Viernes, 29.05.2020 - 16:22 h
Telediaria

Buenafuente y el ingenio del cómico cuando el late night se quedó sin la carcajada del público

Adaptarse. Es una palabra que siempre es clave. También en televisión. Al final, la mejor televisión es como un guante flexible que se acopla elásticamente a las necesidades de la mano. Pero para amoldarse a las circunstancias es necesario ser rápido o llegarás el último. 'Late Motiv' de Movistar Plus y El Terrat fue uno de los primeros programas que supo reinventarse antes incluso de ver el calado de la crisis sanitaria que ya estaba presente en la calle.

Cuando se tomó la precaución de vaciar los platós de público, el formato de Buenafuente entendió que eso cambiaba el contexto de late night y se debía adecuar el formato a los matices de la realidad. Porque un late night sin risas y sin aplausos no es un late night al uso. Así que desapareció el telón bicolor, se apagó la gran pantalla de leds que enfoca a Benidorm y se simuló un búnker más íntimo. Como los días que planeaban.

Tal idea sólo duró dos emisiones. Porque, a las 48 horas, se decretó el Estado de Alarma. Había que quedarse en casa. Y Buenafuente también decidió quedarse en su hogar. Nueva vuelta de tuerca al late night, pionera a nivel internacional. En vez de cancelar o forzar la continuidad en plató, se aprovecha la tecnología existente para realizar un programa a distancia. Y, después, muchos otros espacios empezaron a realizarse a distancia. No quedaba otra.

Pero la diferencia es que 'Late Motiv' ha ido creciendo al mismo compás de la evolución de los sentimientos de su propio espectador, también en casa. No se ha quedado en el regodeo del testimonio sobre el virus y ha ido avanzando en una hábil capacidad para saber mirar y profundizar en las realidades cotidianas que nos unen en estos días de lejanías.

Un espacio televisivo que sólo lo puede hacer alguien que se ha curtido en muchas horas de radio. Mezcla lo mejor de la proximidad de esa empática radio que sabe escuchar con la conectividad de la indiscreta televisión de la multipantalla. Mezcla lo mejor de la curiosidad de Andreu más allá de 'Buenafuente' con una realización visual que remedia con gusto estético las carencias de las interferencias de las conexiones online.

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De hecho, el programa se estructura con un grafismo creado para la ocasión desde la propia careta de arranque hasta las ventanas que emiten señales de emisión que, al estilo de una videoconferencia, disimulan la irregular calidad de imagen de las webcams de los entrevistados o colaboradores. Nada de pantallas completas, el diseño armoniza un pelín la experiencia de visionado de un show en el que lo importante es compartir sensaciones para, juntos, hacer el recorrido más llevadero. 

Objetivo conseguido. Qué fácil es sentirse identificado con aquellos con los que conecta Buenafuente. No somos tan diferentes como creemos. Hasta nos sentimos reconocimos con los más surrealistas. Porque tampoco somos tan corrientes como pensamos. Raúl Cimas y sus pájaros, Berto Romero y su psicología, Pedro Almodóvar reflexionando sobre la soledad del director mientras en la estantería del fondo uno de sus Oscar sirve como aguantalibros, Eva Soriano enganchando al personal con la narración de la convivencia con su ex durante el confinamiento, Pere Aznar creando una telecomedia de la limpieza a fondo de su hogar, Silvia Abril y Joana improvisando un espectáculo circense, Andreu Buenafuente sonriendo... Como su público. Esa sonrisa que provoca la comedia elegante, la del payaso de siempre. Esa sonrisa que nos pilla por sorpresa cuando menos lo esperamos y nos descubre que las mejores ilusiones pueden ser las que fluyen en las migas de la sencillez que deja y dejará el día a día.  Y con esas grandes ilusiones que nacen de lo cotidiano, por cierto, también se hacen los mejores programas de televisión.

Busca el Oscar que aguanta los libros de Almodóvar.
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Todos los artículos sobre televisión siempre se resumirán en una línea: la televisión trascendente es la que retrata cómo somos. Y, normalmente, este cenit sólo lo crean aquellos que tienen la generosidad, ironía, intuición y naturalidad para compartir su curiosidad terrenal con sus espectadores. Alcanzar esta meta no es tan fácil como parece. Buenafuente lo está logrando. Su late night no tiene el bullicio de las carcajadas y los aplausos en estos días, pero abraza la reconfortante risa de la complicidad. Eso, al fin y al cabo, es la mejor comedia.

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