Jueves, 21.03.2019 - 11:03 h
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Gazpacho de fresa o como sacar todo el partido al saludable fresón de temporada

Las últimas semanas del invierno ponen en nuestra mesa una delicada fruta, codiciada en toda Europa, que en la cocina es algo más que fruta.

Fresa de los cultivos de Ávila.
Fresa de los cultivos de Ávila. /EP

Aunque en el ideario popular no solamos distinguir la fresa y el fresón, sí es cierto que mantienen algunas diferencias que debemos comprender antes de saber qué estamos comprando. Eso no implica que ambas puedan ser de gran calidad y que ahora, cuando el invierno debería agonizar, nuestras fruterías y supermercados se llenen de cajas repletas de este intenso color rojo.

La diferencia principal estriba en su tamaño, siendo el fresón notablemente más grande que una fresa, la cual, en su estado natural, no es mucho más grande que un tomate cherry. Esto se debe a que el fresón es un híbrido, cuyo origen se remonta a al siglo XVIII, cuando varios botánicos franceses cruzaron en Brest la Fragaria Virginiana y la Fragaria Chiloensis. El resultado fue una fresa de mayor tamaño, algo menos de sabor que la fresa silvestre y un interior rojizo. Siendo ésta otra de las diferencias fundamentales con la fresa, cuya parte interna es de color más blanquecino y cuyo sabor es algo más intenso que el del fresón.

Salvada esta lección de historia y geografía contemporánea, es momento de introducirnos en el asunto de las temporadas y las producciones. Por ejemplo, es normal que veamos fresón en los mercados a partir de febrero, que en su mayor parte llega de producciones en Huelva, rondando cantidades del 90% del total a consumir en España. Sin embargo, no somos los españoles los únicos que nos entregamos a este placer, ya que la mayor parte de este manjar onubense acaba en mesas europeas.

Sin embargo, la ventaja del fresón de Huelva está en su carácter “madrugador”. Gracias al buen clima de la región, estos productos pueden llegar a los mercados del centro y norte de Europa mucho antes que las producciones autóctonas, permitiendo a los agricultores españoles hacerse con un importante nicho de mercado. Del mismo modo, durante esta primera fase de la temporada, podemos encontrar el fresón en los comercios con precios muy accesibles que van desde los tres euros el kilo hasta los más de cinco euros por kilo, aunque como en cualquier producto de temporada, los precios oscilarán según la procedencia, el tamaño o el tipo de agricultura.

Afortunadamente, gracias al clima atlántico, las producciones onubenses se benefician de una precocidad en la maduración, llegando a los mercados europeos mucho. Cuando la primavera y el verano empiezan a ser patentes, indicado un clima más benigno, comienzan a brotar las fresas y fresones en países como Alemania o Países Bajos. De esta forma disfrutan de un fruto considerado “de verano” en sus latitudes pero que ya han podido paladear con anterioridad gracias a las amables temperaturas de la costa onubense.

Lo que sí tienen en común los fresones es, además de su color, la lista de vitaminas y propiedades que lo convierten en un perfecto aliado de nuestra salud. Principalmente son ricos en vitamina C, con entre 55 y 60 miligramos por cada 100 gramos de fruta, superando así a un mito como es la naranja, que no supera los 50 miligramos de esta beneficiosa sustancia.

Además cuenta con una gran cantidad de agua, que convierte al fresón en un alimento tremendamente diurético, y cuyo aporte de fibra –alrededor de 1,6 gramos por 100 gramos- le convierte en un buen socio para nuestra salud gastrointestinal. Además, combate la anemia y aumenta las defensas, por lo que no debe faltar en nuestra dieta cuando la temporada comienza.

Aunque quizá lo mejor de los fresones y las fresas es su gran capacidad para entrar en muchos platos distintos, pudiendo permitirnos ciertas licencias gastronómicas que dejarán con la boca abierta a más de uno. Si eres un manitas en la cocina, elaborar un gazpacho de fresón no es complicado.

Para ello sólo necesitarías, si hablamos de una comida para cuatro personas, con medio kilo de fresas, tres cucharadas de azúcar, el zumo de un limón, un par de rebanadas de pan de molde, aceite, vinagre, cubitos de hielo y unas hojas de menta. Sólo tienes que comenzar macerando la fruta troceada en el limón y el azúcar. Después de media hora la retiras y la acompañas en un vaso de batidora con el pan de molde desmigado, además del aceite, el vinagre y los hielos. Trituras todo y después lo pasas por un colador, adornándolo al final con unas hojas de menta fresca.

La otra propuesta, para recetas calientes, es acompañar con frutos rojos, en este caso fresones, una carne de ave o de cerdo. Sencillo y rápido, sólo tendrás que macerar unos cuantos fresones troceados en un bol con azúcar moreno, el zumo de un limón, o, si quieres un toque especial, un vinagre de frambuesa. Tras media hora de reposo, salteas los fresones con su marinada en una sartén hasta que el exceso de jugo se evapore y tienes el acompañamiento perfecto para un magret de pato o unos contramuslos de pollo.

El colofón, por si los golosos siguen en la mesa, lo puedes redondear con un tartar de fresón y queso mascarpone con aroma de menta. Troceas a cuchillo y de manera muy fina el fresón, procurando que no quede grueso ni hecho un puré –para ello deberás utilizar fruta madura pero no excesivamente-. Sólo necesitas un aro, en cuya base pondrás una capa de mascarpone –al gusto- y sobre la que irás colocando nuestro rojo protagonista hasta coronar con unas hojas de menta. Si quieres darle un plus de textura, puedes machacar unas cuantas galletas de estilo María y añadirlas en la base, antes que el mascarpone, creando una cheesecake estupenda sin necesidad de horno.

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