India, sumida en el caos por la corrupción de políticos y ciudadanos

  • Decenas de miles de personas se manifestaron en la India la semana pasada, mientras el activista social Anna Hazare iniciaba su huelga de hambre indefinida contra la corrupción. El gobierno se apresuraba a hallar una solución a sus demandas.
Hazare se recupera en el hospital tras su ayuno, según los médicos
Hazare se recupera en el hospital tras su ayuno, según los médicos
Jason Overdorf, Nueva Delhi (India) | Global Post

Ninguna ley podrá eliminar jamás de raíz la corrupción de la sociedad india. Pero la movilización de las masas en si mismo puede suponer el germen de un amplio cambio cultural que se necesita para lograr lo que no podrá conseguir ningún superpolicía. Es decir: lograr que la corrupción, que siempre ha sido ilegal, también sea socialmente inaceptable.

El gobierno ya había cedido ante las demandas del activista social Anna Hazare, que a través de una huelga de hambre ha conseguido que se prepare una ley anticorrupción y que miembros de su círculo participasen en su redacción, aunque algunas voces objetasen diciendo que se otorgaba así excesiva influencia a "representantes" no elegidos democráticamente.

Pero ahora que los miembros del parlamento ya tienen un borrador de ley para crear una oficina anticorrupción, Hazare vuelve a estar en huelga de hambre porque el gobierno no está dispuesto a otorgar a la legislación poder para investigar al primer ministro o al estamento judicial.

Ambos bandos tienen razón en sus argumentos a la hora de criticar la conocida ya como Ley Ombudsman, el problema no está en el texto de la legislación, sino en la ejecución de la misma.

La corrupción está tan omnipresente que el personal de la oficina del Ombudsman tendría que ser tan grande como la burocracia a la que se supone que debe vigilar para poder a las denuncias que tendrían que procesar. Y no hay muchos indicios que sugieran que la superestructura regulatoria estará mucho más inclinada a la honestidad que los burócratas a los que tendrá que vigilar.

Los políticos, culpables

Con una atmósfera de concierto de rock mezclado con un resurgimiento religioso, el movimiento de Hazare ha animado a la denostada clase media india a implicarse con el sistema político. Pero, por muy cándido que sea su discurso de "nosotros frente a ellos" –que culpa exclusivamente a "los políticos" de la corrupción que corroe al país de cabo a rabo–, la gente de Hazare ha establecido un punto de referencia moral en donde no había ninguno. Y ahí es donde podría encontrarse el inicio de la solución.

La "corrupción" de la que se hablan Hazare y sus seguidores es nebulosa y genérica. No distingue entre el soborno que acepta un policía para pasar por alto una violación de tráfico, el dinero al margen que exige el funcionario de una oficina de pasaportes antes de gestionar unos documentos, o la comisión que paga una compañía a cambio de un contrato gubernamental.

El ciudadano corriente es una víctima impotente de un sistema miserable en el que todo el mundo está corrupto, y a los vilipendiados políticos se les echa la culpa de todos los eslabones de la cadena, como si cada soborno acabase en el bolsillo de un parlamentario.

Cambio de mentalidad

Sin embargo, hay una enorme diferencia entre el soborno que se le exige a un ciudadano que sólo pide algo a lo que tiene derecho, como la comida que asigna el sistema público a las familias por debajo del umbral de pobreza, y el soborno que se paga para saltar puestos en una cola o para librarse de una multa por incumplir la ley.

Si a uno le detienen por un delito de tráfico, el policía cobrará por hacer la vista gorda menos de la mitad del dinero que cuesta pagar la multa oficialmente. Si el inspector de edificabilidad encuentra un error, sobornarle costará el 10% de lo que supondría hacer las cosas siguiendo las normas. Y si uno quiere pagar a un ministro para conseguir una licencia de telecomunicaciones, la comisión supondrá mucho menos dinero del que se ahorrará el solicitante.

Ignorando estas diferencias, Hazare ha conseguido que la habitualmente apática clase media india salga a las calles. Pero tendrá que dejar claro qué es lo que está realmente en juego si quiere que su movimiento de masas logre tener algún impacto.

Aprobar otra ley o crear otro cuerpo regulador será inútil a no ser que Hazare, quien tiene a Gandhi como modelo, logre convencer a sus seguidores de que también imiten a su ídolo. Porque el primer paso para acabar con la corrupción en la India significará esperar en las colas, seguir las reglas y pagar las multas.

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