Tierra de contrastes

Descubre Gambia, un viaje de contrastes por el país de África más sonriente

El país es ahora un oásis de paz y alegría después de pasar todo tipo de visicitudes políticas hace décadas.

Gambia
La gente es el mayor encanto del país / Pixabay

Gambia es un pequeño país africano, una estrecha lengua de terreno que se extiende a una y otra orilla del río homónimo. Un país encerrado entre los límites que le marca Senegal. Un país que pese a las vicisitudes políticas recientes, se autotitula como La Costa Sonriente de África. Efectivamente esa es la primera impresión y la imagen que cualquier viajero encuentra nada más bajar del avión al entrar en contacto con sus gentes. Amplias y francas sonrisas de marfil que saludan al extraño para trabar amistad tras un primer intercambio de palabras y un apretón de manos..

Gambia es tierra de contrastes, de paisajes maravillosos en los que se alternan espacios terrosos y parduzcos con selvas casi amazónicas. Baobas enormes que se abrazan con dificultad, extraordinarios mangos y aguacates que todo el año dan fruto y sombra que sirven como plazas bajo las que se reúnen los viejos del lugar a debatir y decidir. Sus mujeres portan llamativos vestidos y tocados de colores que lucen con la elegancia propia de una modelo de pasarela. Los hombres unos muestran sus torsos musculados, otros visten largos blusones y otros tantos con estética reggae.

Gambia es una tierra amable que, sin embargo, conoció el dolor y el desgarro de ver como los ingleses arrancaban a sus mejores hijos rumbo a América y cuya memoria mantienen viva en Juffureh, la aldea natal de Kunta Kinteh, donde viven sus descendientes directos. Jufurreh se mueve y mantiene los ritmos pegadizos africanos percutiendo los djembes (tambores) contra el suelo. Si esto ocurría en el Siglo XVII y hoy Gambia es un oasis de paz y armonía, su juventud se pone inexplicablemente en manos de mafias que les embaucan con la promesa de un futuro mejor en Europa.

Si Banjul es la pequeña capital administrativa del país, Serekunda es más caótica y real; es el África que todo viajero espera encontrar. Aquí la gente camina por los arcenes de la única carretera asfaltada que articula el país. Puestos callejeros que atestan las aceras y en las que se venden casi cualquier cosa: telas de colores llamativos con los que se visten las mujeres, puestos de comida humeantes, vendedores de menaje, carros arrastrados por un burro que se constituyen en vendedores ambulantes de café y un tráfico de sonoras bocinas y pequeños camiones y furgonetas atestadas de gente que va de un lugar a otro.

Sorprende el Albert Market que no es sino una fotografía real del África que todos esperamos. Un puñado de intrincadas callejuelas entre los cuales se amontonan puestos en los que se venden extraordinarias frutas tropicales que son la cara amable del mercado, viejos almacenes bajo cuyas cubiertas de lona penetra tímidamente la luz y se guardan legumbres, arroz, especias y cereales que forman parte del sustento básico diario. Las carnicerías, apenas exhiben unas cuantas piezas de carne sobre un mostrador en competencia con las pescaderías que muestran extraordinarias aunque solitarias barracudas.

Senegambia es la zonas más turística y en donde se reúnen los restaurantes y los hoteles de estilo ‘más europeos’. Al Rawshe es probablemente el mejor restaurante de la zona. Cocina libanesa a la altura de cualquier local en Europa. 2 Rays y Ali baba son dos locales en los que probar una cocina local a base de platos básicos pero ricos como pollo asado y carne de vaca que aderezan con salsa de cacahuete, arroz frito y cus cus. En la playa de Kololi, Poco Loco, una gran terraza donde beber y comer bien mientras su dueña, una holandesa de voz melódica, interpreta canciones de los 80. En Paradise Beach, Sanyang, excelentes pescados del día y Julbrew, la cerveza local, para disfrutar a la orilla del mar.

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