El reto de Europa tras las presidenciales en EEUU

 

El mundo espera desde hace cuatro años las elecciones en Estados Unidos. Y si pudiera votar, lo haría seguramente contra Donald Trump. La ansiedad creada por la confrontación y la conducta errática del republicano es aún más evidente en los países europeos. La relación entre los dos grandes aliados occidentales está quebrada y el nacionalismo económico del inquilino de la Casa Blanca dañó los intercambios entre ambas del Atlántico.

“La evidencias apuntan a una victoria de Joe Biden”, comenta un diplomático, “pero nadie anticipa nada tras lo que pasó con Hillary Clinton”. El aspirante demócrata es un viejo conocido en Bruselas y otras capitales de su etapa de vicepresidente con Barack Obama. Estos días circulan sus fotos de él hablando en un tono distendido con la canciller alemana, Ángela Merkel. “Al menos habrá mejor química”, comenta al imaginar los próximos cuatro años.

Y es que aunque gane Biden, anticipan que la herida abierta por Trump tardará en curar. Los cuatro años de gobierno del republicano no llevaron a una ruptura permanente y el deseo por cooperar con Washington, insiste el diplomático, es mayor que el shock provocado por sus acciones y su retórica. “Los líderes europeos siguen creyendo en la alianza con EE UU”, afirma. Aunque anticipa será diferente.

Los europeos no aprueban a Donald Trump como líder por un margen muy amplio, de acuerdo con Pew Research. La percepción hacia el presidente de EE UU es tan pobre, que los encuestados tienen menos esperanzas de que haga algo bueno por el mundo que el premier chino Xi Jinping. No es una sorpresa. El magnate avivó las fracturas internas de la unión cuestionando el proyecto liberal europeo, apostó por un Brexit duró y atacó a la OTAN.

En sus discursos y por Twitter, acusó a sus aliados de aprovecharse y bajo el argumento de la seguridad nacional justificó la activación de aranceles a productos europeos al tiempo que exigía a las capitales europeas un mayor gasto en defensa. Con su decisión de retirar 10.000 soldados de Alemania para recolocarlos en otros países, creó una mini crisis. El coronavirus agravó ese sentimiento de rabia.

En este contexto, el riesgo que se corre si Trump es reelegido es que se desboque por completo al entender que su estrategia del America First fue refrendada por las urnas. “Será aún más disruptivo en un momento particularmente vulnerable”, advierte Thomas Wright desde Brookings. La fractura con Europa sería, por tanto, mayor y quedaría atrapada entre el unilateralismo de EE UU y China

Públicamente, ningún líder europeo apoya a un candidato. Pero sí esperan un cambio de rumbo que permita a EE UU volver a desempeñar el papel que le corresponde en las Naciones Unidas, el G7 y otros foros multilaterales. Y aunque es una posibilidad remota, Trump podría ser más amable al no tener la presión de la reelección y si ve que puede llegar a algún entendimiento para aplacar a China.

El caos que acompañó el primer mandato de Trump hace esperar, en todo caso, que una victoria de Biden sirva para revitalizar la alianza transatlántica. El demócrata es visto como alguien que abraza los valores liberales europeos. Europa confía así en una cooperación más cercana y amistosa en la relación económica. Eso implicaría poner fin a las barreras comerciales. La cuestión del cambio climático será crucial en la relación futura.

Pero tampoco será un retorno al “business as usual”. La relación ya empezó a deteriorarse con George Bush por la intervención unilateral en Irak. Barack Obama pareció restaurarla, pero fue algo cosmético. El demócrata dio un giro estratégico a Asia y se mostró casi tan ambivalente hacia Europa como Donald Trump. Criticó que no cubriera la parte de la factura en la OTAN y actuó contra el dumping en sectores que sufrían por la deslocalización.

De hecho, domina la cautela al esperar mucho de Biden. Las intervenciones del demócrata tampoco ofrecen muchas pistas más allá de prometer que reparará el daño creado por la agresión del presidente a sus aliados. Es más, uno de los pilares de su programa pasa por promocionar el Buy American. “Durante demasiado tiempo”, se lee en el programa, “el sistema de comercio global fracasó al preservar las promesas” a los trabajadores de EE UU. 

“La relación comercial con China será un asunto complejo para Biden y potencialmente un punto de contención con la UE”, anticipa Anthony Dworkin desde el European Council on Foreign Relations, “podría mantener los aranceles como vía de presión”. Explica que la mayoría de los demócratas están de acuerdo con la respuesta a las prácticas predatorias de China y recuerda que ya Obama cuestionó el mecanismo de solución de disputas de la OMC.

En algunos aspectos, por tanto, las políticas geoeconómicas de Joe Biden serán una continuación del proteccionismo de Donald Trump. Y aunque desde Brookings se considera que el próximo presidente debería apoyar un nuevo un acuerdo comercial que elimine todos los aranceles, el temor es que la negociación en curso descarrile. Tampoco invertirá en la defensa europea, porque cada dólar que destine al viejo continente no podrá destinarlo a preservar sus intereses en el Pacífico.

Biden es conocido, en todo caso, por ser un defensor del multilateralismo y eso contribuirá a reducir significativamente el antagonismo actual. La actitud abrasiva de Trump con sus aliados europeos, sin embargo, también sirvió para abrir los ojos en este sentido a la hora de acelerar las reformas en la Organización Mundial de Comercio o las Naciones Unidas. Y, por supuesto, para crear eventualmente un bloque frente a la rivalidad de China. 

Pero la tensión no desaparecerá. Los europeos trataron estos cuatro años de cubrir el hueco creado por Trump con el abandono del multilateralismo y plantearon reformas en instituciones como la Organización Mundial de la Salud para responder a las preocupaciones de EE UU. Tras las presidenciales, coinciden tanto diplomáticos como expertos, lo que Europa debe hacer es una elección definitiva sobre si avanzar con o sin EE UU.

Jana Puglierin, de la iniciativa Rethink Europe, coincide que sea cual sea el resultado, el plan debe pasar por una Europa más unida y soberana. Insiste por eso que debe “tomar las riendas de su propio destino”, para dejar de ser dependiente de EE UU. Y no se refiere solo a una emancipación en defensa. Pone como ejemplo a seguir la incipiente política digital europea, a raíz de las sanciones a las grandes firmas tecnológicas de Silicon Valley.

Es decir, con la elección de Biden se abrirá una ventana para que Europa adopte iniciativas para “renovar” la relación transatlántica y hacerse más atractiva frente a Asia. Los líderes europeos deben juzgar así, para preservar su estado de actor global, si el interés nacional del trumpismo es una anomalía o es el inicio de una nueva era. Porque al final, la implicación de EE UU en Europa no se decidirá en Berlín, París o Varsovia sino en Washington.