Solidarios en acción: Formación en higiene y alimentación contra las enfermedades a los pies de los Andes

  • Los voluntarios de la organización Mades llevan cinco años desplazándose hasta la pequeña localidad de Saltur, en Perú, para ayudar a la formación académica y profesional de la región. Además, un comedor que estaba gestionado por las madres del pueblo fue el punto de partida para otro plan que desde 2005 intenta mejorar los hábitos alimentarios e higiénicos de toda la población.
V. Navarro

La vida en Saltur, un pequeño pueblo a las faldas de la cordillera Andina en la región del Lambayeque, al norte de Perú, comienza muy temprano, entre las tres y las cuatro de la madrugada. A esa hora, el hombre se levanta y se prepara para ir a trabajar en el cultivo de la caña de azúcar y su mujer le acompaña para prepararle el desayuno en casa.

Las señoras Filomena Fernández y Felícita Chero también madrugan. Llevan a sus hijos a la escuela y mantienen su casa, pero desde hace varios años también ayudan a otras familias a mantenerse con su trabajo en el comedor social de esta pequeña población de Lambayeque que la Organización Mades ayuda a gestionar desde su centro en Saltur.Higiene y coordinación

Hace cinco años, Filomena y Felícita acudían a un comedor maternoinfantil subvencionado por el Gobierno peruano. Junto a otras madres, se organizaban para ofrecer 80 raciones diarias con los recursos que enviaba el Proyecto Nacional de Asistencia Alimentaria (PRONAA). Joaquín Salvador, fundador de la ONG de voluntarios Mades y director del proyecto en Perú, cuenta que “estaban bien organizadas”, pero hacían falta mejoras.

“La cocina eran unas esteras en la calle, con leña; los animales y los niños al lado con la arena del suelo manchando la comida", explica Joaquín Salvador. “Tan pronto estaban limpiando a un niño, como metiendo la mano en la comida del día”.

En 2004, Mades comenzó a construir un centro de formación en Saltur con este comedor como punto de partida. “Cuando llegamos allí”, dice Salvador, “dejamos claro que esto iba a funcionar si ellos querían que funcionase. Nuestra idea no es hacer nosotros todo, sino involucrar al pueblo”. Por eso buscaron grupos en Chiclayo, una ciudad cercana, para que dieran charlas sobre cómo actuar en la cocina.

Según cuenta Joaquín Salvador, “al principio entraban sin limpiarse, sin gorro, sin delantal, sin lavarse las manos, con los niños y los animales. La situación ahora ha mejorado mucho”. Pero la señora Felícita cuenta que lo más difícil fue “aprender a estar con varias madres y socializar con ellas” y “sacar cuentas diariamente y mensualmente y dar el balance económico a la junta directiva”, ya que ella es la tesorera del comedor. Filomena también asegura que le costó mucho “aprender a ser responsable, porque en este comedor hay muchas normas que cumplir”.

La organización se ocupó de que las madres cocineras elaboraran sus propios estatutos, que marcaran unas normas de higiene y se organizaran en una junta directiva. Ahora la ONG vigila que esto se respete. Hoy, unas 20 familias acuden cada mañana al comedor para pedir los boletos que al mediodía cambiarán por raciones de comida.

Sin agua corriente ni desagües

Saltur ha crecido considerablemente en los últimos años. Según explican desde Mades, en el pueblo viven hoy unas 4.500 personas,en casas de adobe y ladrillo en los mejores casos, y viviendas de estera, caña, barro y adobe en las construcciones más recientes, sin agua corriente ni desagües.

En los últimos dos años, esta formación se ha extendido del comedor a las casas. Un grupo organizado por Mades recorre Saltur puerta por puerta, estudia la situación de cada vivienda, y explica cómo mejorar la higiene y la salud en el hogar.

También ofrece charlas sobre alimentación. Salvador cuenta que diarreas y otras enfermedades “están a la orden del día y no les dan importancia, pero tienen su origen en el agua que toman y en la mala alimentación”. La mirada puesta en el futuro

Las señoras Filomena y Felícita quieren que Mades siga creciendo por el bien del poblado, ya que además del comedor proporciona ayuda académica, talleres formativos y asistencia jurídica, psicológica y médica al poblado. La organización también les permite dedicarle algo de tiempo al ocio: Felícita juega al voleibol con otras madres, mientras que Filomena asiste por las tardes a un taller de danzas.

Pero estas dos mujeres también saben que quedan problemas por solucionar en este poblado de Perú, en el que las familias viven del salario de los hombres en la empresa de caña de azúcar y de lo que sacan de sus cultivos y sus animales. El crecimiento económico es una tarea harto complicada, cuentan. “Los trabajadores se van a las 4 de la madrugada y regresan a las 2 o las 3 de la tarde. Algunos tienen ganado, otros siembran, pero otros se dedican a tomar licor”, explica la señora Felícita.

“Hay muchos niños con problemas de aprendizaje, hay muchas madres abandonadas y también maltratadas, y los trabajadores están pasando momentos muy difíciles por abuso en el trabajo”, cuenta Filomena Fernández.

Las dos piden que llegue el agua corriente a las casas, y el asfalto y los desagües a las calles, pero también se preocupan por el alcoholismo, la delincuencia y la drogadicción. Miran hacia los niños y hacia los planes de educación de Mades, que con el trabajo de sus voluntarios ha llevado a Saltur la idea de que esta situación puede cambiar.

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