Martes, 28.01.2020 - 04:51 h
Telediaria

'MasterChef' y su crucial clave del éxito que comparte con 'Un, dos, tres... responda otra vez'

El 'Un, dos, tres...' marcó a varias y diferentes generaciones por su capacidad para aglutinar en un mismo programa varios géneros televisivos. Para empezar, su director y creador, Chicho Ibáñez Serrador, incorporaba con destreza trucos de la ficción al guion de este inolvidable concurso de entretenimiento. Así surgía un espectáculo completo y complejo, que atrapaba sin dar demasiada tregua al espectador.

El equipo español que realiza 'MasterChef' logra entre fogones esta misma premisa del 'Un, dos tres...'. Y no es sencillo, pues en el globalizado género del talent show es fácil caer en la trampa de repetir fórmulas establecidas sin entender las particularidades autóctonas. No siempre se pueden calcar tal cual los patrones de éxito de otros países.

Como en una buena ficción, 'MasterChef' ordena toda la realidad grabada para contar una historia atractiva en la que estén bien definidos los personajes y sus sensibilidades. Unos personajes son los concursantes, las sufridoras cobayas, pero los otros personajes son el propio jurado que ha pasado de ser los duros antagonistas para evolucionar hacia una especie de madres de los participantes. Imponen, pero son queribles. Son el contrapunto crucial en cada programa, que es más útil si transmite una motivación entrañable que conecta con el espectador. 

El programa marca muy bien cada carácter de todos los que están delante de las cámaras. También de Pepe Rodríguez, Samantha Vallejo-Nájera y Jordi Cruz que, además, este año compiten entre sí. Al igual que sucede en 'La Voz' y ya ha sucedido en algún país con 'MasterChef',  en esta edición, cada concursante decide con cual de los tres 'coaches' va a jugar. Es la novedad  (y excusa) para empujar a nuevas tensiones en un programa que intenta evitar parecer repetitivo y que, por cierto, ya no tiene presentadora, tras la marcha de Eva González a Antena 3.

Pero 'MasterChef' no necesita presentadora, ya se narra solo. Porque su hilo narrativo está muy bien planificado para que exista una evolución clara en el interés del espectador. Ya solo en el casting final de este retorno se ha equilibrado con inteligencia diferentes tensiones: que si el nervio de los participantes, que si un poco de risa -fundamental para desengrasar-, que si Jordi Cruz enfadándose sin piedad -porque también se ha metido a chefs reguleros en la última criba-, que si un giro de alguien que no entra al concurso pero que al final sí.es elegida, que si aparece un fan de Losantos... Todo entremezclado con destreza para mantener al público pegado... y sorprendido. Pero, ojo, todo entremezclado sin confundir ritmo televisivo con prisa.

El programa va al grano y, a la vez, sabe construir atmósferas sin acelerarse en estreses que matan el clímax de la trama. Porque el buen talent show editado siembra tramas y este 'MasterChef' ha arrancado dejando muchas tramas abiertas para enganchar.

El formato de TVE y Shine Iberia pinta con destreza las personalidades de los aspirantes a concursantes y sus vínculos con los jueces. Dibuja tan bien los caracteres que no causan indiferencia y el público se encariña hasta con descartes de la audición. No se ve venir con claridad los finalistas que entran al concurso y los que se quedan fuera. 

Ahí acierta de pleno 'MasterChef' y muchos programas deberían tomar nota: el programa plasma con habilidad el carisma de sus participantes porque retrata lo que distingue a los personajes, pero sin pasar el límite de exagerar hasta mutarlo en artificial. Además, el formato entiende que en televisión hay que guardar cierto suspense en la manga para que los protagonistas atesoren más evolución. No es nada nuevo, es lo que hacía siempre Chicho Ibáñez Serrador en 'Un, dos, tres...', y en la mayor parte de sus programas, con su capacidad de planificar bien las motivaciones de la historia para, después, tener prevenida la cámara en un transparente primer plano. Primer plano listo para captar la ingenuidad de los protagonistas brotando con naturalidad. Tan difícil y, cuando se logra, parece tan fácil.

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