Miércoles, 22.05.2019 - 09:24 h
Telediaria

El galimatías del debate televisivo, el error de Sánchez y el anacronismo de la Junta Electoral

España no tiene cultura del debate televisivo. No está legislado e históricamente los partidos políticos utilizan la organización de los debates electorales como arma de su táctica electoral.

Hubo un primer intento de debate, sin primeros espadas, en 'La Clave' de 1982, bajo el título de '¿Para quién los votos?', pero no fue hasta 1993 cuando se produjo el primer gran cara a cara en España entre Felipe González y José María Aznar. Fue en una cadena privada, Antena 3 -una semana después se realizó otro encuentro en Telecinco-. La cita no estuvo exenta de polémicas. Los equipos de asesores se lo ponían difícil al periodismo, pues había demasiados protocolos a seguir. Empezando por la obligación de sustituir atriles por sillas con mesas, que impuso el PP para disimular la estatura de Aznar.

Pasaron 15 años hasta que se organizó otro debate. Aunque, desde entonces, los debates electorales siempre estuvieron muy atados a cronómetros y temas pactados de antemano. Más que a debatir, los políticos acudían con monólogos prefabricados en los que lanzar pullas al adversario e intentar sugestionar con proclamas de teletienda al espectador. Por suerte, este ecosistema mutó en 2015 cuando Atresmedia organizó el denominado 'Debate Decisivo', moderado por Vicente Vallés y Ana Pastor. Fue el encuentro en el que se incorporó a los candidatos de Podemos y Ciudadanos.

España dejaba de ser un país bipartidista y la televisión también había avanzado. El espectador demandaba un encuentro más periodístico y más televisivo. Eso es más imprevisible, en el que la cadena cuenta con derecho a preguntas incisivas y repreguntas que no están sujetas a guion pactado. También con libertad en realización, incorporando planos de reacción de contrincantes. Sentó precedente. La Academia de la televisión también cambió -un poco- la estructura de sus posteriores debates, organizando en 2016 un debate a cuatro creado para que fuera emitido todos los grupos de comunicación y que estuvo presentado por un representante de cada corporación televisiva, Ana Blanco, Vicente Vallés y Pedro Piqueras.

Hace unas semanas, con la convocatoria de nuevas elecciones, Atresmedia volvió a realizar una propuesta y, de paso, intentar evolucionar su propio modelo, de estilo anglosajón, que instauró en el debate de 2015. De nuevo, Vallés y Pastor al frente y la incorporación de Vox al foro entre PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos. Periodísticamente y televisivamente la presencia de VOX es lo que otorgaba un interés extra al debate, pues no se ha visto a Santiago Abascal debatir y defender su proyecto delante de sus adversarios y tampoco delante de periodistas incisivos en prime time. Porque Bertín no es ni periodista, ni incisivo.

La participación de VOX venía bien a Pedro Sánchez, ya que moviliza su electorado. Pero las reglas por las que se rige la Junta Electoral Central tumbaron este encuentro y, por consiguiente, descolocaron el tablero de juego.

La JEC considera que por "el principio de proporcionalidad" las formaciones que lograron menos votos no pueden tener mayor presencia que aquellas formaciones que tuvieron mejores resultados. Vox, con un 0,2 por ciento en los últimos comicios nacionales, no puede estar en un debate al que no acuden otros partidos con mayor representación.

Pero la exclusión de Vox es perfecta para Vox. Doble victoria: al quedarse fuera de la contienda esta formación se puede hacer la víctima con 'nos silencian' y, además, no sufre el desgaste de quedar en evidencia ante rivales y periodistas en la tensión de un prime time en directo en el que Abascal no tiene nada de experiencia.

Al mismo tiempo, mientras se caía Vox del debate a cinco en Atresmedia, RTVE demandaba la responsabilidad de que también se debatiera en la radiotelevisión pública. Trabajadores de Radio Televisión Española solicitaban que los líderes políticos acudieran a la televisión de todos y veían incongruente que Pedro Sánchez se alzara como defensor de RTVE pero, a la hora de la verdad, fuera a una privada a debatir.

Al final, Sánchez cambió de idea, declinó la posibilidad de Atresmedia y optó por RTVE. Aparentemente esta decisión es tomada tras las críticas por no aceptar desde un primer momento la proposición de RTVE.

Pero sin Vox, quizá, el debate a lo anglosajón de Atresmedia a Sánchez no le venía tan bien en su táctica electoral de exposición televisiva y prefería acudir a TVE donde los debates se han planteado por tiempos y no a un  modelo de preguntas e imprevisibles repreguntas. Los dos sistemas son válidos e interesantes pero, a priori, la apuesta del moderador que reparte tiempos cuenta con menos desgaste para Sánchez. 

Pero la polémica del debate ya es una partida de ajedrez y los otros partidos tampoco se lo van a poner fácil. Aunque los cuatro partidos defienden un encuentro en la televisión pública, ahora, todas las formaciones dicen que el 23 irán al de Atresmedia. Todas, menos el propio Sánchez que quiere asistir el 23 a TVE.

Y Rosa María Mateo, administradora única temporal de RTVE,  ha permitido que RTVE pueda pasar tal cita al 23, pues la propuesta para debatir de TVE en un primer momento era el día 22. Lo que ha enquistado más la polémica, plasmando una percepción de cadena sometida al control político que RTVE estaba superando. En este sentido, RTVE proyectó una imagen de independencia del poder en el propio debate a seis del pasado martes cuando el propio moderador Xabier Fortes tiró de las orejas a Sánchez y demandó que asistiera a un debate en la cadena pública.  Nadie imaginaba todo lo que iba a pasar después.

Sánchez sólo tiene una salida, que se produzcan dos debates: el lunes 22 y el martes 23. Pero Sánchez sólo quiere un debate, como ha evidenciado en la entrevista que le ha realizado Julia Otero este jueves en 'Julia en la Onda' (en la imagen de arriba). Pero se ha atascado en el error de una argumentación contradictoria en la entrevista -defiende el debate, pero no da flexibilidad para que el debate se produzca-, fomentando en el oyente la percepción de inseguridad más que de firmeza ante su posición sobre el debate.

El problema pinta que para Sánchez dos choques televisivos antes de las elecciones pueden ser una innecesaria sobreexposición. Pero el efecto dominó de estas toscas decisiones sobre el debate es un mal cálculo que, de momento, ha despertado una compleja tensión mediática y que, sobre todo, deja un anacronismo claro: en los tiempos que corren no tiene demasiado sentido que la Junta Electoral merme la libertad de prensa con una ley desfasada, los principios de proporcionalidad de hace cuatro décadas no sirven para la sociedad multiplataforma en la que estamos inmersos.

En la era de las redes sociales, no tienen cabida restricciones que ponen trabas al periodismo y dan alas al bulo de la viralidad en la que las proclamas crecen sin ninguna restricción. El criterio periodístico tiene que prevalecer siempre, tanto en los informativos de RTVE -obligados a tiempos tasados según los votos de los partidos que no han modificado esta normativa- como en la organización de los debates electorales, en donde el periodista debe imponer su perspectiva para que sean más veraces, contrastados, claros y útiles para el espectador.

Pero, de momento, 'el debate sobre el debate' ha convertido al debate -valgan las redundancias- en una arma más de la batalla electoral. Todos van a utilizar el vaivén de decisiones de Pedro Sánchez ante tal cita. Aunque, esta vez, estamos ante un galimatías que no interesa a la audiencia real, incluso baja el share, pero que sí representa la sociedad de la teatralización de la política cortoplacista en la que estamos inmersos, esa política que sabe de la importancia de salir por la tele, pero que, además, sabe que en la tele siempre uno sale mejor con un buen antagonista.

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