Sábado, 17.11.2018 - 17:06 h
¿Qué sucedió en la semana, eh?
Profesor, abogado y consultor

¿Qué hacemos con los abuelos?

Cuando era pequeño, leí un famoso cuento que me impresionó mucho, sobre un abuelo, ya viudo, que vivía con su hijo, la mujer de éste y el hijo de ambos, hasta que la nuera convenció a su marido de que ya no podían tenerlo más en casa y que debía marcharse.

El padre habló con el abuelo y éste aceptó irse. Tan sólo le pidió que le diera una manta para resguardarse del frío. Entonces el padre llamó a su hijo y le dijo que trajera la mejor manta que tenían. Pero el hijo, que adoraba a su abuelo, partió la manta y le dio una mitad.

Cuando el padre le preguntó a su hijo por qué había hecho eso, él le contestó que la otra mitad de la manta quería guardarla para dársela a él cuando fuera mayor y le echara de casa. Ante lo cual, el padre se dio cuenta de su error, pidió perdón al abuelo y le rogó que se quedara.

Este terrible cuento parece que proviene de la tradición oral medieval española y está recogido en el “Libro de los exemplos por a. b. c.” (por orden alfabético) del siglo XV. Es un cuento del que se han escrito muchas versiones, incluso por los mismísimos hermanos Grimm.

Me he acordado estos días del cuento a propósito del debate de las pensiones y de dos terribles noticias que son más terribles que el terrible cuento, porque no son historias ejemplarizantes, con una moraleja que intenta transmitir valores y un final feliz, sino la triste realidad.

Hospitales y cárceles

La primera noticia, de Octavio Toledo, dice que “la sala de Urgencias del Hospital General de La Palma se ha convertido en un lugar utilizado por familiares que abandonan a sus mayores cuando les resultan un estorbo en casa. Allí los dejan para no volver a por ellos”.

Parece que no solo ocurre allí, sino en todos los hospitales de España y que no se puede hacer gran cosa desde el punto de vista legal, porque la figura del delito de abandono no está muy bien regulada y la salud del anciano no está en peligro, porque está bien atendido en un hospital.

Lo más sangrante es que, en ocasiones, los familiares que los han abandonado han obtenido la declaración de incapacidad y se quedan su piso y su pensión, mientras las administraciones (es decir, los contribuyentes) afrontamos el coste del hospital o de la residencia.

La segunda noticia, que ha salido estos días en varios medios escritos e, incluso, en televisión, cuenta que “crece el número de ancianos japoneses que cometen delitos para ser encarcelados”, porque es la única manera de tener cubiertas sus necesidades básicas y de no estar solos.

Parece que “Japón es el tercer país del mundo con la población más envejecida. El 27% de los ciudadanos supera los 65 años”. Y que “en las últimas dos décadas se han multiplicado por cuatro” el número de ancianos que cometen pequeños hurtos para poder ir a la cárcel.

¿Éste es el futuro que nos espera?

Se supone que ‘jubilación’ viene de ‘júbilo’, regocijo (por la satisfacción del que ya no ha de trabajar), pero la situación del sistema de pensiones, el incremento de la expectativa de vida y la falta de propuestas urbanísticas y sociales, hacen que el panorama no sea muy halagüeño.

Algunos políticos empiezan a contar los votos de los jubilados que han salido a la calle para protestar, no sólo por el insuficiente incremento de sus pensiones, por debajo del IPC, sino por la falta de respeto que supuso la carta que recibieron en sus casas, anunciando un aumento del 0,25%.

Por otra parte, no se trata sólo de las personas que están jubiladas actualmente, sino de las que lo estaremos en un futuro (cada vez más lejano) y no vemos muy claro cómo vamos a vivir entonces. No me refiero sólo a la cuantía de la pensión, sino a la vivienda, la atención, etc.

No sé si, como dicen algunos, la solución pasa por crear un partido al estilo de los ‘panteras grises’, que ya se presentó (con poco éxito) a algunas elecciones. O por crear una sección de “Viejas Generaciones” o “Senectudes” dentro de los partidos tradicionales (y también de los emergentes).

Pero yo, por si acaso, aparte de seguir cotizando a la seguridad social y hacerme un plan de pensión complementario, he empezado a planear el atraco a un banco para así poder ir a la cárcel antes de que mis hijos o nietos me dejen abandonado en la sala de urgencias de un hospital, con media manta.

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