Miércoles, 14.11.2018 - 15:16 h
Nec Otium

La maldición del expatriado: cuando vuelvas ya no hablarás bien tu lengua

Aprender idiomas en el extranjero es tan positivo como negativo, ya que podría derivar en que pierdas conocimientos del castellano.

Tanto aprender idiomas para acabar olvidando el nativo / Pixabay
Tanto aprender idiomas para acabar olvidando el nativo / Pixabay

El mundo globalizado y políglota en el que vivimos nos permite cambiar de país de residencia con una facilidad impensable hace sólo unos años. Y, aunque emigrar no deja de ser un problema relacionado con la precariedad laboral en España, quizás la parte positiva es la posibilidad de conocer mundo y aprender nuevos idiomas. Especialmente esto último, pues la mayoría de los emigrantes suelen ser jóvenes menores de 30 años con más formación y una mayor capacidad para aventurarse con lenguas desconocidas.

Sin embargo, precisamente el exceso de idiomas puede ser el mayor riesgo que entraña afincarse en el extranjero, tal y como señala Monika Schmid, profesora de lingüística en la Universidad de Essex, en este artículo de The Conversation. Nacida en Alemania, lleva las últimas dos décadas viviendo en el Reino Unido y confiesa que cuando se enfrenta a una hoja en blanco lo pasa realmente mal si tiene que juntar letras en alemán.

El desgaste del lenguaje

“En primer lugar, ya no confío en mi alemán. En parte, porque las reglas del lenguaje hablado han cambiado en los 20 años que llevo fuera”, confiesa, al tiempo que lamenta que su “conocimiento simplemente se haya perdido. Es más, las palabras me eluden y a menudo no estoy segura de si significan lo que creo que significan. Mi gramática se está reestructurando al inglés, lo que en alemán se traduce en frases más simples y menos sofisticadas”.

Un problema que especialmente se acentúa en países de habla inglesa, en los que, por ejemplo, resulta muy común encontrar a españoles que llevan un tiempo viviendo allí y empiezan a mostrar síntomas del desgaste del lenguaje. Verbos, expresiones o simplemente palabras concretas que desaparecen de su vocabulario.

El inglés es un idioma con una construcción más sencilla / Pixabay
El inglés es un idioma con una construcción más sencilla / Pixabay

Schmid explica que, en inglés, “hacemos pausas más a menudo, construimos mal nuestras frases y tenemos que volver atrás. Nuestro vocabulario se torna menos sofisticado y nuestra gramática, menos compleja. Y hay más efectos subyacentes que tienen que ver con las diferentes maneras en las que el ser educado y las interacciones sociales difieren en función del lenguaje”.

“Habiendo pasado cualquier período -y éste puede ser tan corto como unos pocos meses- en un contexto extranjero, los expatriados como yo tendemos a sentirnos como peces fuera del agua”, explica Schmid, quien ilustra de este modo que el cambio puede ser dramático: “Podemos sobrevivir, sí, pero los movimientos que en otro tiempo era naturales, fluidos y eficientes ahora implican un gran esfuerzo”.

Pensar en otro idioma implica olvidar parte del propio

Siguiendo con la metáfora, para volver al agua al pez no le queda más remedio que arquear su cuerpo con suficiente potencia como para impulsarse y volver a la pecera. O bien, aprender a respirar a fuera del agua, que sería precisamente lo que hacemos cuando nos mudamos al extranjero: aprender el idioma para poder integrarnos en la sociedad.

El problema es que, para los expatriados, aprender otro idioma supone renunciar al propio en cierto modo. De hecho, en algún caso extremo de prisioneros de guerra en un país extranjero -sin contacto más que con una cultura y una lengua- se ha dado el caso de que al cautivo se le llegase a olvidar su lengua materna, como ocurrió hace unos años con el sargento estadounidense Bowe Bergdahl, quien pasó cinco años retenido por los talibanes y a su regreso había perdido gran parte de su inglés nativo.

En aquel momento, Schmid fue una de las expertas consultadas sobre un posible trastorno del lenguaje en el joven militar de 28 años. Y es que, a pesar de haber vivido en EEUU durante 23 años, “el desgaste del lenguaje” era mucho más susceptible de estar presente en personas como Bergdahl, sometidas a un gran estrés o situaciones traumáticas.

“Muchos de estos fenómenos de lo que se llama desgaste del lenguaje son muy similares a los cambios en el uso del lenguaje que frecuentemente aparecen en los estadios tempranos de demencia; aunque, por supuesto, los procesos cognitivos subyacentes son completamente diferentes. El desgaste del lenguaje no es una patología neurológica, sino que aparece cuando dos idiomas está luchando entre sí en un mismo cerebro”, explica Schmid, quien considera que su caso particular no es único.

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