Martes, 31.03.2020 - 22:33 h

El día que León quiso separarse de papá

Quién nos lo iba a decir: está el país empantanado con la investidura de Pedro Sánchez, la negociación a marchas forzadas con ERC -que parece concretarse- y con Cataluña como una olla a presión y a punto de estallar por el independentismo y van los leoneses (algunos) y le dan un meneo al tablero del ajedrez político para tratar de segregar León, Zamora y Salamanca de la comunidad autónoma de Castilla y León.

Las patas del plan aprobado por el alcalde socialista del Ayuntamiento de León, José Antonio Díez Díaz, de acuerdo con Unidas Podemos y la Unión del Pueblo Leonés (UPL) son cortas. También parece limitado el respaldo que ha encontrado la propuesta presentada por los leonesistas y que también ha sido refrendada por algunos municipios de la región, entre ellos el pueblo del que es originario el padre del líder del PP, Pablo Casado. Allí, en Matadeón de los Oteros, el edil popular se ha sumado al plan segregacionista. Con todo, la iniciativa ha hecho ruido, que siempre da dolor de cabeza.

En el Partido Popular están moscas con el órdago para lograr un ‘León sin Castilla’, aunque cuando llegue a las Cortes de Valladolid el gobierno de Alfonso Fernández Mañueco -salmantino, para más inri- se dará por enterado y a otra cosa, mariposa. Ese parece que podría ser el escenario más probable. De ese modo, la Región Leonesa difícilmente logrará respaldo suficiente en la Cámara como para empezar a cortar amarras. También la medida será trasladada al Congreso de los Diputados.

Lo llamativo del movimiento segregacionista no es el hecho en sí -ya que hay desde antaño un sentimiento al respecto en parte de su población- sino la persona que le ha dado carta de validez, que no es otra que el primer edil de la ciudad, socialista para más señas. Díez gobierna con el respaldo de los concejales de UPL y del de Unidas Podemos, habiendo quedado en la oposición PP y Cs. En cualquier caso, las declaraciones del alcalde, que asegura que los leoneses no se sienten parte de la comunidad autónoma, no dejan de inquietar. El PSOE regional ha mostrado su desaprobación y, en las Cortes, cuando sea menester, habrá de revelar si está a favor o en contra de una hipotética ruptura de León con Castilla.

En el PSOE ya no saben cómo poner cara de ‘aquí no pasa nada’, Justo en el momento en el que representantes del partido del legendario Pablo Iglesias (no el morado) se esfuerzan por apalancar a Pedro Sánchez a la poltrona monclovita a costa de vender su alma al diablo. La segregación propuesta de León, Salamanca y Zamora nada tiene que ver, ni en el fondo ni en la forma, con lo que está pasando en Cataluña, donde se llevó a cabo un referéndum imposible y donde se impuso el criterio de una parte a la del resto de la población enarbolando la bandera de la independencia del Estado. Las consecuencias han sido terribles: enfrentamientos en las calles, disputas en el Parlament, políticos en prisión tras ser condenados por graves delitos, empresas que abandonan el territorio catalán por la incertidumbre, consecuencias económicas... Hoy, en Cataluña se vive en cierta forma para el conflicto, ya se sea parte o víctima del mismo. Ni el fútbol escapa a la asfixia.

Derecho y oportunidad

León en poco se parece a Valladolid, a Burgos, a Palencia, a Soria... y así hasta nueve provincias que conforman Castilla y León como autonomía española. Esa diferencia es, a la postre, el elemento enriquecedor de un cóctel de esta naturaleza. Sería ridículo pensar que la proximidad geográfica sería el pegamento para la diversidad. La denominada Región Leonesa tiene su derecho, cómo no, a intentar conseguir el estatus al que aspira, siempre dentro de la legalidad y el diálogo. En ello está, aunque sorprenda la oportunidad del momento escogido para salir a escena.

Cierto es también que la rivalidad entre provincias en la región es el pan nuestro de cada día. León, Valladolid y Burgos disponen de aeropuertos con una baja ocupación pero (para algunos) imprescindibles para el equilibrio regional. Si hay pocos pasajeros, se fomentan acuerdos con aerolíneas... la cuestión es lucir palmito. La sensatez hace tiempo que debería haber llevado a poner freno a dominar el aire, pero ni leoneses ni burgaleses ni vallisoletanos darán su brazo a torcer por las buenas. A León no deja de atragantársele que Valladolid sea la niña mimada y donde se cuecen todos los cocidos de la autonomía, salvo el maragato. Y tiene sus diferencias con Burgos. Y entre las tres provincias, tanto monta monta tanto.

La ‘y’, la conjunción copulativa que enlaza Castilla con León ya habla un poco de la diferencia marcada en la transición por los legisladores, que separaron términos para calmar las aguas. León ha protestado siempre, a veces con razón sobrada. Lo hizo con el AVE, que trajo viento fresco en un inicio hasta Valladolid pero que frenó sus vías hasta hace bien poco. Pero, si fuera por quejas, habría que hacer un hueco especial y darle el ‘Goya de honor’ a Soria, perdida de la mano del Estado en no pocos asuntos.

Una parte de León tiene, además, su particularidad laboral. En las cuencas mineras de la provincia, al igual que sucede en las asturianas y en otras zonas de España, los picadores escudriñan las últimas carretillas de negro mineral, en espera de que el soplido de la modernidad, la defensa ambiental y el rechazo al consumo contaminante se lleven por delante un pellizco más del empleo.

Castilla y León es algo tan difícil de entender como ser uno en nueve, o al revés -igual pasa en Andalucía, por ejemplo-. No se han citado aquí Ávila, Segovia y Palencia, que también tienen lo suyo: los segovianos (algunos) intentaron ser una región independiente cuando se armó el mapa autonómico al principio de la Transición española. Lo de León quedará probablemente en una anécdota que ha puesto en el mapa a algunos políticos. En caso contrario, y si el asunto fuera un éxito, donde caben 17 comunidades autónomas caben 18

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