Sábado, 23.11.2019 - 00:23 h
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Mandarina, la dulce hermana menor de la familia de los cítricos

A la sombra de la gran naranja, esta pequeña fruta reúne sabor, propiedades y muchas opciones culinarias con las que sorprender en la mesa.

Mandarina

De toda la costa levantina hasta la soleada Andalucía, los cítricos cargan de sus olores y sabores la idiosincrasia frutal de estas regiones. De los recuerdos de Machado, cuya infancia está marcada por un huerto de patio sevillano, con su limonero claro, al ‘Entre naranjos’ del valenciano Blasco Ibáñez, los árboles de la familia Citrus compone una panorámica amplia y recurrente dentro del imaginario culinario español. Sin embargo, aunque en nuestro país hayan arraigado con fuerza, gracias a la intervención árabe, la realidad es que todos estos frutos llegaron del lejano Oriente.

Se considera que naranjas, limones, pomelos y la fruta que hoy nos ocupa, la mandarina, llegaron de las zonas tropicales y subtropicales de Asia, principalmente la región de Yunnan en China y las estribaciones del Himalaya. De ahí pasaron a conquistar el mundo estos frutos peculiares, de piel dura –una rareza dentro de los frutales- que ahora encontramos en Europa, América, África y Oceanía sin problemas.

Pero la nuestra, la mandarina en este caso, se despide de nosotros por esta temporada, como su ‘hermana mayor’, la naranja, ofreciéndonos aún su gustoso sabor y jugoso bocado durante unas cuantas semanas. Marzo, con su carácter tardío, se convierte en el mejor mes para paladearlas, porque los frutos se han cargado de sol, ampliando su dulzor para convertirla en auténticas golosinas naturales.

Diversa, tanto en lugares de producción –siendo Huelva el líder nacional en producción- como en variedades (las más frecuentes son la clementina, la oroval y la clemenules), la mandarina se convierte en un inmediato ‘chute’ de vitamina C para nuestro organismo. Alrededor del 45% de las necesidades diarias básicas de este nutriente pueden ser aportados por 100 gramos de este producto, que hace las delicias de cualquier rango de edad gracias a su contenido en azúcar. Sin embargo, a pesar de tan amable paladar, sólo son 10 los gramos de azúcares naturales que en ella se encuentran presentes.

Apto para cualquier momento del día, siendo muy útil en almuerzos y merienda, la mandarina además tiene, como el resto de cítricos, un buen aporte de fibra (algo más de un gramo por cada 100), que se aprovecha sólo cuando la comemos entera. Aunque podemos disfrutar de sus propiedades tras ser exprimida, es conveniente no abusar de los zumos, porque se pierde la capacidad saciante que la fruta tiene o su contenido fibroso. Sin embargo, para darle un toque diferente a una macedonia o para añadirle algo más de dulzor a un zumo de naranja son ideales.

Suculenta y fácil de pelar, la mandarina española está sufriendo los avatares de un mercado globalizado en el que los competidores pueden tirar los precios por los bajos costes de producción que tienen. Tristemente es sencillo encontrar en supermercados y fruterías cítricos que lleguen de Sudáfrica, Marruecos o Egipto, que desbancan sólo por precio las producciones patrias. Una forma poco ecológica de producción que obliga a utilizar grandes barcos mercantes –y su consecuente huella de carbono-. A ello se suma la baja protección del producto agrícola español –y europeo- que se produce por parte de Bruselas y que permite un nivel de importaciones que desestabiliza los precios del mercado.

Afortunadamente, el consumidor tiene cada vez más herramientas para descubrir la procedencia de lo que compra, apostando por el producto nacional como un valor seguro, que redunda en el conjunto de la ciudadanía. En este caso, un producto tan sencillo como la mandarina, puede erguirse en una solución ideal gastronómica que podemos aprovechar en cualquier tipo de comida.

Si uno tiene las clásicas migas de pastor, populares en Extremadura, Aragón y Castilla, puede aligerarles y hacerlas más sabrosas y frescas con unos cuantos gajos diseminados por la mezcla. También otras frutas, como la manzana o la uva, se aclimatan a esta mezcla pero el mordisco sutil de la mandarina traslada la experiencia a un nivel superior.

Para más cocinillas recomendamos incorporarla en ensaladas, sobre todo aquellas que tengan rúcula o escarola, que encontrarán un buen contrapunto a su amargor con el carácter dulce de la mandarina. Además, aportando su textura, puedes conjugarlas con otros ingredientes como las granadas o el maíz crujiente para convertir el plato en una sinfonía de crujidos.

Más adecuada para carnes que para pescados, la mandarina también puede acompañar con frecuencia al cerdo, al pato o al pollo. Ya sea salteadas o reducidos a una salsa, el carácter dulce de esta fruta permite suavizar la intensidad del sabor del plato principal pero sin renunciar a una pizca de sabor, haciendo más ligero cada bocado.

Aunque la gran opción para la mandarina siempre llega con el postre. En forma de bizcocho y con su cáscara ligeramente rallada por encima, un poco de mandarina puede revertir una sencilla masa de harina en un dulce de alta repostería que hará las delicias de todos. Además, si quieres redondear el conjunto, añade unas gotas de agua de azahar a la mezcla para que te traslades desde la cocina de casa a un huerto valenciano en cuestión de segundos.

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