El salafismo marroquí también entra en política

  • El movimiento salafista, que representa la tendencia más rigorista y conservadora del Islam, está ganando en los dos últimos años en Marruecos una mayor visibilidad social y ahora también política, tras haber sido perseguido y reprimido durante una década.

Fátima Zohra Bouaziz

Rabat, 30 jun.- El movimiento salafista, que representa la tendencia más rigorista y conservadora del Islam, está ganando en los dos últimos años en Marruecos una mayor visibilidad social y ahora también política, tras haber sido perseguido y reprimido durante una década.

La "reconversión ideológica" de algunos de los líderes salafistas les ha llevado a integrarse en la vida política y aceptar el sistema político marroquí con todas sus líneas rojas, pero junto a ellos conviven salafistas que preconizan una ruptura radical con el orden establecido y la instauración de un Estado que se rija únicamente por la sharia (ley islámica),

Si en otros países árabes como Túnez y Egipto las revueltas de 2011 trajeron a primera línea a unos movimientos salafistas en franco ascenso -Al Nur en Egipto y Ansar al Sharia en Túnez-, en Marruecos es todavía un fenómeno incipiente.

"El salafismo marroquí carece de una dimensión organizativa, estructurada y jerarquizada con una cúpula conocida", explicó a Efe el politólogo y especialista en movimientos islámicos, Mohamed Darif, quien cree además que las contradicciones entre el salafismo y el régimen establecido son menores en Marruecos que en otros países árabes.

Por ejemplo, el salafismo ha aceptado moderar su discurso con respecto a dos fenómenos denostados hasta casi ayer mismo: la figura del rey como "comendador de los creyentes" y la de las "instituciones" antes "ilícitas", como el parlamento o los partidos políticos.

El fruto más evidente de esta moderación en el discurso ha sido la entrada en política de Mohamed Rafiqi "Abu Hafs", notorio salafista marroquí condenado en 2003 a 25 años de cárcel como ideólogo de los atentados suicidas de Casablanca e indultado por el rey Mohamed VI en 2011.

Rafiqi y cuatro correligionarios acaban de integrarse en la directiva del Partido Renacimiento y Virtud (PRV, sin representación parlamentaria), algo que no todos los salafistas han visto con buenos ojos.

Para Rafiqi, su entrada en política servirá para "salvaguardar los valores de la sociedad", pero enfatizó en que sus prioridades irán dirigidas a problemas socioeconómicos que afectan a los marroquíes, más que con los temas clásicos (las libertades individuales) que suelen oponer a islamistas contra laicos.

Con este paso, los salafistas consolidan su integración en la vida pública, donde coexistirán con el "islamismo moderado" del Partido Justicia y Desarrollo (PJD) que encabeza la actual coalición gubernamental y con el movimiento Justicia y Caridad (ilegal pero tolerado), muy activo en el ámbito social y al que se niega su entrada en política por no aceptar el papel religioso del monarca.

Para Darif, el PRV, que no es propiamente un partido islamista, juega con la "carta del islamismo" para conseguir un hueco en el tablero político, como hizo en 2007, cuando obtuvo un escaño parlamentario que ocupó el predicador Abdelbari Zamzami, conocido por sus estrambóticas fetuas.

A diferencia del PRV y de Rafiqi, que optan por defender sus ideas políticas dentro del sistema, otras figuras salafistas, como Hasan Katani, considerado como uno de los jefes espirituales del salafismo y excompañero de cárcel de Rafiqi, ha mostrado su desdén por la política y preferido quedarse en el ámbito de la predicación.

Una tercera figura de esta tendencia es el jeque Mohamed Fizazi, indultado en 2011 tras renunciar a la violencia, y que ya intentó formar un partido salafista, pero chocó con el rechazo de las autoridades que prohíben la constitución de partidos con base expresamente religiosa.

Toda esta fragmentación del campo político religioso podría conducir a una dispersión de los votos salafistas, que hasta ahora constituían uno de los bastiones electorales del PJD, lo que paradójicamente podría conducir a un debilitamiento de los partidos islamistas en relación a los laicos.

En estos dos últimos años, el sistema marroquí ha mostrado cierta apertura y tolerancia tras casi una década de medidas draconianas, reprobadas en múltiples ocasiones por asociaciones de derechos humanos marroquíes e internacionales, tal vez porque ha quedado clara su incapacidad para desestabilizar el monopolio de la autoridad religiosa por la institución monárquica.

La actitud de las autoridades se explica también, según el politólogo Mohamed Darif, por su deseo de quebrar la influencia de Justicia y Caridad (con cientos de miles de adeptos y simpatizantes) así como la creciente extensión del chiismo, que está en un momento de gran ebullición marcado por la violencia sectaria que sacude actualmente la zona árabe.

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