Domingo, 18.11.2018 - 03:32 h
No deja de aumentar

Ansiedad, depresión y soledad: así es el reverso tenebroso del perfeccionismo

Se necesita cierto grado de perfeccionismo para alcanzar la excelencia, pero se está fomentando un nivel patológico de este

El perfeccionismo puede provocar grandes problemas mentales. / Pexels
El perfeccionismo puede provocar grandes problemas mentales. / Pexels

Ser perfeccionista es un rasgo de la personalidad que, pese a ser claramente negativo, está más que bien visto. “Soy demasiado perfeccionista” es la típica respuesta que un candidato a un puesto de trabajo contesta cuando le preguntan sus debilidades. Es una cualidad que, sabemos, no está del todo bien, pero que al fin y al cabo se considera positiva. Pero es un problema, y de los gordos.

Sin bien se necesita cierto grado de perfeccionismo para alcanzar la excelencia en campos como el deporte o la creación artística, haríamos mal en ver esta como un rasgo positivo, pues cuando se lleva al extremo puede provocar depresión, ansiedad e, incluso, ideación suicida. Y su prevalencia está creciendo de forma preocupante, sobre todo entre la población más joven.

Según un reciente estudio de los psicólogos Thomas Curran y Andrew Hill, el impulso para ser perfecto entre los estudiantes universitarios de hoy en día ha aumentado significativamente en comparación con las generaciones anteriores, lo que puede estar afectando a la salud mental de los jóvenes.

En concreto, Curran y Hill han estudiado tres tipos de perfeccionismo: el orientado hacia uno mismo (un deseo individual de ser perfecto); el socialmente prescrito, o el deseo de estar a la altura de las expectativas de los demás; y el orientado a los demás, por el cuál se califica a los demás bajo estándares poco realistas.

Los autores han analizado la prevalencia de estos tres tipos de perfeccionismo entre jóvenes universitarios estadounidenses, canadienses y británicos entre 1989 y 2016 y han visto que la prevalencia de los tres ha aumentado significativamente: un 10 % el orientado hacia uno mismo, un 16 % el orientado a los demás y un 33 % el prescrito socialmente.

No hay datos similares para España, pero sí estudios que han mostrado como el perfeccionismo está arraigado en un buen número de adolescentes –rango de edad a partir de la cuál más se manifiesta– y como este tiene consecuencias negativas.

Un estudio de 2016, editado por la Asociación Científica de Psicología y Educación, muestra por ejemplo que la tendencia a percibir que las expectativas paternas son elevadas y el miedo a cometer errores predice de forma significativa la percepción de estrés del alumnado, influyendo sobre la manifestación de este.

Los adolescentes son los que más sufren el perfeccionismo. / Pexels
Los adolescentes son los que más sufren el perfeccionismo. / Pexels

El individualismo nutre el perfeccionismo

Como apunta el estudio de Curran y Hill es el perfeccionismo prescrito socialmente el que más ha crecido en los últimos tiempos y, aunque la investigación no examina las causas de este aumento, los autores creen que puede estar relacionada con el auge tanto de las pruebas estandarizadas como de las redes sociales.

En un artículo publicado en The Conversation, en el que Curran y Hill repasan sus investigaciones sobre el perfeccionismo, estos apuntan que los jóvenes de hoy son los primeros que han nacido en una sociedad dominada por completo por los principios neoliberales, en los que el perfeccionismo no solo es tolerado, sino también promocionado.

“En los últimos 50 años, el interés de la comunidad y la responsabilidad cívica se han ido erosionando progresivamente, reemplazadas por un enfoque en el interés propio y la competencia en un mercado supuestamente libre y abierto”, aseguran los psicólogos.

En esta sociedad de mercado elementos tan dispares como las notas de corte para acceder a la universidad e Instagram se unen para separar a la sociedad entre tontos y listos, guapos y feos: entre la gente perfecta, que merece todo el apoyo, y la imperfecta, que no llegará a nada.

“Los medios sociales, las pruebas escolares y universitarias y las evaluaciones del desempeño laboral implican que los jóvenes, los profesores y los empleadores pueden ser puntuados, clasificados y filtrados entre ellos”, apuntan Curran y HIll. “Si los jóvenes tienen una puntuación pobre, la lógica de nuestra sociedad basada en el mercado dicta que son menos merecedores, pues su inferioridad refleja alguna debilidad o falla personal”.

Es la lógica por la cuál cada vez se separa antes a los estudiantes en buenos, malos y regulares, lo que marcará su futuro profesional –a no ser que sus padres sean ricos, lo que les permitirá caer siempre en el lado bueno de la balanza–.

El perfeccionismo también puede ocasionar procastinación. / Pixabay
El perfeccionismo también puede ocasionar procastinación. / Pixabay

Un perfeccionismo patológico

Curran y Hill explica que el perfeccionismo es un deseo irracional de impecabilidad, combinado con una dura autocrítica. Pero en un nivel más profundo, lo que distingue a un perfeccionista de alguien que es simplemente diligente o trabajador es una necesidad decidida de corregir sus propias imperfecciones.

“Los perfeccionistas deben ser informados de que han logrado los mejores resultados posibles, ya sea a través de puntuaciones y métricas, o la aprobación de otras personas”, explican los psicólogos. “Cuando no se satisface esta necesidad, experimentan una confusión psicológica, porque equiparan los errores y el fracaso a la debilidad interna y la indignidad”.

Y no es de extrañar que aumente la prevalencia de un perfeccionismo patológico, si tenemos en cuenta que, como señalan Curran y Hill, vivimos en un mundo donde el rendimiento, el estatus y la imagen definen la utilidad y el valor de una persona.

Si no cultivamos nuestra marca personal, nos dicen, tendremos menos empleabilidad y, por lo tanto, más posibilidades de estar en el paro, de ser unos fracasados. Hoy es más importante mostrar lo que haces en Twitter y en Instagram que hacerlo de verdad. Por tanto, este perfeccionismo ni siquiera está relacionado con un mayor rendimiento, ni con la excelencia. Es un perfeccionismo socialmente prescrito: solo importa estar a la altura de las expectativas de los demás, y nadie va a mirar qué hay detrás de los cientos de tuits que publicas al día.

“Esta es una cultura que se aprovecha de las inseguridades y amplifica la imperfección, e impulsa a los jóvenes a centrarse en sus deficiencias personales”, concluyen los psicólogos. “Como resultado, algunos jóvenes reflexionan crónicamente sobre cómo deben comportarse, cómo deben lucir o qué deben poseer”.

Es por ello por lo que los autores insisten en la necesidad de que las escuelas, los políticos y la sociedad civil impidan las formas comercializadas de competencia, que funcionan a expensas de la salud mental de los jóvenes: “Deben enseñar la importancia de la compasión sobre la competencia. Si no lo hacen, es probable que el aumento del perfeccionismo, y su asociación con enfermedades mentales graves, continúe sin cesar”.

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