Escapada

Edimburgo: leyendas, Harry Potter, literatura y whisky

Se debe llegar en tren. Cuando la máquina apaga su motor se desciende en la céntrica estación de Waverley Station, punto del que parte toda la magia.

Edimburgo

Edimburgo es una ciudad majestuosa, de una elegancia indefinida, pero que se palpa y se percibe en cada calle y en los detalles que exhibe cada fachada. Edimburgo es una ciudad que se ha construido sobre mitos y leyendas y se asienta sobre los cráteres extintos de unos volcanes que han imprimido el carácter de sus gentes. Su atmósfera mantiene la particular idiosincrasia de un pueblo de acusada personalidad.

Edimburgo ejerce como contrapunto al peso literario que Dublín ejerce en el mundo de habla inglesa. Stevenson señaló que las mejores vistas de la ciudad se divisaban desde Calton Hill. Scott, Conan Doyle y J.K. Rowling, completan la nómina de escritores de esta ciudad real.

A Edimburgo se debe llegar en tren. Cuando la máquina apaga su motor, desciende en la céntrica estación de Waverley Station, el punto del que parten las calles que articulan la parte nueva de la ciudad: Georges, Queens y Princess, donde se abre y descubre la gran plaza Charlotte en la que contemplar las imponentes obras arquitectónicas de estilo georgiano, diseñado por Robert Adam a finales del Siglo XVII. Sin embargo, el Parlamento, uno de los edificios más representativos no sólo de Edimburgo, sino de Escocia, es obra de un español, Enric Miralles, que firmó un vibrante edificio de estilo modernista.

Edimburgo es una ciudad construida de piedra, recia y dura. Un material que transfiere y dota a sus edificios de una elegancia natural que se subraya por la bruma que en ocasiones invade la parte vieja de la ciudad. Paseando alrededor de la catedral de St. Giles (High kirk), a sus callejuelas empedradas se asoman casas de pequeños patios y jardines muy cuidados tras los cuales se ocultan pequeños pasadizos, llamados ‘close’, que nos adentran en realidades que nos hacen imaginar las duras condiciones en épocas pretéritas. Algunas de sus típicas tabernas, de esas que parecen haber estado allí siempre, se ocultan tras sencillas fachadas.

La Royal Mile, el kilómetro y medio más concurrido de la ciudad dirige nuestros pasos hasta el emblema, el símbolo de la ciudad, el castillo en cuyo interior encontramos la hermosa capilla de Santa Margarita que data del Siglo XII. A la una del mediodía, las baterías disparan una salva para marcar las señales horarias. Al otro lado del castillo, mil seiscientos metros más allá, se encuentra el palacio Holyrood, que sirve de residencia a la reina cuando acude hasta el territorio más septentrional de su reino. Elephant House es el establecimiento desde el que J.K. Rowling escribía el primer volumen de Harry Potter. Allí puede emular a la escritora tomando una taza de café.

La esencia de Escocia se enraíza en el whisky, la bebida nacional, de base de agua y cebada malteada con turba, envejecida en barricas centenarias; en las costumbres y tradiciones que se mantienen en la esencia y los colores del clan sobre los Kilts de lana suave y abrigada, o el ritmo de melodías sopladas por los Highlander pipers. El mítico Murrayfield, la catedral del rugby, en cuya tienda puede adquirir alguna camiseta de recuerdo. En Grassmarket, el antiguo mercado de ganado, a los pies del castillo, encontrará una animada zona de bares y restaurantes.

Para desayunar puede hacerlo en un local italiano Valvona & Crolla, toda una institución en la ciudad. Para comer, acérquese a Rose Street, la calle peatonal, allí encontrará un sinfín de pubs que ofrecen comida sencilla. David Bann, es un gran restaurante vegetariano en Edimburgo en donde se ofrece una fascinante versión de un restaurante de altura, una cocina que entra por los ojos y que solo utiliza verduras. La Brasserie Hadrian’s en el lujoso hotel Balmoral, buenas vistas de Arthur’s Seat. Fishers, el lugar que recomendamos para dormir, en pleno Prince Street, el hotel de la cadena Rocco Forte, es la mejor opción de la ciudad.

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