Lunes, 20.11.2017 - 10:42 h

La semana más tonta del año… ¿Y en España cuándo se trabaja?

Rajoy anunció en 2011 que iba a terminar con los puentes largos. Pero claro, a la hora de la verdad quién se atreve a tocar el “dolce far niente” de los españoles en pleno mes de diciembre.

Desde el histórico 'Es una lata el trabajar' hemos evolucionado mucho. Como potencia laboral trabajamos –o contabilizamos – más horas que nadie aunque producimos menos que otros países de nuestro entorno.

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Estamos sumergidos en la semana más tonta e inútil, desde el punto de vista productivo, del año. Un día se trabaja, otro se descansa, otro se trabaja y otro se descansa… y el siguiente es viernes. Para que quede claro de que todo el mundo es consciente de este abuso festivo, Mariano Rajoy anunció en 2011 que iba a terminar con los puentes largos, trasladando al lunes más cercano la fiesta correspondiente. Pero claro, a la hora de la verdad quién se atreve a tocar el “dolce far niente” de los españoles en pleno mes de diciembre, el mes que anuncia la Navidad y sirve para calentar el ambiente consumista y festivo.

España is diferent, muy diferent, tan diferent que nadie duda de que aquí se vive de maravilla. Buen clima, buena comida y no demasiados excesos de trabajo. Entre fiesta y fiesta currelamos un poco, para que no se diga que vivimos de la sopa boba o que somos los zánganos de Europa. Más que nada trabajamos para cobrar a fin de mes, para poder tomarnos los cafetitos y hablar de fútbol con los colegas, cabrearnos con el jefe y tener motivos para coger la baja por depresión. Desde el histórico ¡Que inventen ellos! de Unamuno hasta el “Es una lata el trabajar” de Luis Aguilé hemos evolucionado mucho como potencia laboral, pero con la paradoja de que trabajamos –o contabilizamos – más horas que nadie aunque, sin embargo, producimos menos que otros países de nuestro entorno.

Hagamos cuentas. No tanto en horas cobradas, sino en la realidad festivo-laboral. A principios de año hay un par de meses de actividad, de mediados de enero a mediados de marzo, pero cuando ya se huele la Semana Santa –unos diez o quince días antes de la fecha- todo el mundo frena su dinamismo y sus proyectos, y el trabajo se pospone para después del domingo de Resurrección, que suele caer en abril. “Después de Semana Santa, hablamos”, quién no ha utilizado o ha oído cientos de veces esta socorrida frase.

Tras ese parón merecido, del que disfrutan tanto los buenos cristianos como los buenos ateos, asoma por el horizonte el buen tiempo y con él las próximas vacaciones de verano, y hay que correr para poner en marcha o finalizar los proyectos y gestiones que uno tiene entre manos porque sólo nos quedan un par de meses hábiles como mucho, antes del verano. Si te despistas no tienes tiempo para finalizar y hay que dejarlo todo para septiembre: “Lo siento mucho, en agosto cerramos, es nuestro mes de vacaciones”.

Aquí, en esta España de charanga y pandereta, que vive la vida entre el bostezo y la siesta, la actividad se ralentiza hasta pararse del todo desde mediados de junio hasta bien entrado septiembre. La inevitable expresión: “ya después del verano lo vemos”, suena en boca de todos desde finales mayo, y no se detiene hasta finales de agosto. Cuando el calor se va, avanzado el mes noveno del año, nos quedan sólo dos meses de plena actividad, octubre y noviembre, y llegamos de nuevo al mes de diciembre, que tiene menos días hábiles que luces tiene un semáforo. Y así, un año tras otro. Viendo pasar la vida y quejándonos de que todo va fatal, mientras celebramos alguna fiesta de guardar. En España, desde que nacemos, todos tenemos claro que se trabaja para vivir, pero no se vive para trabajar.

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