Viernes, 18.01.2019 - 23:55 h

11M, trece años después: cuando todos los madrileños fueron héroes

Alfonso del Álamo era director de emergencias de Madrid el 11 de marzo de 2.004 y relata su llegada a la estación de Atocha a las 8.15 de la mañana.

11M, trece años después:  cuando todos lo madrileños fueron héroes
11M, trece años después: cuando todos lo madrileños fueron héroes

Jueves, 11 de marzo de 2.004. 8.15 horas de la mañana. Vestíbulo de cercanías de la estación de Atocha de Madrid. "Comienzo a bajar las escaleras que tan bien conozco, que tan bien conocen los madrileños. No hay nadie. Nadie. El espacio, más que vacío, está desolado, desposeído de sus características propias: el bullicio, los rumores, los colores y, por encima de todas las cosas, el movimiento. La insólita ausencia de movimiento en una estación de ferrocarril a las ocho de la mañana. Sonido y movimiento ausentes: un delirio". Era el atronador grito del silencio. Un silencio desgarrador de dinamita, sangre, dolor y muerte... Pero también de ayuda, compromiso y solidaridad

"He visto cosas que nunca imaginé que fuesen posibles en la vida real. He convivido durante horas con la mayor concentración de pena y pánico que se puede concebir. He tomado decisiones que han supuesto un impacto emocional para mucha gente. Creo que he cumplido con mi deber, con el honor de servir".

Alfonso del Álamo, quien era director de emergencias de Madrid el 11 de marzo de 2004, relata las horas y los días de estremecimiento que vivieron los equipos de emergencia después de que el terrorismo islamista sembrara de pánico y muerte la capital de España.

La mayor tragedia vivida en Madrid desde la Guerra Civil

Un ataque coordinado nunca visto hasta entonces: trece bombas en cuatro trenes. Diez artefactos estallaron en diez vagones llenos de gente inocente. Cuatro ataques en un espacio de siete kilómetros y en un intervalo de diez minutos. Acabaron con la vida de 191 seres humanos, hirieron gravemente a 250 personas y con carácter moderado o leve a más de 1.200. Los hechos constituyeron la mayor catástrofe sufrida por la ciudad de Madrid desde la Guerra Civil.

Eran las 7:39 horas del 11 de marzo de 2004 cuando tres bombas estallaron en un tren que llegaba a Atocha. Instantes después lo hacían otras siete más en otros convoyes en la mayor acción terrorista de la historia de España, que desató una ola de solidaridad ciudadana y sacudió el país a tres días de las elecciones generales."Un ataque contra el corazón de la ciudad"

191 personas fueron asesinadas en los atentados perpetrados por una célula de terroristas de Al Qaeda: 34 perecieron en el tren que explotó en la estación de Atocha; 63 en el que explotó frente a la calle Téllez; 65 en el de la estación del Pozo del Tío Raimundo; 14 en el que estaba en la estación de Santa Eugenia y 15 en diferentes hospitales. Más de 1.800 viajeros resultaron además heridos.

Un ataque contra la población civil, "contra el corazón de la ciudad, contra su motor", en palabras del entonces alcalde de la capital, Alberto Ruiz-Gallardón, que, por encima del dolor sufrido, destaca la reacción inmediata de "serenidad", de "solidaridad" y de "eficacia formidable" de un Madrid volcado en recuperar su pulso.

Y es que trece años después, no hay duda de que el 11M marcó un antes y un después en la respuesta ante una emergencia de esa magnitud, en la que desde los servicios sanitarios hasta las fuerzas de seguridad cumplieron con nota, al igual que la ciudadanía."Las horas más complicadas de mi vida"

En el libro, '11M. El honor de servir. Crónica emocional del director de Emergencia de Madrid', que publica estos días La Esfera de los Libros, Alfonso del Álamo se acerca a una visión poco comentada de los hechos. Del Álamo cree que "durante muchos años ha habido una serie de circunstancias que han impedido que los hechos del 11 de Marzo se vieran desde una óptica distinta", explicaba. El honor de servir refleja la crónica emocional de los hechos que le tocó vivir durante las 42 horas más complicadas de su vida.

Fueron las 42 horas más complicadas de su vida, las cuales reflejaron la crónica emocional de los hechos por parte de todo aquel que sintió de cerca el atentado. En su libro deja ver que en aquel momento, se pudo apreciar cierta descoordinación por parte de los diferentes departamentos, aunque cada año, los servicios de emergencias ensayan un simulacro.

El director ha descrito el escenario que se encontró aquel 11 de marzo. "El escenario está intacto, pero no hay ningún tipo de vida, no hay ruidos, no hay movimientos, ningún tipo de sonido", relata. Fue como un sueño, no podía reconocer aquella realidad y deseaba que el miedo no se apoderara de él. "En ese momento quieres mirar pero no quieres ver", cuenta."No puedo borrar aquel día, tengo el 11M en la cabeza"

Su hija le llamó ese mismo día, llorando, diciéndole que ella iba a coger ese tren. el director de emergencias no había pensado en su familia en todas esas horas. "Sigo avergonzado", confesaba. "Cuando me llamó mi hija, se me saltaron las lágrimas y me sentí confortado porque ella estaba bien". Después de esos 13 años, no puede borrar aquel día. "Tengo el 11-M en mi cabeza", decía. "Lo que más me impactó fue que todavía hubiera familias que me dieran las gracias al despedirse", compartía. "Recuerdo por encima de todo la solidaridad y actitud que tuvieron las familias entre sí".Según avanza el libro el doctor Alfonso del Álamo reconocerá que no pensó en ningún momento en el peligro que pudiera correr él ya que "era más fuerte el miedo a no ser capaz de asumir mis obligaciones y responsabilidades, de no estar a la altura".

Sin embargo, el riesgo sobrevolaba en los andenes: "Me arranca de mis reflexiones la súbita consciencia, la nítida percepción, la certidumbre de estar en un escenario inseguro, de que en realidad no sé nada de lo que ha pasado aquí. Es evidente que se ha producido un ataque con bombas, pero ¿son las únicas posibles?"

Posteriormente cuenta el traslado de los cadáveres a IFEMA así como de todas las familias y de cómo el papel del equipo que dirige era esencial: "…cómo vivan estas horas estas gentes atormentadas será decisivo para afrontar adecuadamente lo que será un duelo tan largo como doloroso".

Dolor colectivo y ejemplar comportamiento

Ahí es cuando siente miedo por "la carga de dolor colectivo, una densidad emocional que puede tornarse agresiva en cualquier momento" y reflexiona"…el factor de éxito es liberar cuanto antes a estas personas de la incertidumbre".

Define, no obstante, su difícil labor con cierto dolor: "Nosotros, que nos denominábamos los ángeles de la vida, por una noche nos convertimos en los heraldos de la muerte" al tener que comunicar personalmente lo sucedido a cada persona a sus familias.

Todo ello en un escenario de desconfianza y labilidad emocional: "Sabemos que todo lo que hagamos estará tamizado por el filtro permanente, absoluto, de la duda sospechosa, pero por otra parte somos lo único que tendrán, tanto para descargar su rabia como para depositar su esperanza. Tanto para huir de la realidad como para conseguir certezas, por desgarradoras que estas sean".

Alfonso del Álamo destaca con énfasis el ejemplar comportamiento de todas las personas que esperaban, familiares y amigos: "Se saben sujetos de idéntica tragedia y se contienen, cuidadosos, para no amplificar lo que cada cual sufre". Y añade: "Este es un manantial de dolor, lleno de familias desgarradas, ansiosas, física y anímicamente destruidas, que una y otra vez me han mirado en silencio desde sus ojos enrojecidos, que ni han pedido nada ni se han quejado". 

El honor de servir

Cuando finalmente, tras 42 horas seguidas viviendo ese drama, sabe que su labor ha terminado reconoce encontrarse "satisfecho de haber resistido… de no haber cedido ni al miedo ni a la debilidad". Además, se siente "triste e impactado emocionalmente, pero no estoy chocado. He visto cosas que nunca imaginé que fuesen posibles en la vida real. He convivido durante horas con la mayor concentración de pena y pánico que se pueda concebir… Estoy completamente convencido de no sufrir un trauma duradero porque creo que he cumplido con mi deber, con el honor de servir".

Y destaca, sobre todo, la entrega de los profesionales que le rodearon esos días: "He tenido la oportunidad de trabajar con un grupo de personas extraordinarias que han demostrado una capacidad técnica tan grande como su calidad humana".

Los héroes del 11M

Se sorprenden, reniegan e incluso se molestan cuando escuchan la palabra 'héroe'. Pero fueron ellos: bomberos, personal sanitario, de emergencias, fuerzas de seguridad... y cientos de voluntarios anónimos los que aquel 11 de marzo de 2004 miraron a los ojos a la masacre y ofrecieron su hombro a las víctimas. 191 muertos y casi 1.800 heridos que aún retumban en sus cabezas. Juan Redondo (Bombero), Eugenio Mores (jefe de bomberos), Juan José Carricoba (técnico de emergencias del Samur), Carlos Rodríguez (Policía municipal) viajan al horror de aquel día para rendir homenaje a las víctimas y a todos los que participaron en las labores de rescate y consuelo.

José Luís Partida apenas llevaba 4 meses trabajando como conductor de autobús de la EMT. Aquel día le tocó la línea 85 (Atocha-Barrio de Butarque). En su autobús trasladó a heridos menos graves, afectados por cortes y por el ruido de las explosiones, al hospital Clínico. "Imponía su silencio", rememora Partida. Nadie decía nada. Parecían "estatuas". Estaban en estado de shock. "Nada les interrumpía de ese estado", prosigue este conductor al que apremiaba la Policía para que acelerara lo que pudiera para llegar cuanto antes al hospital. Escoltado por agentes en moto, condujo a los heridos aparentemente tranquilo. Después se desmoronó.

Lo más cruel, pero también la grandeza del ser humano

Juan Redondo es uno de los 136 bomberos de Madrid que actuaron tras las explosiones. Vio lo más "cruel" del ser humano, pero también su grandeza, traducida en solidaridad, ayuda y buenos sentimientos. Con una amplia experiencia en atentados terroristas, Redondo todavía conserva la fotografía, algo más diluida, del tren que explosionó en El Pozo, de dos pisos. Solo puede definirlo como "brutal y sanguinario".

Asegura que solo al final de la jornada tomó conciencia de lo sucedido, cuando se pone nombres y cifras a la tragedia. Y pese a esa magnitud, los servicios de emergencia funcionaron "muy bien". Madrid "fue un ejemplo".

Tranquilidad dentro del caos

El sanitario del Samur, Juanjo Carricoba, a punto de volver a su casa tras una guardia de 16 horas, fue uno de los pocos efectivos de emergencias que atendió a los heridos del vagón que explosionó en la calle Téllez. Fue consciente de que no había manos para atender a tantos heridos. Sus compañeros y él eran el único recurso sanitario en el escenario de esa cuarta explosión de los trenes. Pero contaron con la "generosidad" de los vecinos, que desde las ventanas arrojaban mantas y ofrecieron sus botiquines caseros.

Todo servía. Cinturones de gabardinas y correas para hacer torniquetes, puertas para improvisar camillas... A Carricoba, acostumbrado a los atentados de ETA, no le impresionó la gravedad de la situación -"te derrumbas al final", dice-, pero sintió "rabia e impotencia" por la sinrazón de un atentado contra personas totalmente inocentes.

Carricoba recuerda tristeza, rabia, "mucha rabia contenida". Pero sobre todo recuerda "gratitud y compromiso". Habla de los voluntarios, 79 en este foco, según un informe del Samur. "Nadie les pidió nada y nos dieron todo lo que estuvo en su mano". Cuenta, como al verse sin medios para trasladar a las víctimas hasta las ambulancias, "un compañero pidió mantas a la gente que estaba asomada a los balcones del edificio de enfrente. Acto seguido, llovían mantas".

En los cuatro focos

El jefe de bomberos, Eugenio Mores, estuvo en los cuatro focos. Demasiadas cosas que contar y bastantes más que bloquear. Conferencias mediante, no se acostumbra. "Lo trato de una forma profesional, casi fría; intento que los recuerdos no vuelvan a mi cabeza". Pero el muro tiene grietas. Responsable entonces de la Zona Norte, regresa a aquella mañana en la que, a falta de una hora para finalizar su turno, una llamada se coló en su café. El primer aviso: una explosión en Atocha y otra en Santa Eugenia. La reacción fue inmediata. "Cuando llegué a la central, El Pozo y Téllez ya completaban la masacre". El infierno contaba siete kilómetros.

Los bomberos, desbordados, se enfrentaron a una toma de decisiones muy alejada de su rutina. "Nosotros estamos acostumbrados a ir rescatando a los afectados, pero aquí teníamos que decidir a cuál rescatabas, a quién dabas prioridad, según su posibilidad de supervivencia". Aún le remueve. "Había gente que no rescatabas en esa primera fase y a tu vuelta habían fallecido". Lo peor: "Ni siquiera en ese momento podías parar".

"Los vecinos ofrecían agua, comida..."

Durante la intervención "te metes en la vorágine y sólo respondes". No hay tiempo para reflexiones ni lamentos, hasta que llega una parada obligatoria. La Policía los desalojó para dar paso a los Tédax, había otra bomba. "Las caras de los compañeros, la ansiedad por reprimir las lágrimas, los vecinos ofreciendo agua, comida... y todo en el más tenso de los silencios. Miras a todos lados y de repente, la realidad te golpea". Impactante fue darse cuenta de que una de las mochilas que no había explotado se ubicaba "en un montón donde dejábamos los materiales que molestaban, al que incluso subíamos para visualizar mejor la zona. Llegamos a trabajar sobre ella". 

Mores huye de la definición de héroes. "Somos profesionales que estamos preparados para enfrentarnos a estas situaciones, tenemos las herramientas y los medios adecuados. Los ciudadanos que sin ningún tipo de conocimiento no dudaron en ayudar, esos son mucho más héroes".

"Explosión", "Atocha" y "muchas víctimas". Palabras que aún ensordecen al policía municipal Carlos Rodríguez. Aquel día había pasado lista con normalidad y todo el mundo comenzaba a coger las patrullas. "De repente, un compañero recibió una llamada y vi cómo cambiaba el color de su cara". Segundos más tarde confirmaba su presentimiento. "Ha habido una explosión en la estación de Atocha, dicen que hay muchas víctimas".

Primero desconcierto: sólo unos minutos separaban la comisaría de la desolación de la estación de Atocha. "Todo el mundo corriendo, todo el mundo gritando, estrés por todos los lados... llantos". Fueron los primeros en chocar con aquella atrocidad. Jefe de turno de la Unidad General del Distrito Centro en ese momento, trató de coordinar a los policías de los que disponía para que realizaran "básicamente labores de auxilio". En medio del caos inicial, los minutos parecían horas y la impaciencia se apoderaba de ellos, no entendían por qué no llegaban más medios. "Desconocíamos el resto de explosiones y solicitábamos servicios pero llegaban pocos y los que llegaban parecían que no lo hacían nunca".

Su gran preocupación era mantener las vías de evacuación libres. "Utilizábamos autobuses, taxis, vehículos, patrullas... todo lo que estaba a nuestro alcance para trasladar a las víctimas". Todo bajo el reinado de la confusión y el miedo. "Estabas allí metido y de repente alguien gritaba: 'bomba, bomba', y todo el mundo salía corriendo'. No habías empezado a correr y volvías o entrabas incluso más adentro de la estación". Mención especial hace para la solidaridad ciudadana y su imprescindible papel aquel día. "Todo el mundo trataba de ayudar, todo el mundo se ofrecía para todo. No hay palabras para describirlo".

En fin, héroes, con nombre y apellidos, pero también héroes anónimos que arrimaron el hombro como el que más porque aquel 11 de marzo del toda la ciudad de Madrid fue héroe. Todos los madrileños fueron héroes.

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