una posible declaración unilateral de independencia (60%/37%). Sigue siendo casi unánime (82%) el anhelo (por improbable que sea de cumplirse) de un referéndum de nuevo cuño, sin las deficiencias  unilateralidad, ilegalidad, apresuramiento— que perciben en el previsto para el 1 de octubre, sino debida, y sosegadamente, negociado y consensuado en todos sus extremos y, por tanto, plenamente legal. Y se mantiene, en los mismos términos que hace meses, la preferencia por una alternativa negociadora “a la vasca” en vez del actual procés, y por unas nuevas elecciones autonómicas como forma más adecuada de determinar cuál es en estos momentos la verdadera voluntad de los catalanes (55%/41%).

Si esto que los ciudadanos del Principado acceden a decir, de forma anónima y confidencial, en los sondeos es lo que realmente piensan ¿por qué no lo parece? ¿Por qué el estruendo callejero logra más bien transmitir la impresión de ser la única y real voz del conjunto de la ciudadanía? La ya larga experiencia demoscópica enseña que el “ruido de la calle” (es decir, lo que públicamente se expresa o vocifera) no siempre refleja fielmente lo que realmente es “la voz ciudadana” (es decir, lo que en realidad la mayoría siente y piensa). En situaciones en que cabe suponer la existencia de lo que técnicamente se conoce como una “espiral de silencio” (es decir, de una situación de coacción ambiental que propicia la amplificación y sobredimensionamiento de unas opiniones, con la consiguiente inhibición de la expresión, con equivalente naturalidad, frecuencia e intensidad, de otras) el “ruido de la calle” tiende a ser, erróneamente, interpretado como fidedigna expresión del general sentir ciudadano.

Y eso es lo que, parece estar sucediendo en estos momentos en la sociedad catalana: partida ideológicamente (pero no por ello, quizá, en la misma medida, emocionalmente) en dos, media Cataluña se hace oír estrepitosamente mientras que la otra media guarda silencio (pese a ser, en realidad, ligeramente mayoritaria). La primera tiene un relato, y un relato además emocionalmente arrollador; la segunda, pese a tener tantas razones para contra-argumentar, no ha logrado, todavía, construirlo y acaba así por parecer no tenerlo.

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