Jueves, 18.04.2019 - 17:11 h

Suiza se enfrenta a su pasado más oscuro

Les hicieron sentirse como basura, las estigmatizaron y encerraron sin juicio previo. Eran, en su mayoría, adolescentes que se habían quedado embarazadas antes de lo que sus padres consideraban honroso. Las mandaron a lo que creían que era un reformatorio. Y se equivocaron. La situación se perpetuó durante décadas el siglo pasado.

Ursula Biondi dio a luz a su bebé en la cárcel de Hindelbank, Suiza

Ursula Biondi tenía 17 años cuando en 1967 entró en la cárcel para mujeres de Hindelbank, cerca de Berna, obligada a trabajar durante largas horas sin ninguna compensación económica y sin saber cuándo la iban a soltar. ¿Su delito? Estaba embarazada."Yo era igual que los jóvenes de hoy en día, lo que quiere decir que era algo que la sociedad suiza de entonces no podía tolerar", explica.

El caso de Biondi no es aislado. Desde 1942 regían en Suiza unas "leyes de moralidad", una serie de normas federales y cantonales que se remontaban hasta mediados del siglo XIX y que comenzaron a ser revocadas en 1981.

Debido a la aplicación de esas normas, más de 10.000 hombres y mujeres en Berna fueron encarcelados sin juicio (solo existen datos de este municipio). Entre sus crímenes: beber demasiado alcohol, ser considerados vagos, tener "moral ligera" o ser una joven embarazada. Durante décadas, personas que como Biondi violaron esas normas y pagaron por ello han permanecido en silencio.

Pero el país alpino acaba de toparse de frente con las historias de estos prisioneros, tras la publicación del libro del periodista Dominique Strebel "Weggesperrt" ("Encerrados"), donde habla de estas "detenciones administrativas", tal y como eran calificadas, y deja entrever que se trataba casi de una práctica eugenésica para apartar a los "inadaptados" de la sociedad.

"Era una sociedad con temor al cambio", afirma Strebel. "Intentaron estrechar la moral conservadora castigando los comportamientos que iban en contra de las convenciones de la época".

La pesadilla de Biondi comenzó cuando estaba embarazada de cinco meses. Sus padres quisieron salvarla del "deshonor" de que su novio la hubiera dejado preñada y pidieron ayuda a las autoridades. Fue detenida "por su propia protección", recuerda, y encarcelada durante más de un año. "Mis padres creyeron que me iban a llevar a un reformatorio, pero Hindelbank no era más que una cárcel financiada por los crédulos", denuncia Biondi, cuyos padres tuvieron que pagar por su estancia en el penal.

De hecho, al Gobierno suizo dichas encarcelaciones le resultaron bastante rentables, escribe Strebel, porque a ese tipo de reclusos no se les ofrecía terapia, educación o formación profesional como forma de reintegrarse en la sociedad.

El punto de inflexión para Biondi fue cuando 10 días después del parto se llevaron a su bebé. "Gritaba constantemente e intenté suicidarme varias veces", recuerda. Tres meses más tarde recuperó a su hijo. Otras no tuvieron tanta suerte. Su compañera de cárcel y amiga Madeleine Ischer, recluida por el mismo motivo, también dio a luz dentro del penal. Han pasado 44 años y todavía no ha localizado a su hijo. Strebel relata en su libro que a otras presas no sólo les quitaron sus hijos, sino que también fueron esterilizadas en contra de su voluntad.

En Hindelbank , quienes estaban bajo detención administrativa eran tratadas exactamente igual que el resto de reclusas, escribe Strebel, y convivían con asesinas y delincuentes violentas. En cierto modo, las reclusas que cumplían condena firme salían mejor paradas que las "detenidas", ya que cobraban por el trabajo que realizaban, sabían cuánto tiempo iban a estar encerradas y tenían derecho a apelar.

Tras su liberación, las cosas no fueron fáciles para Biondi ni el resto de sus compañeras. "Durante 30 años me sentí como basura", dice. Su vida tras la cárcel estuvo marcada por más intentos de suicidio, depresiones, bulimia, soledad y rabia continua. La terapia no le ayudó, dice, y gran parte de las personas a las que les contó su historia no la creyeron.

Biondi se ha casado y ha logrado desarrollar una exitosa carrera como formadora en organizaciones internacionales. Es una excepción. La mayor parte de esos detenidos cayeron en las drogas y en el alcohol, o terminaron en la calle, como explica Christoph Poeschman. Casi todos los prisioneros tuvieron dificultades para encontrar trabajo por sus antecedentes penales.

Poeschman se escapó a los 16 años para dejar atrás una vida como granjero y enrolarse en una escuela naval de Hamburgo. En 1976 fue detenido en la frontera suiza y llevado a la cárcel de Dietisberg.Recientemente la ministra suiza de Justicia, Eveline Widmer-Schlumpf, reconoció que los detenidos por cuestiones de moralidad fueron encarcelados "sin un proceso legal" y pidió perdón por lo que se les había hecho. Un grupo de parlamentarios intenta ahora aprobar una ley que les indemnice económicamente.

"Fue un capítulo oscuro en la historia de Suiza, y tan sólo estamos en el principio del proceso", afirma el parlamentario Paul Rechsteiner, admitiendo que la aprobación de dicha norma no será fácil.Aún así, prisioneros como Gina Rubeli dicen que si bien sus reputaciones se vieron arruinadas y el dinero no lo podrá arreglar, el hecho de que se reconozca públicamente lo ocurrido y que se pida perdón es gratificante.

En 1970 Rubeli se sentía agobiada en su pequeño pueblo y quería irse a vivir a la gran ciudad, tener una carrera, salir con amigos y escuchar a Jimi Hendrix. Sus padres la obligaron a trabajar en una fábrica local y a que se casara. Tras un intento de suicidio, Rubeli terminó encerrada 12 meses en Hindelbank.

"Cuando le decía a la gente que estuve en la cárcel siendo inocente, siempre me respondían: 'todos los prisioneros se creen que son inocentes'".

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