Lunes, 15.07.2019 - 22:57 h
Telediaria

Por qué 'El Gran Juego de la Oca' fracasaría en la televisión de hoy

La generación de nacidos en los años ochenta recuerdan con especial cariño el primer 'Gran Juego de la Oca' que importaron Emilio Aragón y Daniel Écija a España directamente de Italia. En total, la mitificada primera temporada de este concurso estuvo compuesta por 34 programas, con 32 ganadores, 4 semifinales y una brutal final de temporada. También se hicieron varios especiales con famosos, como el de Nochevieja. 

Un espacio redondo por su espectacularidad que, sin embargo, tras la marcha de Emilio Aragón de Antena 3 a Telecinco se intentó reproducir en varias ocasiones, tanto en Antena 3 (1993 a 1995) como Telecinco (1998), sin cosechar el éxito esperado.

De hecho, 'El nuevo Juego de la Oca' desapareció abruptamente de Telecinco. La cadena priorizó otros proyectos. El formato ya no era el fenómeno social que logró en la etapa de Aragón. Había intentado reinventándose potenciando su espectacularidad pero, al final, le faltaba algo más importante: la espontaneidad.

Por eso mismo, si regresara hoy mismo 'El Gran Juego de la Oca' a la televisión, eso que tantos nostálgicos piden, sería un fracaso. Ya que las mecánicas televisivas imperantes priorizarían un montaje muy editado en el que, en muchas ocasiones, se confunde ritmo con prisa.

El fervor por el primer 'Gran Juego de la Oca' de Emilio Aragón surgió porque lo prioritario era crear un ambiente de familia desenfadada.  Esa atmósfera es crucial y, en cambio, no hay tiempo para cuidarla en la televisión que se hace como una factoría en cadena.

En el buen concurso, las pruebas terminan siendo la excusa. Lo decisivo es enfocar bien la naturalidad imprevisible del elenco de personajes. Principales y secundarios. El recordado 'Juego de la Oca' tenía claro que lo fundamental era construir ese vínculo entre protagonistas del show con el espectador. ¿Cómo se lograba? Perfilando bien la personalidad de cada participante en el show: presentadores, actores -todos con un personaje claro-, bailarinas y, por supuesto, concursantes.  Hasta el espectador contaba con tiempo para conocer a algunos miembros del equipo técnico. 

Y, aunque el programa era grabado por la complicación que requería montar y desmontar las pruebas, la emisión se presentaba al espectador como si se tratara de un riguroso directo. Si se caía Lydia Bosch y se pringaba de barro, se dejaba. No se cortaba la escena y se repetía. En eso Aragón y Éciga eran maestros: mostraban la trastienda del programa con una astucia que impregnaba de energía de directo de un formato que era grabado. También cuidaban las apoteósis que crean puntos álgidos en la emisión: como la pegadiza sintonía -que no siempre entraba al comienzo- o el desenlace con la fuerza de un primer plano emocional del ganador o de una invitada estelar, como Concha Velasco mandando un beso a cámara.

Porque los grandes concursos tienen que transmitir directo aunque no lo sean. Porque los grandes concursos se sustentan más en la física y química de los protagonistas del show que en la rimbombancia de las pruebas, que son solo la excusa para que avancen las tramas entre los personajes. Y para encajar todas estas piezas hay que dejar fluir el desparpajo sin el estrés de ir con prisa por miedo a que el espectador cambie de canal. Así no se favorece la complicidad. Así no transmite cercanía la propuesta. Es lo que pasó en los retornos de 'El Gran Juego de la Oca' con un más serio Pepe Navarro o un más guionizado Andrés Caparrós.

Un formato que fracasaría hoy si se reinventara, pues se intentaría inyectar espectacularidad sin pararse a potenciar la familiaridad que lo hace diferente y genuino. A no ser que lo presentara David Broncano, que entonces lo llevaría a su terreno y descolocaría al personal. Porque el primer 'Gran Juego de la Oca'  marcó a generaciones porque no tenía complejos para ser tan maliciosamente travieso como el espectador.

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