Miércoles, 20.03.2019 - 11:12 h
La polarización es cada vez mayor

Por qué es cada vez más difícil discutir de política (y cómo lograr que haya debate)

El psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt explica en su nuevo libro por qué la política y la religión dividen a la gente sensata.

Jonathan Haidt. / Mathiew Asselin
Jonathan Haidt. / Mathiew Asselin

Vivimos unos tiempos en los que discutir de política en España parece más difícil que nunca. Las posiciones más centristas se desvanecen, el debate sobre el nacionalismo lo enturbia todo, y no hay forma de mantener una discusión sensata sobre la mayoría de los temas. Pero haríamos mal en pensar que es algo que solo está ocurriendo en España.

“Seamos de derechas o de izquierdas, demasiadas veces tenemos la sensación de que nuestro adversario, además de oponerse a nosotros, no entiende en absoluto nuestras posturas y ni siquiera lo intenta”, explica el psicólogo social estadounidense Jonathan Haidt. “Eso hace que las divisiones sociales se estén consolidando, el debate público se convierta en un griterío y que en su mayoría los ciudadanos crean que sólo ellos están en lo cierto”.

La editorial Deusto acaba de publicar en España 'La mente de los justos', uno de los últimos libros publicados por Haidt (que es un autor muy prolífico), en el que explica cómo los juicios morales se forman a partir de instintos, no de razones, y estos acaban impidiendo a la mayoría de las personas plantearse si quiera que sus adversarios políticos puedan tener parte de razón.

Como explica Haidt a 'La Información', hay dos razones por las que nos cuesta tanto admitir que otra persona puede tener parte de razón: “A menudo significa que nosotros mismos estábamos equivocados. Pero eso podemos llegar a aceptarlo, y podemos parecer magnánimos cuando admitimos errores. Lo que es más difícil de hacer es admitir que el equipo de uno estaba equivocado. Si haces eso, eres un traidor”.

Estos “equipos” están muy definidos en torno a partidos políticos, pero también entre los ejes izquierda-derecha o, en el caso catalán, entre independentistas y españolistas. Y, como apunta Haidt, los medios de comunicación han tenido un gran papel en este aumento de la polarización.

“La televisión por cable llegó en la década de 1980 y permitió, por primera vez, que los partidarios solo escucharan las opiniones de su equipo en la televisión”, explica el psicólogo. “Luego, Internet permitió a las personas confirmar lo que querían. Después, las redes sociales permitieron que las personas circularan fragmentos virales de indignación dentro de ecosistemas partidistas cerrados”.

Todo el mundo tiene algo de razón

Como explica Haidt en el libro, muchas personas, guiadas por razones morales que en realidad no son fruto de la razón, sino de un “tribalismo parcialmente innato”, son incapaces de entender que tanto los progresistas como los conservadores o los liberales, los creyentes y los ateos, tienen parte de razón; el conflicto moral les impide verlo.

Preguntamos al psicólogo por uno de los conflictos que más polarizan a la sociedad española, Cataluña, y por qué los debates sobre nacionalidades levantan tantas pasiones.

“Las naciones han existido durante miles de años, en forma de grandes tribus vinculadas a un territorio”, explica el psicólogo. “Los últimos libros de la Biblia hebrea versan sobre la nación de Israel, que lucha por alcanzar la tierra prometida, mientras lucha contra otras naciones. Los estados nacionales modernos son solo una versión particular del concepto psicológico más antiguo y muy profundo de una nación. Si la nación es España, entonces la secesión es una traición, como dijimos en el norte de los Estados Unidos sobre la secesión del sur en 1861. Pero nuevamente, los británicos dijeron que los fundadores estadounidenses también estaban cometiendo traición en 1776”.

Haidt durante una conferencia. / Craig Lassig
Haidt durante una conferencia. / Craig Lassig

¿Por qué nos resulta tan difícil pensar siquiera que nuestros adversarios políticos no son unos completos chalados? Lo que ocurre, según Haidt, es que la política ha sustituido en gran medida el papel que cumplía la religión:

“La religión formal se está retirando en la mayoría de las naciones occidentales. En mis círculos seculares nadie menciona la religión, ni Dios, ni ninguna iglesia. Jamás. Pero como describo en el capítulo 11 de 'La mente de los justos', la mente humana evolucionó para crear una religión a pequeña escala. Dentro de cualquier comunidad moral o política, generalmente puedes encontrar algo que la gente considera sagrado, y alrededor de eso encontrarás pensamientos terribles, ignorancia motivada y, a veces, leyes claras de blasfemia”.

Volviendo al anterior ejemplo, en los círculos independentistas catalanes está proscrito decir que los presos del procés actuaron en contra de parte de la sociedad catalana, al igual que en los círculos que defienden la unidad de España se considera un insulto pensar que los consejeros encarcelados son presos políticos. Pero es que, además, en tiempos de agitación como estos, la línea de lo ofensivo es cada vez más fina.

“Los medios sociales y la ubicuidad de la comunicación de ‘uno a muchos’ a menudo recompensa a las personas por su ‘grandiosidad moral’ o su 'señal de virtud’”, explica Haidt. “Los incentivos sociales para ofenderse son a menudo fuertes, por lo que las personas se sienten más ofendidas”.

En busca de un debate político sosegado

El psicólogo reconoce que siempre va a existir un eje izquierda-derecha en el debate político, que, por mucho que se empeñen algunos, no es posible eliminar.

“Siempre hay un eje de este tipo”, asegura. “En la década de los 90 y a principios de la década de 2000, comenzó a cambiar a un eje de ‘nacionalismo contra globalización’, en el que la derecha era más nacionalista, pero incluía a algunos globalistas (por ejemplo, muchos empresarios), y la izquierda era más globalista, pero incluía a algunos nacionalistas (ej., movimientos obreros)”.

Pero, aunque no se puedan eliminar estos “equipos”, por usar la jerga de Haidt, el psicólogo apunta que “si hay algo de confianza en las instituciones democráticas y no hay mucho odio hacia el otro lado, el conflicto de las partes puede ser bueno; ciertamente es mejor que un régimen de partido único”.

La buena noticia que encontramos en el libro de Haidt es que, si conseguimos abstraernos de la polarización, y construimos mecanismos de diálogo pactados entre todos, es posible retornar a un clima más favorable al entendimiento político:

“Comienza por averiguar lo que la otra persona o equipo considera sagrado. Luego deja claro que respetas esa cosa, o al menos que no estás dispuesto a profanarla, y podrás comprender por qué está tan preocupado por ello el otro equipo o persona. Empieza por reconocer, no atacar. Además, primero trata de encontrar algunas cosas que tengas en común. Construye la relación primero. Y trata de amplificar o exagerar tu larga historia compartida en el pasado y en el futuro”.

Hay heridas difíciles de borrar, pero todo llega. “Las personas están muy influidas por las experiencias de vida de sus padres y abuelos”, explica Haidt. “Más allá de eso, las animosidades pueden desaparecer rápidamente. En los Estados Unidos, la animadversión [que generó] nuestra guerra civil en la década de 1860 todavía tuvo algunos débiles ecos en la década de 1960, cuando quedaban personas vivas cuyos abuelos habían luchado en la guerra. En la década de 1990 esos ecos habían desaparecido en gran medida. Puede tomar algunas décadas más para que esto suceda en España”.

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