Miércoles, 29.01.2020 - 06:16 h
REPORTAJE

Mónaco, el origen: la historia del pequeño país del gran lujo

El principado ha forjado desde finales del siglo XIX, no sin dificultades, una leyenda de glamour y riqueza.

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La piscina olímpica del hotel Monte Carlo Beach, a finales de los años 40 del pasado siglo.

Un caso único. Poco más de 200 hectáreas en las que hoy hay prácticamente de todo: un palacio principesco, hoteles de lujo, rascacielos de residencias privadas, un casino, una ópera, varios museos, playas, jardines, un estadio de fútbol con capacidad para más de 18.000 personas, termas marinas… y un helipuerto –para el aeropuerto, hay que ir a Niza–. Bien comunicado por tierra, mar y aire, en el minipaís de Mónaco –el segundo más pequeño del mundo, tras el Vaticano– residen 38.300 personas de más de un centenar de nacionalidades, mayoritariamente de origen francés e italiano. En este paraíso fiscal, el metro cuadrado puede llegar a los 60.000 euros, probablemente el más caro del planeta. De hecho, es aquí donde se encuentra el apartamento con el precio más alto jamás fijado: 300 millones.

Su Alteza Serenísima Alberto II dirige desde hace casi tres lustros el Principado con mano de presidente de gran empresa. Es su mejor embajador, implicado en actividades dentro y fuera del país que proyectan su excelente imagen en los ámbitos del ocio, el deporte, los negocios y el lujo.

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Exterior del famoso casino de Montecarlo (a la izquierda) en una imagen de 1931, junto al Hotel de París (a la derecha).

Lógicamente, como en todo, hubo un principio, y no siempre fue tal y como lo vemos hoy. Mónaco –Mùnagu, en monegasco, lengua que por cierto se estudia en sus escuelas hoy– fue una tierra bastante inestable desde sus orígenes, en la que se asentaran por las armas los italianos Grimaldi en 1297 y por la que pasaran, y ocuparan, a lo largo de su historia no solo franceses, sino también españoles (en el siglo XVI estaría bajo protectorado español, hasta su expulsión en 1641).

En 1863, su entonces príncipe, Carlos III, convence al empresario François Blanc, el de algún modo Bernard Arnault de la época, a la hora de sentar las bases del auge y futuro brillo de Mónaco. Blanc tendrá la mitad de las acciones de la creada Société des Bains de Mer et du Cercle des Étrangers, así como 50 años de monopolio para los juegos de azar. Mientras en Francia e Italia este tipo de actividad de ocio estaba prohibida, en el Principado, no. Lo primero será poner en pie en el nuevo barrio de Montecarlo un casino y la ópera (ambos en 1879), obras que confían a Charles Garnier, padre de la Ópera de París.

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El tenis es uno de los primeros deportes que se practican en el Principado. Si bien el primer certamen tuvo lugar en 1897, es en el siglo XX cuando cobra importancia.

En 1911, cuando Mónaco se convierte en monarquía constitucional, se crea el Monte-Carlo Golf Club y el Rally Automobile Monte-Carlo, que empieza a subrayar el interés por los cuatro ruedas y que será testigo del nacimiento después, justo tras la Primera Guerra Mundial, hace ahora 90 años, del Grand Prix, uno de los acontecimientos estrella en el universo deportivo a escala internacional.

Si bien se han dado varias crisis franco-monegascas a lo largo de la historia, acuerdos entre ambos países como el tratado de 1918 –año del final de la Primera Guerra Mundial, época en la que algunos de sus hoteles, como el Alexandra, se transforman en hospitales, para curar a los heridos– han sido beneficiosos. 

El mundo vive ajeno a este asunto: en el Monte Carlo Beach, hotel que curiosamente está en territorio galo, aunque funciona como si estuviera en tierras monegascas, la cronista de sociedad norteamericana Elsa Maxwell alababa o destruía con su afilada pluma en los 20 a los famosos que lo frecuentan. Allí, ante la piscina olímpica del citado hotel hasta se verá años después a grandes estadistas, como Churchill.

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La oferta deportiva, junto a la de bienestar y la gastronómica, constituían unas de las grandes bazas del lugar. 

La guerra golpeará también esta estación balnearia. Y es que “en la Europa que se reconstruye el turismo no es una prioridad”, como recuerda Frédéric Laurent, en su libro Monaco. Le Rocher des Grimaldi (2009). Desde principios de los 30, el casino ya no aporta la mayoría de masa económica al Principado, entre otra razones porque, cuando el juego se empieza a permitir en lugares como Niza, deja de ser el único de la Costa Azul.

Por mar arribará otro temor en los 50: el multimillonario Aristóteles Onassis, que amarra su lujoso barco Christina en el puerto y entra en escena al comprar las acciones de la empresa monegasca por excelencia, la Société des Bains de Mer (SBM). Se hace con el control y pretende dictar su ley: traer solo a la jet set. Pero no puede haber dos príncipes, el oficial, y el millonario, así que Rainiero III consigue que el general De Gaulle le dé la autorización para nacionalizar la SBM y hacerse con el control. Vuelve a haber un único príncipe, el oficial. Además, su matrimonio con la actriz Grace Kelly, en 1956, atraerá a partir de ese momento a rostros célebres del mundo del cine norteamericano. Fue, como apunta Laurent en su libro, “la primera gran manifestación people de la Historia”. 

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Vista de uno de los salones de juego del casino, en 1928.

El mar por un lado y la montaña por el otro, en una zona además proclive a movimientos sísmicos, siguen lastrando el crecimiento del país, aunque es el primero el que continúa ofreciendo algo de margen. De hecho, ahora se proyectan seis hectáreas más sobre el mar, que será una realidad en 2024 tras una inversión de dos billones de euros.

Una familia que reina desde hace más de siete siglos, algo inédito en el mundo; un lugar en el que Carlos III puso los pilares, Rainiero III el cemento y las nuevas infraestructuras, y que Alberto II continúa ampliando, agrandando la historia de un lugar que lo tiene todo, menos delincuencia y criminalidad. Un paraíso (y no solo fiscal).

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