Domingo, 18.11.2018 - 16:15 h
Nec Otium

Los beneficios de andar a la gresca (o por qué no hay creatividad sin discusión)

Tenemos la creencia de que las buenas ideas surgen en entornos amables, pero no es cierto. Las personas más creativas se pasan el día discutiendo

Ringo Star y George Harrison discuten durante la grabación de 'Abbey Road' / The Beatles
Ringo Star y George Harrison discuten durante la grabación de 'Abbey Road' / The Beatles

Excepto en contadas compañías, las discrepancias no están bien vistas en el trabajo. Las personas que llevan la contraria a sus jefes y corrigen a sus compañeros no están bien vistas, por muy bien que sepan hilar sus críticas. Aunque sus aportaciones sean acertadas, molestan. Se les acaba arrinconando hasta que explotan y se marchan. Y así es como se pierde el talento (y se arruinan las empresas).

Existe la creencia de que la creatividad surge en entornos amables, en el que se aceptan todas las opiniones y las críticas son veladas (aunque luego acaben explotando por la espalda). Pero como explica el profesor de la escuela de negocios Wharton Adam Grant en una interesantísima columna publicada en The New York Times, no es así como se tienen las buenas ideas.

Grant pone el ejemplo de los hermanos Wrigth. Tras finalizar el primer vuelo de la historia, los periódicos se llenaron de historias que celebraban su vínculo fraternal: cómo habían crecido, jugado y construido un aeroplano juntos. Pero lo que no contaban es que Wilbur y Orville se pasaban el día discutiendo acaloradamente.

Una de las razones por las que lograron fabricar el primer aeroplano de la historia con propulsión a motor fue debido a la idea de incorporar una hélice al invento. Una idea que generó una enorme controversia entre los hermanos, que estuvieron discutiendo durante semanas a grito pelado.

“Después de largas discusiones, a menudo nos encontramos en la ridícula posición de que cada uno había sido convertido al lado del otro”, reflexionó Orville, “sin más acuerdo que cuando comenzó la discusión”.

Como explica Grant, solo después de diezmar por completo los argumentos del otro se les ocurrió que ambos estaban equivocados. No necesitaban una, sino dos hélices, que podían girar en direcciones opuestas para crear una especie de ala giratoria.

Una decisión crítica para la historia de la aviación a la que no habrían llegado de no ser por sus intensas discusiones.

Los hermanos Wright
Los hermanos Wright

“No es nada personal, pero no tienes razón”

Grant reconoce que las discusiones pueden ser contraproducentes si las críticas se llevan al terreno personal, pero hasta entonces las riñas más acaloradas pueden ser una enorme fuente de creatividad. Por desgracia, es algo que no está bien visto actualmente, sobre todo en el momento en el que las discusiones son más importantes: cuando estamos creciendo.
“Es algo que muy pocos padres enseñan a sus hijos”, explica Grant.

“Queremos brindarles a los niños un hogar estable, por lo que evitamos que los hermanos peleen y tenemos nuestras propias discusiones a puertas cerrada. Sin embargo, si los niños nunca se exponen al desacuerdo, terminaremos limitando su creatividad”. Y esta aversión por la discusión –en casa, en la empresa, incluso entre amigos– nos está llevando a un escenario preocupante. Ese escenario en el que todo lo que pueda ofender se silencia. Algo muy grave en lo que respecta a la política. ¿Cuántas veces se ha ido al traste una conversación por mentar el “tema catalán” o la financiación del Partido Popular? O está todo el mundo de acuerdo o lo correcto parece obviar esta serie de temas. No sea que alguien se enfade.

El profesor Adam Grant / nrkbeta
El profesor Adam Grant / nrkbeta

Pero, como recuerda Grant, hay algo que debemos recordar: todo nuestro sistema legal está basado en la idea de que las discusiones son necesarias. “Para que nuestra sociedad prosiga siendo libre y abierta, los niños deben aprender el valor de la discrepancia abierta”, apunta.

El inconformismo es la semilla de la creatividad. Y son los entornos más tolerantes con la discusión los más proclives a generar grandes ideas. Los hermanos Wright provenían de una familia inestable. Su padre, sacerdote, nunca rechazaba un debate en el que participar acaloradamente. Sus hijos le vieron discutir con sus profesores, a los que no les gustaba la idea de que los chavales hicieran pellas la mitad del día para aprender por su cuenta. Su padre era tan polemista que pese a ser obispo en la iglesia loca tenía un buen puñado de libros de ateos, y animaba a sus hijos a leerlos.

Es solo un ejemplo, pero la historia de todos los grandes grupos creativos es una historia de peleas constantes: ya sean los Beatles o Steve Jobs y Steve Wozniak. “Si nadie discute, no es probable que renuncies a las viejas formas de hacer las cosas, y mucho menos que pruebes nuevas”, asegura Grant.

El profesor reconoce que las discusiones pueden irse de las manos, pero en vez de prevenirlas lo ideal es lograr que se respeten una serie de reglas. Unas normas que haríamos bien enseñar a nuestros hijos y compañeros:

1. Piensa que una discusión es un debate, no un conflicto.

2. Argumenta como si tuvieras razón, pero escucha como si estuvieras equivocado.

3. Realiza la interpretación más respetuosa de la perspectiva de la otra persona.

4. Reconoce cuándo estás de acuerdo con tus críticos y qué has aprendido de ellos.

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