Lunes, 20.11.2017 - 10:42 h

Engañar a un periodista en tiempos de la posverdad

A los periodistas siempre nos intentan engañar, y por desgracia lo consiguen con mucha frecuencia. En el reportaje del padre de Nadia hay varias cosas que pedían a gritos salir a comprobar.

Fernando Blanco miente más que habla, ahora se sabe con certeza. Pero el periodista debe desconfiar de todo el mundo, hasta de él mismo, si es preciso.

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Desde que Paul Valery sentenciara aquello de que el futuro ya no es lo que era, en el mundo ya nada es lo que fue, y mucho menos en el mundo del periodismo. Pero una cosa es que lo de comunicar esté cambiando a golpe de tecnologías, y otra distinta que los que debemos informar nos olvidemos de sacar la basura, o sea, de lo elemental.

¿Y qué es lo elemental? Algo tan estricto y pelado como contar la verdad y nada más que la verdad. ¡Qué me dice usted!, ingenuo escribidor, si vivimos en tiempos de la posverdad. Sí, de acuerdo, pero no puedes permitir que te metan un gol por toda la escuadra mientras tú saludas a la grada. Acepto incluso el término controvertido, y algo cursi, de la posverdad, de que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones.

A los periodistas siempre nos intentan engañar, y por desgracia lo consiguen con mucha frecuencia. En el reportaje de las declaraciones del padre de Nadia hay muchas cosas que pedían a gritos salir a comprobar:

Por ejemplo, persiguió a uno de los mejores genetistas del mundo hasta que a la tercera aceptó investigar para su hija. Por ejemplo, reclutó a los más brillantes científicos y los juntó en las instalaciones del Centro de Investigación Aeroespacial de Houston para que trabajen para Nadia una hora a la semana. Por ejemplo, se llevó a la niña a Afganistán en mitad de la guerra -bajo las bombas y las balas- para convencer al especialista que le faltaba. Por ejemplo, logró hablar con el vicepresidente Al Gore para pedirle ayuda. Por ejemplo, hace tiempo que se está dejando morir -renunció a la quimioterapia- para dar vida.

Fernando Blanco miente más que habla, ahora se sabe con certeza. Pero el periodista debe desconfiar de todo el mundo, hasta de él mismo, si es preciso, y sobre todo de sus sentimientos. Para no pillarte los dedos y algo más debes partir de la presunción de falsedad de una exclusiva. Sin embargo, para eso hay que trabajar mucho más, y nunca hay tiempo ni dinero. Algo que tampoco hicieron los otros medios que siguieron la estela que dejó el reportaje.

Lo del periodista es un patinazo que no debería amargarle más de la cuenta. En esta profesión sólo hay una cosa grave que te convierte en un proscrito irrecuperable: publicar una noticia falsa sabiendo que es falsa.

Hay otro error, no tan grave pero sí peligroso, que te complica tu trabajo y a la larga lo acabas pagando caro: cogerle cariño –excesiva empatía- a tu fuente. Cuando es un pequeño timador “blanco” quien te muerde la mano, te mancha pero no te destruye. Lo peor es cuando la amistad o el cariño se lo coges a un tiburón político o financiero y este te la devuelve doblada. Las falsedades más nocivas no son las trampas de los pequeños rufianes sino las mentiras cotidianas de los grandes hombres, que se instalan en los medios y nadie se molesta o se atreve a desactivarlas.

El cinismo cultural imperante en nuestra desmoralizada época, acepta como normal y sin rechistar que los líderes políticos que votamos en las urnas nos mientan sin rubor y sin disimulo en nuestra propia cara. Esto es lo más grave, pero esta culpa no es sólo de la prensa… ¿tendrá algo que ver en ello una sociedad que se deja seducir más por las emociones que por los hechos objetivos?

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