Martes, 19.03.2019 - 07:56 h
Telediaria

De 'El tiempo es oro' a 'Boom': los concursos y la búsqueda de un buen golpe de efecto icónico

El Tiempo es Oro llegó en 1987 a La 2 como un concurso cultural que, a simple vista, no era apto para millonarias audiencias. La mecánica consistía en poner a los concursantes a intentar resolver preguntas con ayuda de una biblioteca de enciclopedias y con la cuenta atrás de un cronómetro como insaciable enemigo. El gran Constantino Romero, siempre vistiendo una llamativa pajarita, presentó este formato que fascinó a Pilar Miró, que entonces era directora general de RTVE.

El Tiempo es Oro, TVE
El tiempo no puede esperar.

Miró, con una visión televisiva pasmosa, ya había tomado la arriesgada decisión de cambiar el horario de Un, dos, tres de su tradicional y familiar noche de los viernes a el prime time de los lunes. El movimiento táctico pilló por sorpresa y levantó críticas. No fue entendido. Algunos incluso sentenciaron que la nueva ubicación supondría el fin del concurso de Chicho Ibáñez Serrador. Pero, por supuesto, se equivocaban. Miró movió al concurso estandarte de la cadena porque en los lunes había mayor consumo televisivo y el programa iba a generar una mejor inversión publicitaria. El Un, dos, tres siguió brillando y TVE empezaba a sentar las bases de los lunes como día en el que colocar formatos bien competitivos.

Lo mismo hizo la lúcida directora del viejo ente con El Tiempo es Oro. Miró empujó a este concurso enciclopédico de La 2 a la primera cadena. La realizadora y directora osó en llevar un juego cultural a la primera división televisiva de los domingos. De nuevo, acertó. El Tiempo es Oro se convirtió en un fenómeno de audiencias. Un formato cultural podía destacar en La 1, s0bre todo si se desarrolla sobre una idea poderosa y con un concepto bien desarrollado. Como era el caso.

Tres décadas después, esa noche de lunes en la que Miró lanzó el Un, dos, tres sigue como uno de los prime times más decisivos de las cadenas. Tres décadas después, El Tiempo es Oro probablemente sigue siendo un buen formato televisivo. Este concurso es apto para su recuperación porque, en la actualidad, su premisa es más poderosa que nunca: buscar en una enciclopedia es un arte marciano y enfrentar a un concursante a la tensión de resolver una prueba a través de pistas escondidas en una biblioteca de libros puede ser, tal vez, un golpe de efecto inaudito en la tecnológica e interactiva tele de hoy.

Porque hoy no basta con una pregunta entretenida y una respuesta avispada, los concursos culturales de la tele necesitan un golpe de efecto contundente que diferencie su sello del resto. Así vemos a concursantes que se caen por las trampillas (Ahora Caigo), bombas que explotan si cortan el cable incorrecto (Boom), dinero que cae hacia el vacío (Atrapa el millón) y hasta cajas fuertes que se estampan encima de la cabeza de los concursantes -Crush, la caja que te aplasta). Todos los concursos cuentan con un elemento que busca atrapar el asombro del público, también Pasapalabra con su carismático Rosco, una prueba identitaria que sirve de infalible colofón y que también es un tenso golpe de efecto.

Y es que vivimos en la era en la que los concursos no intentan la pregunta más difícil, prefieren la espontaneidad que logra despertar la curiosidad del público con ayuda de la tensión de los rimbombantes trucos del espectáculo, donde hay concursantes que caen al vacío o bombas que pringan de líquidos teñidos de fosforito, donde los concursantes ya no sólo juegan se convierten en personajes que el espectador conoce con sus filias y fobias. Así es el showbusiness, sufrido.

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