Jueves, 05.12.2019 - 07:48 h
La historia de 'El Creyente'

Al Baghdadi, un fanático que sembró el terror con su califato en pleno siglo XXI

En el camino de su locura sangrienta quedan las atrocidades perpetradas contra minorías religiosas y étnicas en Siria e Irak.

Abu Bakr al-Baghdadi, en un fotograma del vídeo, grabado en una mezquita en Mosul
Abu Bakr al-Baghdadi, en un fotograma del vídeo, grabado en una mezquita en Mosul. /L.I.

Con el anuncio de la muerte de Abu Bakr al Baghdadi en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses cae el artífice de un Estado fundamentado en el yihadismo y el conservadurismo islámico más rancio levantado en pleno siglo XXI en Siria e Irak.

Al Baghdadi fue capaz de maniobrar para escindirse de Al Qaeda, de la que fue expulsado, y extender a sus muyahidines de Irak a Siria a pesar de la presión de Estados Unidos y sus aliados en al región hasta proclamar en 2014 un califato con dominio territorial firme y todos los elementos de un protoestado. Todo ello no hubiera sido posible sin la capacidad de mediación, determinación política, nivel religioso y ascendencia noble de Al Baghdadi.

Todo comenzó en Samarra, Irak, donde en 1971 nació Ibrahim Awad Ibrahim al Badri, su auténtico nombre, en el seno de una familia de clase media suní. Su entorno era reconocido por su religiosidad y la tribu a la que pertenece reivindica ser descendiente directa del profeta Mahoma.

Ya desde su infancia Al Baghdadi se dedicó a la recitación del Corán con escrupuloso respeto por la ley islámica hasta el punto de que en un entorno religioso le pusieron el apodo de 'El Creyente' por sus reproches a familiares por incumplir los criterios más exigentes de la 'sharia' o ley islámica.

Así se doctoró en estudios islámicos en la Universidad de Bagdad en 1996 y continuó formándose en estudios coránicos en la capital iraquí, donde residía en el barrio de Tobchi acompañado de sus dos esposas y seis hijos. Allí enseñaba recitación coránica a los niños y jugaba en un equipo de fútbol.

El recurso a las armas

Uno de sus tíos le convenció durante esos años para unirse a Hermanos Musulmanes, una de las organizaciones islámicas más extendidas del mundo, y dentro de la misma poco a poco se fue acercando a las posturas más ultraconservadoras que incluso defendían la violencia hasta que finalmente en 2000 se le podía considerar como yihadista salafista.

La invasión estadounidense de Irak de 2003 provocó que Al Baghdadi colaborara en la fundación del grupo insurgente Yaish Ahl al Sunnah wa al Yamaá (Ejército del Pueblo de la Sunna y la Solidaridad Comunal) y en febrero de 2004 fue detenido por las fuerzas estadounidenses en Faluya y enviado durante diez meses a la prisión de Campo Bucca.

Allí se concentró en la religión, a dar clase a los internos y a los sermones de los viernes. Uno de los internos ha relatado que pese a su seriedad, tenía la capacidad de moverse entre las facciones rivales presentes en la prisión: fieles a Sadam Huseín y yihadistas con los que mantuvo el contacto y la cercanía tras ser liberado.

Tras su excarcelación se puso en contacto con la filial de Al Qaeda en Irak (AQI), liderada por el jordano Abú Musab al Zarqawi, y tras comprobar su alto nivel de conocimientos islámicos, le convencieron para viajar a Damasco para velar que la propaganda de AQI cumplia con los principios más conservadores del Islam.

La muerte de Al Zarqawi en un bombardeo estadounidense en junio de 2006 precipitó la transformación de AQI en el Estado Islámico en Irak, ahora bajo el liderazgo de Abu Ayub al Masri. Al Baghdadi fue escalando posiciones en la nueva organización gracias a su conocimiento islámico y su capacidad para unir a diferentes facciones, principalmente a los extranjeros llegados a combatir por la yihad y los iraquíes, y fue nombrado miembro del Comité de la Sharia, principal órgano asesor del líder del grupo, Abu Omar al Baghdadi.

Más tarde pasó al Comité de Coordinación del Estado Islámico en Irak y tras la muerte del emir del grupo en abril de 2010, Al Baghdadi fue elegido por el Consejo de la Shura como nuevo emir. El objetivo era reconstruir la organización, diezmada por las operaciones de las fuerzas especiales estadounidenses.

Fue en ese momento, en 2011, cuando estalló el conflicto civil en Siria y Baghdadi ordenó a sus fieles en el país la creación de una filial para del Estado Islámico en Irak que más tarde se convertiría en el Frente Al Nusra.

El rápido crecimiento del grupo en Siria se vio pronto condicionado por la división entre quienes querían colaborar con los rebeldes suníes sublevados contra el presidente sirio, Bashar al Assad, liderados por Abú Mohamed al Yulani, y quienes, como Al Baghdadi, aspiraban a imponer un estado propio por la fuerza bruta antes de combatir a Al Assad.

Al Baghdadi reveló en la primavera de 2013 que el Frente Al Nusra era parte del Estado Islámico en Irak y rebautizó a la organización como Estado Islámico en Irak y el Levante. La reacción de Al Qaeda, de la que formalmente seguía dependiendo, no se hizo esperar y el sucesor de Usama bin Laden, Aiman al Zawahiri, ordenó a Al Baghdadi que diera la independencia al Frente Al Nusra, pero éste se negó y en febrero de 2014 Al Zawahiri expulsó al Estado Islámico de Al Qaeda.

La respuesta fue un violento ataque contra el Frente Al Nusra y la consolidación de un territorio plenamente bajo control del Estado Islámico en el este de Siria en el que al fin se impuso la interpretación más estricta de la ley islámica.

Atrocidades sin cuento

Con esta cabeza de playa segura, Al Baghdadi ordenó la expansión hacia Irak y una rápida cadena de victorias permitió a los hombres de Al Baghdadi tomar Mosul, segunda ciudad de Irak, en junio de 2014. El 4 de julio de 2014 Al Baghdadi anunció desde la Gran Mezquita de Al Nuri de Mosul su autoproclamación como califa de todos los musulmanes. "Alá nos ha ordenado luchar contra sus enemigos", proclamó el ahora califa Ibrahim, "comandante de los fieles".

Ese fue el momento de mayor esplendor del ahora conocido sencillamente como Estado Islámico. Desde entonces la ofensiva del Ejército iraquí y de las milicias kurdo-árabes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), ambos apoyados por Estados Unidos, pusieron fin al dominio territorial del Estado Islámico después de meses de penosa ofensiva militar que doblegó a una fuerza militar radicalizada como pocas veces antes se había conocido en los últimos siglos.

En el camino quedan además las atrocidades perpetradas contra minorías religiosas y étnicas en Siria e Irak, esclavismo sexual, atentados en los cinco continentes y secuestros y decapitaciones de ciudadanos de países occidentales.

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