Miércoles, 18.07.2018 - 14:38 h
Escapada

Hydra, el encanto de la isla griega más auténtica

Hace décadas se transformó para abrir tantos pequeños restaurantes como permite su limitado espacio.

Isla Hydra
Isla Hydra / Pixabay

Mikrolimanos se encuentra a espaldas del principal puerto de Atenas. Es apenas una pequeña herradura en el bello Golfo de Sarón, pero por las noches adquiere su verdadera personalidad y destila mucho encanto. En tiempos fue refugio de piratas y, luego de pescadores que atracaban allí sus barcas. Hace décadas se transformó para abrir tantos pequeños restaurantes como permite su limitado espacio. Es un lugar perfecto para cenar buen pescado cuando uno aterriza en Atenas. Sin embargo, para cruzar hasta nuestro destino en las cercanas islas del golfo: Salamina, Hydra, Poros y Egina; debe embarcar desde El Pireo.

A mediados del pasado siglo veinte, Hollywood puso Hydra en el mapa. Se rodaron dos películas y una de ellas interpretada por Sofía Loren. En 1957, a algo más de dos horas en barco desde Atenas, era una isla desconocida, misteriosa y encantadora. Su embrujo cautivó primero al artista canadiense Leonard Cohen, que adquirió una casa en la que invirtió los 1.500 dólares que había heredado de su abuela. “La mejor compra que he hecho nunca” manifestó en más de una ocasión. “Una casa de más de 200 años en la que vivieron generaciones de pescadores, de paredes gruesas, habitaciones amplias y maravillosas vistas sobre las montañas”.

Cuando llega en barco y desciende al puerto de Hydra, parece que en como en un truco de magia, el mar desaparece, el ferry flota ingrávido sobre el aire. Tal es la transparencia y limpieza de sus aguas y el color cristalino del fondo. En Hydra la vida transcurre con pausa, sin prisas. Por no haber, no existen los coches, prohibidos en la mayor parte de la isla salvo un viejo camión de bomberos. El burro sigue siendo el medio de transporte y carga habitual. Parte de su tremendo encanto se debe a que no se puedan realizar nuevas construcciones. Esto atrajo a los atenienses más pudientes, que establecieron aquí su residencia de fin de semana.

En el pequeño puerto con forma de anfiteatro esperan pacientes una retahíla de borricos para subir el equipaje de los turistas hasta los pequeños hostales que se encaraman muchos cientos de escaleras más arriba. En Hydra tampoco existen calles con nombre. Para orientarse debe fijarse en la torre del monasterio, en la pequeña cúpula blanca con la cruz en aquel alto, en esa plazita donde los pequeños limoneros cargan su fruto, o en ese colmado atendido por una señora entrada en años y ajada por la acción del sol, en el que se exhiben frascos sin etiquetar de la miel más pura con aromas a romero y monte bajo que han producido las abejas de la isla.

El puerto de Hydra es un lugar privilegiado para disfrutar de las últimas vistas que regala el día, mientras el sol va ocultándose en el horizonte. Desde el Pirate Bar, toda una institución en la isla, puede apurar un bloody Mary, mientas observa como el sol transforma el color del mar en un anaranjado casi incandescente. Para comer o cenar en cualquiera de las tabernas del puerto le ofrecen las mejores capturas del día. La cocina de la isla es sencilla, pero del mejor producto. Todas las comidas comienzan con un plato de queso y olivas que acompañan de una garrafa de vino. El pulpo es uno de los grandes platos locales, ensaladas de tomates auténticos con el mejor aceite de oliva griego. Y un buen pescado a la parrilla completa la comida.

Al pie de la torre de estilo bizantino, el monasterio que, la leyenda dice que construyó una monja cuando llegó a la isla en 1600; existen numerosas tabernas que sacan unas pocas mesas a las calles empedradas por las que, de cuando en cuando aparece un burro cargado con algún fardo. El Rolo Cafe, es donde Cohen dio su primer concierto y el lugar al que solían acudir a tomar algo. Hydronetta es un bar literalmente sobre el mar. Allí puede descansar bajo sus sombrillas de brezo, mientras la brisa del mar refresca el ambiente y escucha como las pequeñas olas arrullan suave y constantemente la terraza del bar.

Pequeños hoteles con mucho encanto, sencillos, sin nada superfluo, sólo lo básico que, en un lugar como este se convierte en verdadero lujo. El hotel Bratsera se ubica en las instalaciones de una antigua nave en la que se almacenaban las esponjas naturales que hoy siguen recogiendo del fondo del Egeo. Sus habitaciones se distribuyen alrededor de una piscina que recuerda aquellas que pudieron disfrutar en la Grecia Clásica. Las habitaciones muestran con naturalidad las paredes desnudas, encaladas en blanco puro, y apenas un aplique de luz sobre la cama. Un detalle de flores en la mesita completa una decoración tan sencilla como acogedora.

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