Lunes, 20.01.2020 - 18:21 h
Personajes 

Federico Fellini, el gran mago del cine, cumple 100 años. Un homenaje

A un siglo de su nacimiento, Federico Fellini sigue sobrevolando el universo del cine con su creatividad inabarcable y su personalísimo lenguaje.

Fellini

En 1957 la academia de Hollywood decidió crear un nuevo Oscar, el premio a la mejor película de habla no inglesa. Antes de esa fecha se habían otorgado algunos a películas foráneas, pero a partir de entonces el premio estuvo regulado. Se lo llevó casi por aclamación un cineasta italiano de 37 años por una película estrenada tres años antes, 'La strada'  (La carretera), la tercera que dirigía en solitario tras debutar codirigiendo la olvidable, 'Luci del varietà'. Hablamos, claro está, de Federico Fellini, de cuyo nacimiento se cumplen 100 años este 20 de enero.

A lo largo de más de tres décadas, Federico Fellini se llevó tres estatuillas más en la categoría, la primera de ellas al año siguiente por 'Las noches de Cabiria', (1958). Le seguirían '8 y ½' (1964) y 'Amarcord' (1975). Por si fuera poco, pocos meses antes de morir, recibió un Oscar especial a toda su carrera.

Fellini

El director junto a su mujer, la actriz Giulietta Masina. Foto: Getty Images.

Pero no era esta la primera vez que el nombre de Federico Fellini aparecía en la ceremonia de los Oscar, ya que había sido candidato en dos ocasiones en calidad de guionista, en 1944 y 1946, por sendas películas dirigidas por Roberto Rossellini, 'Roma città aperta' y 'Paisà'. Está claro que el muchacho iba rápido, y eso que cuando comenzó su andadura profesional no tenía claro si dedicarse al periodismo, la historieta o el 'music hall'.

Nació en una familia modesta de Rimini poco después de la I Guerra Mundial y toda su educación tuvo lugar durante el régimen fascista. Con 18 años se trasladó a Roma con su madre, originaria de la capital. El plan oficial era estudiar para abogado, pero el joven Federico, que ya había publicado algún dibujo adolescente en el Corriere della Sera, prefería zascandilear por las redacciones, perpetrar caricaturas y venderlas, y escribir para la radio y la prensa humorística así como para el oropel fantasioso y sicalíptico de los cabarets. Todo esto en plena II Guerra Mundial.

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El director Federico Fellini, de espaldas, en el set de rodaje de la película Casanova, en Roma. La fotografía fue tomada el 10 de julio de 1975. / Foto: Getty Images.

Se le daba bien inventar escenas con dos trazos precisos o con muy pocas palabras, y tenía un oído estupendo tanto para captar el habla callejera como para convertir en tres tics los rasgos de cualquier personaje. Según el propio Fellini, esto último era otra forma de caricatura. Y eso es lo que llamó la atención de Roberto Rossellini, que necesitaba un baño de realidad en los diálogos de un proyecto que acabaría siendo 'Roma, città aperta'. Es sorprendente que un creador que llegaría a ser admirado por su imaginación, su visión arrevistada de la realidad, su humor, su barroquismo y cierto estado de celo permanente, encontrara acomodo en ese largometraje tan desnudo y escalofriante. Fellini se vio de repente convertido en uno de los guionistas más solicitados de la inmediata posguerra. Hasta que echó a volar por su cuenta.

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Fellini, arriba en el centro, vestido de fraile, bromea junto a varios actores durante el rodaje de Paisà, en 1946 / Foto: Getty Images.

Para entonces ya se había casado con Giulietta Massina, actriz y compañera de por vida. Cosas del catolicismo que decía profesar. Una vez declaró que la familia era el único pilar de la sociedad italiana. “O las dos familias”, añadió con la retranca cínica que le caracterizaba. Y es que la monogamia de Fellini esconde al parecer algunas actitudes, hoy intolerables, que en su día desveló Anita Ekberg, la estrella sueca de La 'dolce vita'. Su fiel Massina sería la protagonista de dos de sus películas más celebradas y neorrealistas, 'La carretera' y 'Las noches de Cabiria'. Y también de uno de sus grandes fiascos, Giulietta de los espíritus (su primera incursión en el color), así como de una de sus grandes películas de madurez, 'Ginger y Fred'.

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Fellini, en el set de rodaje de Casanova, en una imagen de 1976 / Foto: Getty Images.

A las ambiciones y la imaginación desbordada de Fellini la severidad del neorrealismo se les quedaba estrecha. Subido en la cresta de su propia ola aspiraba a ofrecer espectáculos inusitados… y a llenar las entonces enormes salas de cine de espectadores. Y lo conseguía con experimentos tan arriesgados como La 'dolce vita', una 'road movie' sin salir de Roma en la que seguimos a un periodista de papel couché, il bello Marcello Mastroianni, en su extenuante jornada a la caza de ricos y famosos con paradas en lugares de ensueño cotidiano y dilemas morales intermitentes. A su lado un fotógrafo que dio nombre a una profesión: Paparazzi.

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Una secuencia del director gesticulando durante el rodaje, en los estudios Cinecitta de Roma, en 1969, de la película Satiricón / Foto: Getty Images.

En la siguiente película, Fellini repite formato y protagonista, que para eso le sobran ambición y delirios de grandeza: si en sus primeras películas (Los inútiles, El jeque blanco) se sirve como alter ego de Alberto Sordi, se decanta otra vez por la apostura impecable de Mastroianni para '8 y 1/2', la historia de un director de cine que ha olvidado cuál es su siguiente proyecto. Según Fellini, no es una historia autobiográfica pero está basada en hechos reales: realmente no sabía qué es lo que quería hacer. Está claro que la confianza es la mitad de todo. Hoy es mucho más difícil apreciar la grandeza de ambos títulos: el cine se consume preferentemente en casa y el desmedido formato del cinemascope para el que están concebidas queda reducido a un rectangulito por el que se mueven sin perspectivas manchas de tinta. Por no hablar del doblaje disponible, que no le sienta bien ni a una cinta rodada —es un pecado del mejor cine italiano de la historia, sin el más mínimo interés en el sonido directo–. Además, para el gusto actual la imaginación visual y argumental resultan un poco pretenciosas. Donde esté un buen videojuego…

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Nino Rota compuso la banda sonora de algunas de las películas principales de Fellini, como 'Amarcord', 8 y 1/2 o 'La dolce vita'. La foto es de 1972 / Foto: Getty Images.

Exuberancia creativa 

Disquisiciones aparte, a mediados de los años 60 Federico Fellini era el director de cine más arquetípico de la era de los directores estrella, emulado y adorado por los directores del nuevo Hollywood: Friedkin y Coppola, Scorsese y Mazursky, Polanski y Bob Fosse (este último se estrenó en el cine con 'Sweet Charity', un musical que él mismo había dirigido en el teatro a partir de 'Las noches de Cabiria'). Y esto siguió siéndolo hasta que otros directores estrella apostaron, con éxito, por el regreso del cine de palomitas. Dueño de su trabajo, autor de todos sus argumentos, imprevisible, colérico, atrevido, divertido y astuto, demostró que a su exuberancia no se le resistía ni el documental ('Roma, I clowns') ni los códigos de verosimilitud ('Satiricón', 'Casanova', 'Y la nave va') ni la crónica sentimental ('Amarcord', 'La voz de la luna'). Y aunque no le gustaba significarse tampoco tenía miedo a los movimientos políticos (Prueba de orquesta) y/o sociales (La ciudad de las mujeres).

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En 1969, junto a Marcello Mastroianni caracterizado para la película 'El viaje de G. Mastorna', que nunca llegó a rodarse / Foto: Getty Images.

Si Fellini dio alguna una definición de sí mismo que no pueda ser discutida es esta: “Soy un gran mentiroso”. Es la vieja paradoja de Diderot: el comediante nunca es más real que cuando es falso. El arte es encantamiento, suspensión de la incredulidad, fascinación, lo extraordinario, lo que se sale de lo ordinario. Y eso solo se puede construir mediante ilusiones, historias, lugares, personas y experiencias ficticias. Y en ningún arte es más preciso el verbo ‘construir’ que en el cine.

Vuelvan a ver el largo final de '8 y 1/2'. Ahí está todo. Incluida la música impagable de Nino Rota.

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