Jueves, 20.06.2019 - 11:42 h
Telediaria

El funeral en vida de Javier Sardá: el último golpe de efecto televisivo

La productora La Coproductora ha instalado en Movistar Plus 'El cielo puede esperar'. Se trata de un programa que simula el funeral de personalidades relevantes. Leyva, Ana Belén, Arturo Valls o, esta noche, Javier Sardá han sido los primeros en someterse a esta simulación de muerte como excusa para realizar un homenaje y que lo puedan ver... vivos.

Tratar la muerte en televisión siempre da 'yuyu' y puede provocar cierta incomodidad en el espectador. El as en la manga para que esto no pase en la premisa de 'El cielo puede esperar' está en el humor. El show es un espacio pretendidamente de comedia, que intenta realizar un homenaje a 'ilustres fallecidos' reuniendo en una especie de capilla a sus amigos más vips. Hay discursos, hay actuaciones musicales y hay mucha mordacidad de guion. Porque se nota que hasta los invitados tienen guion. Y lo interpretan a su manera. 

De hecho, en guion el programa aprueba con nota, pues está muy bien estructurado: equilibra el recorrido por lo que diferencia al invitado con ayuda de pullas de sus familiares y amigos. Desde una especie de limbo o sala de espera inmaculada, el protagonista observa todo lo que se comenta de él. Todo, bueno y malo. Así, 'El cielo puede esperar' juega muy bien el vaivén de planos de reacción como la expresividad ante el percal del supuesto fallecido y los asistentes a su funeral.

Pero el resultado ha quedado raro, sin ser nada malo ser raro. Lo que se preveía como un show de humor que relativiza la muerte, se ha torcido en un viaje emocional justo en el límite para resultar incómodo al espectador durante el visionado. Lo que supone un problema.

Al final, el formato recuerda demasiado al 'Roast' de Paramount Comedy, un mítico espacio estadounidense de comedia en el que un grupo de amigos se reúne para criticar en público y a través de monólogos al protagonista del show. 'El Cielo puede esperar' ha dado un paso más allá, con la todopoderosa premisa de la muerte. Un aplauso para este riesgo.

El programa está bien escrito, con un buen desarrollo de la trama -primero un gag figurando una muerte absurda del  convidado, después una buena  celebración del funeral con apariciones estelares que sorprenden al invitado y el desenlace -con final feliz de resurrección para no dejar mal rollo-, pero le falta un hilo conductor que organice y marque más el tono emocionalmente irónico que defiende el programa. Porque, por momentos, parece un silencioso funeral de verdad que no  tiene ninguna gracia. Y eso descoloca el visionado. Porque aún no estamos preparados para enterrarnos vivos.

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