Viernes, 29.05.2020 - 12:46 h

El espionaje a Rousseff deja su visita a Washington pendiente de un hilo

La visita de Estado que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, tiene previsto hacer a Washington el 23 de octubre próximo parece pender de un hilo, tras la denuncia de que sus comunicaciones fueron espiadas por agencias estadounidenses.

Eduardo Davis

Brasilia, 3 sep.- La visita de Estado que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, tiene previsto hacer a Washington el 23 de octubre próximo parece pender de un hilo, tras la denuncia de que sus comunicaciones fueron espiadas por agencias estadounidenses.

"Los próximos pasos decidirán si esa visita se mantiene o no", pero "hasta ahora no ha sido cancelada", dijo hoy a Efe una fuente oficial, que insistió en que la respuesta que Brasil dará a Estados Unidos por el espionaje a Rousseff dependerá de las "explicaciones" que ofrezca el Gobierno de Barack Obama.

La misma fuente explicó que la presidenta brasileña "pudiera" hablar con su homólogo estadounidense sobre ese asunto en la ciudad rusa de San Petersburgo, donde ambos coincidirán el jueves y viernes de esta semana en la Cumbre del G20.

Sin embargo, aclaró que "no está prevista una reunión con Obama" y que ni siquiera ha sido "pedida".

De todos modos, admitió que "pudiera ocurrir, como siempre pasa en las cumbres", aunque en este momento, con el grave escándalo del espionaje como telón de fondo, apuntó que "no será una coincidencia cómoda".

Los documentos que revelan la forma en que fueron o son espiados los teléfonos y los correos electrónicos de Rousseff, ya que no se aclara si esas actividades realmente cesaron, fueron divulgados este domingo por el canal de televisión Globo.

Los presentó el periodista Glenn Greenwald, columnista del diario británico The Guardian, que reside en Río de Janeiro, quien a su vez los obtuvo directamente de Edward Snowden, exanalista de la Agencia Nacional de Seguridad (ANS) de Estados Unidos, asilado temporalmente en Rusia, donde se reunirá el G20.

Según esos documentos, los sistemas de la ANS le permitieron a los servicios de inteligencia de Estados Unidos conocer el contenido de las comunicaciones entre Rousseff y decenas de asesores, aunque no aclaran a qué tipo de información tuvieron acceso.

El Gobierno de Brasil reaccionó con enorme indignación a esas revelaciones, convocó al embajador de Estados Unidos en el país, Thomas Shannon, a la Cancillería y exigió explicaciones "rápidas y por escrito" al Gobierno de Obama.

"Transmití la indignación del Gobierno" y "manifesté que la violación de las comunicaciones de la presidenta es inadmisible, inaceptable, y constituye una violación de la soberanía brasileña", dijo el canciller brasileño, Luiz Alberto Figueiredo, sobre su reunión con Shannon.

Más de 24 horas después de conocerse esos nuevos documentos de Snowden, no había habido ningún comentario oficial en Estados Unidos sobre el enorme malestar de un país "amigo" con el que existe una "asociación estratégica", en palabras de Figueiredo.

Por esa estrecha relación, el ministro de Justicia brasileño, José Eduardo Cardoso, ha considerado "aún más grave" el espionaje a la presidenta, del cual dijo que "ha excedido claramente el límite de la lucha contra el terrorismo", en la que se escuda Estados Unidos para justificar a sus servicios de inteligencia.

Estas denuncias surgieron en momentos en que Rousseff prepara su visita a Washington de octubre.

Esa visita sería la primera de un mandatario brasileño a la Casa Blanca revestida con carácter de Estado desde 1995, cuando Fernando Henrique Cardoso fue recibido con esos honores por el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton.

Este lunes, al explicar en una rueda de prensa la reacción de Brasil frente a las nuevas denuncias, el canciller Figueiredo se negó una y otra vez a responder si el viaje se mantiene en pie. "No estoy aquí para hablar de esa visita", respondió.

Según las fuentes consultadas por Efe, todo dependerá de la forma en que responda Estados Unidos, de cuánto demore en hacerlo y de que las "explicaciones" satisfagan al Gobierno brasileño y, en especial, a la propia Rousseff.

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