El día
de una mujer


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SANDRA SÁNCHEZ


Nerea de Bilbao Diseño e infografía

Parecía como si hubiera dormido media hora, como si me hubieran dado una paliza. Estaba muerta de cansancio. Fue justo lo que refunfuñé mientras acallaba la alarma del teléfono móvil que cada noche dejaba en el lado derecho de la cama. Dos pensamientos más tarde, aún entre sollozos, el llanto de mi hijo terminó de desvelarme. Me levanté y anduve hasta la habitación contigua para ir junto a él. Era casi la misma rutina desde que llegaron mi hijo y mi hija. Hacerles el desayuno, vestirles, prepararles la mochila… Organicé todo tan rápido como siempre, como la experiencia de los últimos años me había enseñado, y los dejé en el colegio a las nueve de la mañana.

Mientras veía a la pequeña despedirse con la mano y perderse entre una marabunta de niños y niñas, miraba atenta el reloj por el rabillo del ojo, con cuidado de que el tiempo no se alargase más de la cuenta. En media hora empezaba mi jornada laboral. Un autobús, cuatro paradas de metro y cien pasos recorridos a matacaballo y en tacones, me separaban de la oficina. Llegué justo a tiempo, manejando las manecillas del reloj de forma milimétrica. Me senté en mi sitio y encendí el ordenador a la vez que dejaba la chaqueta gris en el respaldo de la silla.

Llevaba varias semanas metida de lleno en un proyecto que en los próximos días tendría que presentar a los jefes. Todos en la reunión serían hombres, a excepción de la subdirectora y de la recién ascendida jefa de cuentas. Recuerdo que hace poco más de cinco años el porcentaje de mujeres que conformaba la plantilla no llegaba ni a veinte. Ahora las cosas eran algo distintas.

Hacía tres semanas que me habían dado por fin la oportunidad de liderar un proyecto y sentía cierto vértigo al tener que exponer mi trabajo ante una decena de hombres trajeados. No estaba acostumbrada. En especial me imponía uno de los directores adjuntos. Todavía recuerdo lo que ocurrió con él en la primera cena de empresa. Aquel día, ese hombre de pelo canoso y que siempre vestía con corbata y unos zapatos desgastados por la punta se relajó y comenzó a proferir, entre las bromas de sus amigotes, múltiples comentarios sexistas contra mí. No tuve el arrojo, ni la valentía de contestarle. Con la mirada perdida entre mis zapatos y unas inmensas ganas de marcharme de allí, me callé mientras maldecía por dentro lo cobarde que estaba siendo en ese momento. No era la primera, ni la segunda vez, pero la realidad, que nunca le he llegado a contar a nadie, es que ese detalle, insignificante para ellos, pero gigante para mí, me hizo pasar un miedo que pocas veces antes había sentido.

Absorta en mis pensamientos y mientras ultimaba los detalles del proyecto, a eso de las once de la mañana, llegó mi compañero de la mesa de al lado. Hacía tiempo que le consideraba un buen amigo. Lo que nunca le confesé era la indignación que me provocaba la diferencia de sueldo entre ambos. Su nómina era casi el doble que la mía. Los dos teníamos el mismo rango y las mismas funciones, pero a final de mes, el siempre parecía estar un escalón por encima de mí. Fue justo cuando estaba de baja por maternidad: entonces, llegó el aumento para él.

A la hora de comer, me cogí una ensalada preparada que guardaba en el fondo de la nevera de la oficina y la llevé a mi sitio para seguir trabajando. Era la única forma que tenía de poder salir con margen para recoger a mi hijo y a mi hija. Justo aquel día, mientras recogía mis cosas y veía como el resto de mis compañeros y compañeras seguían pegados al ordenador y con una alta pila de informes y documentos que casi les tapaba la cara, me di cuenta de que con esa reducción de horario posiblemente nunca podrían ofrecerme un aumento de sueldo.

Un día más logré manejar el tiempo como si se tratase de un partida de ajedrez. Terminé todo el trabajo que tenía previsto a la hora justa. Así que recogí mis cosas y salí, casi sin mediar palabra, directa a por mi hijo y mi hija. El mismo camino de antes, pero de vuelta y con los pies más cansados: cien pasos, cuatro paradas de metro y un autobús.

Allí estaban esperando el pequeño y la pequeña. A la entrada del colegio me encontré con amigas y conocidas, algunas de ellas abuelas, que también iban al encuentro de los niños, las niñas, los nietos y las nietas. Apenas pude intercambiar cinco palabras con ellas. No tenía tiempo para más. Me conocía el horario del transporte público como la palma de mi mano y perder el autobús que pasaba a y cuarto, supondría tener que esperar media hora más. Los tres cogidos de la mano sorteamos la larga hilera de coches aparcados en doble fila, varios corrillos de gente y un par de chicos que siempre jugaban en la misma esquina con un balón de fútbol. Llegamos, finalmente, a la parada con la respiración entrecortada.

A las siete de la tarde ya estábamos en casa. La verdad es que me da cierta pena que haya tenido que quitarles sus actividades extraescolares. Ella era buenísima en música y natación. A el le apasiona el teatro. Ojalá vuelvan pronto, pero me era imposible compaginar sus horarios con los míos. A la tenue luz natural que entraba por la ventana, le di algo de fuerza con un par de lámparas que tenía en el salón y me senté con ellos a hacer los deberes. Ese día estudiaron en clase las profesiones. Mientras rellenaban sus cuadernos con lo que para mí eran garabatos indescifrables y para ellos caligrafías escritas con la más antigua de las plumas, las ilustraciones de uno de sus cuadernos me dejó pasmada: había un informático, una enfermera, un arquitecto y una profesora. Pensó, entonces, en la conversación que tendría con ellos dentro de unos años y cómo les explicaría que las profesiones no tienen género. Una hora más tarde, llegaría el turno de hacerles la cena, prepararles el baño y llevarlos a la cama.

Alrededor de las nueve de la noche y ya con todas las luces encendidas, empecé a recoger el salón, la cocina y poner una lavadora. Aproveché también para hacer la compra a través de Internet. Todas las tareas que nunca me daban tiempo a hacer antes de las ocho o nueve de la noche. Ese día, mientras cenaba, veía cómo en las noticias hablaban de un nuevo caso de violencia machista. Se trataba de una mujer asesinada por su exmarido que tenía varias denuncias previas. Una muerta más. Aún recuerdo a una de mis compañeras de la universidad cuando vivió algo parecido los últimos años de carrera. Su destino, por suerte, había sido mucho mejor. Pronto me empezó a entrar el sueño, así que apagué la televisión, puse el teléfono móvil a cargar en mi mesilla de noche y me fui a dormir.

Poco antes de cerrar los ojos pensé en lo importante que había sido este día para mí. Y en lo que, quizás, sería también para el resto de mujeres. Porque estas últimas veinticuatro horas no las he vivido yo. Puede, de hecho, que algunas situaciones ni siquiera me lleguen a ocurrir. Es tan solo un relato hiperbólico de lo que en algún momento ha vivido cualquier mujer. Simplemente, solo por eso: ser mujer.

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