Lo que Pablo Ibar nos contó en su celda: "Pelearé hasta mi último aliento"

Pablo Ibar
Pablo Ibar

En 2013, Pablo Ibar pasaba sus horas "triste, solo, pensando si los míos se acuerdan de mí", en una celda de tres metros y medio de alto por dos de ancho. Su espera era un camino hacia la muerte. Allí, hundido en un pequeño habitáculo infame en el que apenas podía abrir los brazos sin tocar las paredes, esperaba a ser ejecutado. "¿Cómo puedo seguir aquí? Estoy condenado a muerte por un vídeo borroso", llegó a manifestar con la voz resquebrajada contaba hace poco más de dos años.

En Raiford, Florida, jamás olvidará los peores tormentos que atravesó durante los 15 años estuvo condenado a la pena capital."En el corredor de la muerte he visto cosas que jamás voy a contar a nadie. Ni a mi familia", afirmaba entonces. En ese contexto, llegó a aborrecer a sus compañeros de prisión:"He pasado más de 20 años rodeado de asesinos y violadores", decía años atrás.

No obstante, a pesar de que la situación límite le sobrepasó en decenas de oportunidades, extrajo fuerzas de donde pudo: "Pelearé hasta el último aliento de mi vida", prometía en aquella oportunidad.

Aquella vez, los ojos solo se le iluminaban solo cuando hablaba de su mujer Tanya, su compañera incondicional, quien más de dos décadas después sigue junto a Pablo. "No hay ninguna palabra que pueda explicar la suerte que tengo. Hay muchas personas que están ahí fuera, libres, y que se pasan toda la vida buscando un amor verdadero y no lo encuentran. Yo aquí dentro lo he encontrado. No sé que hice en otra vida para merecer una mujer como ella. Ha dedicado su vida a mi. Me gusta decir que tengo la mejor y la peor suerte a la vez".

Atrás quedarán las escenas cotidianas de Ibar durante tantos años en el corredor de la muerte de Raiford. Por ejemplo, cuando los guardias le daban el desayuno, "pero yo me lo guardo para más tarde, porque a esa hora, con el frescor del amanecer, puedo dormir lo que no he dormido en toda la noche", aseguraba.

"Nos dejan ducharnos tres veces a la semana y cada ducha es de diez minutos. Cuando te quieres dar cuenta, cierran el agua. Sólo sale de la celda dos horas al día. Aprovecho para pasear o hacer pesas. Después, de nuevo adentro. En la celda hago flexiones, boxeo contra el colchón... el deporte es una terapia no sólo física, sino mental", contaba Pablo entonces.

Su salud mental estuvo al límite en un sinfín de ocasiones. En 2013, Ibar afirmaba que "hay que hacer de todo para no pensar, para estar distraído, si no, pierdes la salud mental. Casi todos aquí la han perdido. Nadie está sano. El apoyo de mi gente es más importante de lo que ellos jamás podrán imaginar".

Entre las peores cosas que le tocó vivir en el corredor de la muerte, hay una crucial: los días que había ejecuciones de reclusos. "Nadie habla. Se puede sentir en el aire que ese día es diferente. Porque mañana te puede tocar a ti. No te avisan, abren tu celda y te llevan a tu final. El preso pasa por delante de tu jaula escoltado por ocho guardias. Va pálido, con los ojos idos y nada rompe el silencio del momento. Esto es un doble castigo: uno, estar metido en una celda de dos por tres metros durante 20 años, y otro, que te quieran matar. No desearía esto ni a mi peor enemigo", manifestaba Ibar.

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