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Un viaje a Tanzania, escucha la llamada de África que te atrapará por completo

Se trata de una tierra que enamora al viajero desde el primer momento por su basta naturaleza y la belleza de su paraje.

Tanzania
Parque Nacional de Mikumi, Tanzania / Pixabay

Dicen que quien pisa por primera vez el gran continente africano primero se asombra ante la extensión infinita de sus sabanas, los verdes intensos de sus bosques y selvas de una vegetación tupida y densa que parece impenetrable. Quien pisa alguna vez territorio africano siente el embrujo de una tierra irresistible y su llamada que obliga al viajero a querer volver siempre. Una tierra donde lo superfluo no existe, un lugar en el que se siente como la vida late despacio, pero intensamente.

Al norte de Tanzania habitan los Masái, el que posiblemente es el último pueblo que en su totalidad vive dedicado al pastoreo de ganado. La tierra de los Masái es probablemente también la última en la que la vida salvaje se muestra desnuda, real, tal y como ha sido desde siempre, sin maquillajes ni tramoyas, sólo extensiones sin límites en los que habitan los Cinco Grandes. El Gran Lago Victoria, fuente principal del que nace el río más largo del mundo, que vertebra todo un continente. Agua que transforma la vida a su alrededor, logrando uno de los ecosistemas más ricos del planeta de millones de aves, hipos y cocodrilos.

Si los Massai, esbeltos y de caras anguladas, facciones muy marcadas, altos y delgados, resultan tan elegantes con una simple tela roja que anudan en el hombro y con la que cubren sus cuerpos hasta parecer bien vestidos. Existe otro pueblo, el de los Hadza, más sencillos que apenas han alterado su forma de vida nómada como cazadores puntuales y recolectores de los frutos que la madre naturaleza pone en su camino. En cambio, más prósperos son los Chagga, un pueblo de agricultores que cultivan uno de los mejores cafés arábicos del continente africano.

Los amaneceres y atardeceres de África no tienen parangón en el mundo. Antes de que salga el sol, la enorme llama de fuego calienta el aire del gran globo que va a proporcionar una perspectiva única y formidable sobre el Parque del Serengeti. Cuando el sol comienza a asomar, levanta el vuelo para descubrir la enorme riqueza de unas llanuras en las que decubrir grandes rebaños de búfalos, impalas y gacelas que inundan las enormes extensiones de sabana en esta parte del mundo. Algún grupo aislado de elefantes y alguna jirafa de larguísimos cuellos se aposta junto a los baobas de los que comen.

El Ngorongoro, no es sino un fabuloso cráter de un volcán extinto en el que hoy abundan los pastos que alimentan a los cinco grandes que todo el mundo trata de fotografiar. La mejor opción es optar por un guía masái que le llevará por senderos hasta las mismas entrañas de una tierra rica y plagada de animales. Partiendo al amanecer cuando aún se siente frío, obliga a aligerar el paso. Después a media mañana el sol se sostiene como ingrávido calentado un paisaje que altera el ritmo cardiaco en cuanto se divisan los primeros animales a unos cientos de metros de distancia.

Cuando cae la noche no hay nada como dormir en un campamento de tiendas preparadas. Allí, fuera del campamento se sienten ruidos de animales que para una persona que llega de la ciudad le impide conciliar el sueño. Pero es una experiencia que merece la pena. Acostarse bajo una capa de estrellas que inunda el cielo como nunca antes lo haya contemplado, le hace sentirse a uno en medio de la nada y en el centro del mundo. Una sensación de cierta angustia y al tiempo el sentirse y saberse un privilegiado, le invaden toda la noche. Una experiencia que también debieron de sentir los primeros exploradores del continente como el Doctor Livingstone, supongo.

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