Martes, 16.10.2018 - 02:12 h
Telediaria

El simple truco de los Oscar para conquistar a la audiencia

Jimmy Kimmel en los Oscar
Presentador repetidor.

Jimmy Kimmel repite al frente de los Oscar. Un hombre de televisión como maestro de ceremonias de un gala del cine. No es nada nuevo, los Oscar han interiorizado desde hace muchos años que son un programa de televisión que sirve para vender películas a través del glamour de unos premios. Y la Academia de Cine no está dispuesta a desaprovechar esa oportunidad en horario norteamericano de máxima audiencia.

Pero, ¿cómo hacer televisiva una ceremonia de premios, que como cualquier ceremonia de premios, se tuerce en una emisión tediosa con tanto agradecimiento a familiariares y amigos? Muy fácil, los Oscar planta el foco del protagonismo del show en el patio de butacas. Allí están las principales celebrities de Hollywood y ellas son las principales protagonistas. El programa las aprovecha constantemente como reclamo. El espectador quiere ver sus reacciones, la realización está al quite para enfocar bien los caretos que ponen ante un guion que las exprime.

Ese es el simple y complicado truco a la vez: el show no sucede sólo en el escenario con decorado de cartón piedra, el show está en el patio de butacas. Y la gala se estructura con inteligencia en torno a ese patio de butacas en el que están sentadas las mayores estrellas del séptimo arte. Los Oscar cuentan con el más efectista elenco de actores y lo explotan.

Así la ceremonia arranca con un corrosivo monólogo que lanza dardos a los asistentes. Los Oscars saben reírse de sí mismos, y de sus invitados. Sin demasiado miedo a la corrosión y sabiendo equilibrar la reivindicación política y social, que existe pero desde la emoción y no tanto desde la ira.

En este principio del show, el maestro de ceremonias da la bienvenida a nominados e invitados con su despiadado humor. Es el instante de introducir para marcar el tono que llevará esta edición de los Oscars y, de paso, resumir el año cinematográfico con guiños sociales y cierta autocrítica. Pero, después, durante el resto del programa los asistentes tampoco se pueden relajar, ya que la gala se va salpicado de ocurrencias para activar el interés de lo que se cuece entre el público del auditorio.

Si Ellen DeGeneres bromeo con el hambre que produce estar ahí tantas horas viendo la entrega de premios y pidió una pizza a un restaurante cercano -con la correspondiente aparición estelar del repartidor en el teatro - o hizo a la audiencia partícipe del show a través de uno de los selfies más retuiteados de todos los tiempos, en la pasada edición de los Oscar Kimmel intentó sorprender a los viajeros de un autobús turístico con una aparición estelar de la excursión en el patio de butacas, donde estaba medio Hollywood. Menudo tour turístico.

Al más puro estilo de Sorpresa, sorpresa, los turistas no sabían que les iban a introducir en el auditorio en el que se estaban realizando los Oscar. O eso decía el presentador que iba cebando la aparición de los turistas en el teatro Dolby como cebos durante toda la emisión y conexiones con el bus para atrapar al espectador, que ansiaba por ver las caras de los turistas ante tal sorpresa. Porque los norteamericanos saben que los Oscar deben contar con una estructura de programa en directo, donde también es importante ir cebando lo asombroso que puede pasar. Aunque sea en directo.

Si bien, al final, el gag no quedó del todo redondo, pues los turistas no parecían reales. Sus caras no daban la sensación de ciertas y remitían más a sobreactuación de figurantes a los que les habían dicho que no soltaran el móvil con su palo-selfie y abrieran mucho la boca para parecer sorprendidos. Tal vez para curarse en salud los responsables de la ceremonia puede que realizaran un casting previo.

El sketche no resultó creíble del todo. Pero consiguió el cometido de disparar un interés extra por el desarrollo de una ceremonia que intenta conjugar emoción, humor, celebrities y divulgación de cine en una emisión de audiencias millonarias. Casi siempre, además, entendiendo la importancia de hilar todo el guion con una evolución coherente, de principio a fin. Incluso justificando las parejas que entregan el premio. Como el pasado año con Javier Bardem y Meryl Streep. Un vídeo previo explicó el cómo y el dónde empezó a admirar Bardem a Meryl. Después, el espectador asistió al encuentro entre ambos, en directo, en escena. No sólo fueron presentadores de un premio, el programa escribió una rápida historia detrás de esa pareja de ‘entregadores’ de Oscar, dibujando un vínculo sentimental entre los dos.

Y es que en los Oscar se intenta que todo fluya de forma justificada, poco gratuita y con cierta carga emocional. Como una buena película. ¡Y sin atriles! Porque la escenografía de la celebración del tío Óscar ya hace tiempo que retiró los atriles del escenario, que solo valían para hacer una barrera entre el público y los asistentes. Ahora simplemente basta un micrófono como referencia para los artistas.

Artistas a los que se ve entrar y salir del escenario. Otro acierto, pues el programa se enriquece con pequeños retazos de imágenes de bambalinas que otorgan un plus a la emisión y, además, contextualizan detalles en el espectador, como el lugar en el que se encuentran custodiadas las estatuillas o la sutil forma de destacar que la música es tocada en riguroso directo, al mostrar sutilmente el foso donde está escondida la orquesta.

Porque en televisión son imprescindibles los detalles. Y los Oscar están cargados de detalles sencillos pero, a la vez, que requieren dedicación. De los livianos cambios de puesta en escena para no cansar a la vista del espectador a la iluminación que abraza los fondos de plano de los premiados al constante plano de reacción del público VIP, que es el gran protagonista y sabe que es el gran protagonista.

Las estrellas de Hollywood van con su invitación a los Oscar a trabajar. Están atentas y despiertas, saben que esta noche todos son cabeza del cartel aunque no ganen premio. Y eso es, tal vez, es la asignatura pendiente de nuestras galas de premios y, también, la lección por aprender de los propios premiados. Ellos son la materia prima del show, a los Oscar se va a jugar. O no se va.

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