Martes, 11.12.2018 - 09:03 h
Telediaria

'Fama, a bailar': debilidades y fortalezas del arranque del formato 'killer' de Movistar

Paula Vázquez, Fama a bailar
Paula Vázquez, con luz propia en la primera gala de Fama.

Movistar Plus ya cuenta con un reality 'killer'. Un tipo de programa que busca atrapar la conversación de las redes sociales y dotar de más visibilidad a su canal exclusivo, Cero (0#).

Tras la saturación de programas con cantantes, la cadena de pago ha optado por un show de baile. Pero no un show de baile cualquiera: ha recuperado la marca Fama, a bailar, que triunfó en Cuatro. Como ha sucedido con OT, se resucita un recordado formato para despertar la curiosidad de grandes públicos gracias al poder de la nostalgia reciente.

Aunque el Fama de Movistar no es el Fama de hace 10 años. El programa viene remozado, acorde con la idiosincrasia de su nuevo canal y de las nuevas generaciones. Es un nuevo Fama que ha aterrizado con fortalezas y debilidades para alcanzar repercusión social más allá del micromundo de Movistar Plus.

DEBILIDADES

1. Profesores que aún no son personajes

Una de las principales diferencias del actual Fama con la antigua escuela de Cuatro es que los profesores no son personajes escogidos por un sobreactuado rol televisivo. Ya no es necesaria tanta tensión impostada en la tele-realidad pero, a priori, faltan perfiles que desde el arranque propicien tramas de interés. Aquí no existe la intensidad melodramática de Lola González, la exageración eroticofestiva de Rafa Méndez... 

La nueva escuela se ha centrado en un claustro de profesores muy profesionalizado, dirigido por el reputado Igor Yebra, lo que otorga calidad extra al programa. Pero también este elenco de maestros necesita algún compañero como contrapunto, que desengrase la intensidad del baile. Porque, por eso mismo, por la reputación del jefe, puede ser más difícil que el propio Yebra se tire a la piscina de la televisión de entretenimiento. Y Fama es un programa de televisión, donde habrá que terrenalizar la danza para que se entienda y traspase a más públicos. 

En ese sentido y para que surja la teleserie juvenil que supone un buen formato de estas características, los profesores, como los alumnos, precisan aún cierto rodaje para saber desenvolverse mejor en el lenguaje de un reality, donde es importante llenar con coletillas o comentarios los silencios incómodos y donde hay que tener en cuenta que existe un espectador que debe entender de lo que se está hablando.

Una clase de baile es más hueso que un taller de canto, más asumible para la audiencia media. En mayor o menor medida cualquier espectador sabe descifrar un desafine, pero es más complicado discernir quién falla un paso de una coreo. Más difícil aún cuando el nivel del casting logra la excelencia.

De hecho, de momento, da la sensación de que todos los profesores y alumnos cuentan con un estilo muy parecido. No son fáciles de diferenciar. Son fotogénicos, pero en la tele-realidad también hay que ser telegénico. De profesores, por su carácter destacan la luminosa Ruth Prim, la agudeza de Iker Carrera y el primer plano de Raymond Naval, pero no es suficiente. Faltan otros (dicharacheros) perfiles complementarios para atraer la atención de públicos que aún no se han enganchado.

2. La música sin diversidad

En la variedad musical también estriba uno de los problemas de las primeras galas de Fama a bailar. En esta edición, el formato ha huido de catalogar estilos de baile. Esto en el primer Fama estaba muy acotado (que si lírico, que si jazz fusión...), ahora es más complicado etiquetar las coreografías porque hay más estilos. Pero la crisis surge cuando en la escaleta del programa parece que todos bailan canciones similares con coreografías que, a ojo del espectador medio, no parecen muy diferentes. Se puede ser 'indi' o 'alternativo' y, a la vez, escuchar al gran público para que se sienta representado mientras descubre canciones o tipos de baile que desconocía. El programa debe hacer el equilibrio entre la cultura de masas y lo denominado como 'independiente'.

En las primeras galas, las propuestas de corografías de Fama han sido monótonas con aparente poca diversidad artística. Todos los bailes parecían del mismo estilo, aunque no lo fueran. Si esto no cambia (que cambiará), el show se hará muy pesado, ya que existe una gala cada día de domingo a jueves. El formato necesita más variedad que represente los gustos musicales de la sociedad, lo que se traducirá en conflicto de unos chavales que no siempre tendrán que interpretar lo que les gusta.

3. La perfección es mala aliada en TV

El gran problema de Fama, a bailar 2018: los perfiles de los concursantes no se han dibujado en las primeras galas. El casting no ha sido bien presentado en el terreno de juego: en la pista de baile. En Operación Triunfo 2018 la primera gala sonó mal y los participantes se equivocaron. Hubo cierto caos que no fue impedimento para que se marcaran personalidades de los concursantes. Así el público conoció la transparente cara de Aitana al equivocarse en directo, así el público vio como el jurado intentaba expulsar a una talentosa Amaia, así el público descubrió a un Juan Antonio que no daba ni en una nota. La primera gala de OT 2018 dio para memes, la primera gala de Fama 2018 no.

El estreno de OT sembró personalidades para que evolucionaran con el paso de las semanas. Brilló el talento en bruto, el talento imperfecto. En la primera gala de Fama 2018, en cambio, todos fueron tan perfectos que no traspasaron. Y los profesores, ya muy unidos a sus alumnos,  no dieron argumentos que definieran las peculiaridades y dificultades que se encontraron sus pupilos, detalle crucial para empezar a dibujar tramas y que el espectador entienda el complicado trabajo que hay detrás y, de paso, se quede para seguir sus vivencias en el día a día.

La perfección es mala aliada en un programa que va de la identificación que produce ver a gente esforzándose, frustrándose, cayéndose y levantándose para evolucionar, aprender y triunfar en su ámbito. 

4. Los cámaras se cruzan en la convivencia

Fama no consiguió en su estreno ese gancho inicial de despertar la curiosidad de descubrir unos talentos imperfectos. Parecía que lo hacían ya todo bien. Pero, por suerte, Fama 2018 cuenta con un canal de casi 24 horas en Youtube (y en el dial 29 de Movistar) que será aliado a la hora de construir la complicidad de su público objetivo con los concursantes.

La contraindicación está en que el gran espacio que ocupa la escuela, la antigua fábrica Gal en Alcalá de Henares, ha propiciado que no existan cámaras robotizadas y que sean camarógrafos tradicionales lo que, como en un plató de televisión tradicional, se muevan por las instalaciones. A veces están detrás de espejos, pero otras conviven con los alumnos. Vamos, que los alumnos ven al operador, lo que resta autenticidad. A más de uno se le escapa el ojo a cámara en los primeros días.

Los bailarines no se olvidan tan fácilmente de que están siendo grabados, ven las cámaras y, por tanto, interpretan. Más aún cuando vienen de seguir la edición viral de OT. Ellos hablan sabiendo que son escuchados y, al sentir al equipo técnico, es más difícil que surjan momentos de complicidad como Aitana escondiendo los San Jacobos para comérselos de merienda bien mojados en leche. Las cámaras están más presentes. Es más complejo distinguir entre espacio de 'gala' y convivencia.

Fama 2018 no puede ser sólo clases en una majestuosa escuela-plató con luminosidad natural, también es una teleserie que crea vínculos, donde los chicos terminarán bailando coreografías con canciones que hablan de ellos mismos en la escuela. Pero, para eso, es necesario momentos de ocio dentro y fuera del riguroso contexto de las clases, y en esta escuela no están claramente diferenciados los ambientes. Todo es escuela, todo es programa, y cuando se acaba la emisión se van a otro lugar que el espectador no conoce y en el sólo duermen.

Fama crea un interesante nuevo escenario para el reality show, que habrá que ver hacia dónde se desarrolla: en este programa, el contacto de los alumnos con agentes exteriores es menos controlable por parte del espectador. En los primeros días, es fácil observar al equipo del show moviéndose en el fondo del plano durante la emisión en directo. Y el espectador necesita sentir que es él mismo el que controla (aunque no sea así) todo lo que está pasando. No quiere intermediarios que no conoce, pues nadie se los ha presentado, y que se cuelan en imagen vestidos de negro. Como si por ir de negro ya fueran invisibles para el público...

FORTALEZAS

1. Narrativa cuidada, en los comienzos y en los finales de emisión

Fama 2018 está intentando contar una historia que tiene en cuenta los detalles, especialmente cuidando con mimo los comienzos y los finales de cada programa. Los arranques de cada emisión en Cero cuentan con un interesante tratamiento escénico, con realización mimada y con apariciones efectistas de la presentadora, Paula Vázquez, alma del show. Un acierto que exista una propuesta de realización con entidad narrativa para hacer más grande un programa que se produce desde una localización real con amplitud y recovecos por exprimir.

2. La estética a tono con las redes y el baile

Fama 2018 ha incorporado una imagen de marca actual, con un interesante logotipo que baila como los concursantes, adaptándose a la imagen y la multiplataforma social. Lo mismo sucede con el resto de grafismo que se introduce en el programa: rótulos grandes, que aparecen con un efecto de sonido. Son atractivos, diferentes, modernos y perfectos para el visionado en diferentes soportes.

Incluso los créditos de cierre están implementados con orden y coherencia narrativa de diseño. Fama cuida la estética de todos los elementos de imagen y grafismo. Y son coherentes entre sí. Sin olvidar la ambientación musical de las transiciones del programa, que está bien marcada para impulsar el nervio del show con una sintonía que ya es todo un hit: Un jardín, de Delaporte -lo más viral de Spotify el fin de semana-.

3. La herencia recibida de OT

Fama cubre el vacío del canal 24 horas de OT. Y eso juega a su favor, pues hay un público que se ha quedado huérfano de una emisión y ya está dando una oportunidad a este contenido. Habrá comparaciones odiosas, pero Operación Triunfo ha sembrado un camino que hace más intuitiva en redes la propuesta de Fama. El reality de Cero no empieza de Cero.

Aunque el aprendizaje de baile sea menos asequible que el aprendizaje de voz y canciones, como en OT, en Fama el espectador aprende y, a la vez, crea afinidades emocionales con profesores y participantes. Ahora sólo hay que dar tiempo a que se terrenalizen unos personajes a los que les está costando ser ellos mismos y olvidarse de las cámaras. La primera expulsión, que se produce hoy, será un golpe emocional crucial en este cometido.

4. La energía de Paula Vázquez

Paula Vázquez no sólo es el vínculo de la anterior edición del concurso con la presente temporada, Paula Vázquez también es el vínculo de Fama con el espectador. No es una presentadora al uso, no es la presentadora perfectamente solvente, es una profesional que se deja llevar por su espontaneidad. Intuye lo que la audiencia necesita en cada momento y, lo más difícil, sigue conservando intacta su energía de comunicadora apasionada. Su empatía atrapa: es fácil quedarse a ver lo que dice, pues es ella sin demasiadas corazas. Justo lo que falta, por ahora, en el casting de Fama a bailar: menos perfección y más verdad. Por suerte, tienen tiempo (y canal en directo en Youtube) para ir rompiendo esas corazas.

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