Reino Unido contra Europa:
la ‘guerra’ interminable


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JULIO MARTÍN ALARCÓN


ALAMY (fotografías)
NEREA DE BILBAO (diseño y gráficos)

“He advertido que se ha propagado la idea de que la doctrina del equilibrio de poder entre naciones es obra de la maquiavélica política de la clase dirigente de Gran Bretaña-. También he constatado en muchos ensayos que fue Inglaterra la que la inventó, lo que produjo las innumerables guerras que sufrió Europa desde el siglo XVI. Obviamente no es cierto”.

Dos años después de la Primera Guerra Mundial, que sirvió para que Gran Bretaña aumentara su imperio y consolidase su hegemonía, el influyente diplomático británico Esme Howard, trataba, en 1920, de rebatir la particular Leyenda Negra de Reino Unido: una política exterior destinada a evitar un poder dominante en el continente que perjudicase los intereses de las islas -lo que se denominó el Equilibrio de Poder-.

No pudo, sin embargo, negar la evidencia: Gran Bretaña había convertido la cuestión del equilibrio europeo en el sello indiscutible de su política exterior. Según su propio razonamiento: “de forma inconsciente en el siglo XVI, subconsciente en el XVII y consciente en el XVIII, XIX y XX”. Lo cierto es que, bajo los auspicios de la corona inglesa, torpedearon el imperio español en el mar, derruyeron la Francia borbónica, y destruyeron, primero a Napoleón y después a los imperios centrales -Alemania y Austria-Hungría-, además de al imperio otomano. Quedó el Tercer Reich, pero los vencedores reales fueron EEUU y la URSS, que cambiaron las reglas del juego y echaron a Londres del tablero.

Gran Bretaña alcanzó el estatus de potencia en el siglo XVII y fue decisiva en todos los acontecimientos que construyeron Europa desde la Edad Moderna, aunque para sus dirigentes nunca dejó de ser “el continente”

La campaña populista del Brexit, que triunfó por la mínima apelando a los sentimientos del pueblo británico y a su anhelo de regir sus propios intereses, se ha consumado ahora. La definitiva salida de Reino Unido del proyecto de la UE, es de hecho, menos irracional desde su perspectiva histórica de lo que parece. Es más bien la continuidad con la Leyenda Negra que el propio Esme Howard negaba, achacándola a la propaganda alemana y bolchevique: minar un continente unido, bajo el liderazgo de dos de sus antagonistas históricos, Francia y Alemania, a los que combatieron en diferentes momentos de la historia -a pesar de puntuales alianzas- pero siempre con el mismo objetivo: perpetuar su hegemonía en las colonias.

La reconciliación franco-alemana y el proyecto de la CEE pretendía precisamente la paz y la estabilidad, un escenario inédito para Europa y Reino Unido, que abrió ya entonces las grietas de su histórica posición: la lógica era aplastante, porque ellos mismos habían combatido al Tercer Reich para lograrla; Winston Churchill, un actor secundario en la Conferencia de Yalta, a pesar de las innumerables loas a su condición de estadista, peleó por limitar la influencia de la URSS en el continente, hasta el punto de incluir a Francia entre los vencedores e ignorando que se rindieron al Tercer Reich y que la Francia libre de Vichy colaboró con los nazis deportando judíos a los campos de exterminio. Realpolitik en estado puro: un aliado fuerte, viejo enemigo de siglos, para contener una amenaza mayor, la URSS. Churchill seguía anclado en el ‘Balance of Power’.

Lo que nadie vislumbró en cambio fue el otro filo. El moribundo imperio británico se deshacía en el lado de sus teóricos aliados: EEUU, la propia Francia y la Alemania occidental. La Guerra Fría, el telón de acero y el mundo bipolar del bloque capitalista y comunista, taparon en la inmediata posguerra el tímido y emergente nuevo imperio europeo: un acuerdo comercial para el acero y el carbón, la CECA, entre Francia y Alemania, que acabó en muy pocos años por imponer una nueva hegemonía y que absorbió con facilidad incluso a la Europa del Este que había creado la URSS. Cuando el bloque comunista se desplomó, todos quisieron entrar en el club franco-alemán.

Para entender la tradicional política exterior europea es necesario remarcar la particular condición de isla de Gran Bretaña que estableció, desde antes de la mera idea de Europa, una barrera identitaria, política, comercial y cultural. Nunca fue un detalle menor, ni tampoco definitivo, Gran Bretaña alcanzó el estatus de potencia en el siglo XVII y fue decisiva en todos los acontecimientos que construyeron Europa desde la Edad Moderna, pero para sus dirigentes nunca dejó de ser el “continente”: un espacio en el que apenas tuvieron presencia y que, en cambio, se perfiló con los siglos en el escenario en el que intervenir y tutelar para defender su calculado aislamiento estratégico: el expansionismo colonial en Asia, América y África.

La estrategia británica del Equilibrio de Poder alcanzó su cénit con la derrota de Napoleón y la confección de un nuevo mundo del Congreso de Viena. Las tropas británicas de Arthur Wellesley, duque de Wellington, que derrotaron a Napoleón en España, no tenían como objetivo liberar a un país subyugado, sino imponer un nuevo orden. Cuando con la alianza de Austria y Rusia derrocaron definitivamente a Napoleón en Waterloo, Gran Bretaña se convirtió en el árbitro: el domino “consciente” del continente, siguiendo el razonamiento de Howard, y el comienzo de su hegemonía mundial con el comercio, las colonias y la libra al frente de la globalización.

Es discutible si fue la propia Gran Bretaña la que avivó el conflicto internacional que acabó en la Gran Guerra, pero es innegable que cerraron las vías a las potencias europeas emergentes, especialmente a Alemania, que pudieran disputar su dominio colonial. La Primera Guerra Mundial desestabilizó tanto el orden mundial que ni siquiera las nuevas posesiones británicas desgajadas del antiguo imperio otomano le otorgaron nuevas ventajas. Tras Yalta, cuando el Tercer Reich había sido derrotado, Reino Unido había perdido su influencia mundial. EEUU, su mayor aliado logró imponer su proyecto de las Naciones Unidas que ya intentara Woodrow Wilson en 1918: el éxito en esta ocasión implicaba deshacerse de las viejas colonias europeas: Francia y sobretodo Gran Bretaña pagaron la cuenta. El mismo Churchill que había bregado en Yalta por el equilibrio europeo montó en cólera cuando Lord Mountbatten, virrey de la India, concedió oficialmente la independencia de la joya del imperio: la India británica. El entonces Gobierno laborista de Clement Atllee había cedido al nuevo orden de las Naciones Unidas, el resto de colonias europeas seguirían el mismo camino, pero fue la India, la joya británica la que abrió la veda.

Cuando se desató la crisis griega de 2011 que cuestionó la estabilidad del euro, emergió de nuevo el deseo de ruptura en amplios sectores: si Grecia caía, las siguientes fichas del dominó, España e Italia, podían dar al traste con la UE. Romper Europa sin mancharse las manos.

Cuando ni siquiera se había asimilado el nuevo estatus, apareció la nueva amenaza para Londres: el proyecto franco-alemán de 1951 arrebataba la condición de excepcionalidad de las islas y el tutelaje en el continente. Después de mil y un debates, no les quedó otra opción que sumarse. El centro institucional del nuevo ente se instauró en Bruselas, a pocos kilómetros de Waterloo. La cuestión inicial afectó profundamente al país, incluyendo un referéndum que apoyó Margaret Thatcher con una forzada campaña. Reino Unido fue siempre un socio incómodo: sí al mercado común, no a todo lo demás.

Se negaron a participar en el proyecto más ambicioso de la UE: la moneda común y, cuando se desató la crisis griega de 2011 que cuestionó la estabilidad del euro, emergió de nuevo el deseo de la quiebra en amplios sectores: si Grecia caía, las siguientes fichas del dominó, España e Italia podían dar al traste con la UE. Romper Europa sin mancharse las manos. Solventada la crisis del euro surgió el plan B: tendría que ser la propia Gran Bretaña quien abriera la primera grieta. La semilla con la crisis del euro arraigó de nuevo: los motivos se buscaron después. Es hasta cierto punto sorprendente que en el resto del continente se considerase improbable su salida. La gran cuestión consumado el Brexit es si realmente Reino Unido ha retornado a su tradicional posición o si simplemente se ha dejado llevar por una cuestión sentimental. La insistencia de sus dirigentes y de sus ciudadanos, que han avalado en las urnas a su máximo hacedor, Boris Johnson, lo hacen indistinguible. La influencia que ejercieron durante siglos parece ahora una quimera pero la única decisión lógica sería intentarlo, una vez que han saltado al vacío.

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