Martes, 26.05.2020 - 20:03 h
Telediaria

'Hate-watching', el odio que ayuda a perpetuar éxitos televisivos

Hate-watching'. Dícese de aquella audiencia que disfruta viendo programas para poder criticarlos. Se indignan pero, a la vez, consumen tales shows hasta propulsar tal contenido a un gran éxito porque no pueden dejar de sintonizarlo. En Telecinco conocen muy bien a esta especie de televidentes. Saben que la indiferencia es su enemigo.

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No sucede sólo en la televisión. También determinados partidos políticos utilizan la fuerza de la indignación para amplificar su discurso a través de las nuevas pantallas, sin intermediarios, que representan las redes sociales. La táctica política se diseña (y simplifica) para generar conversación en la red, lo que favorece que se expandan bulos y, de paso, se anule la función del periodista como elemento que contextualiza, otorga perspectiva y criba la mentira interesada.  La pasión con la que se utilizan las redes propicia, a veces, que un mensaje que el usuario cree estar denunciando, en realidad, lo está esparciendo. Como consecuencia, el volumen de cabreo en Twitter o Facebook multiplica la influencia social del emisor que indignó. Paradojas.

Pero la televisión llegó antes que las redes y hace tiempo que abraza a las personas que odian sus programas, pues son los mismos que terminan perpetuándolos. Necesitan verlos para criticarlos, ya sea en directo (en Twitter) o en diferido (en la oficina, el bar o el ascensor).

Porque al 'hate-watcher' le enfada los realities shows de máxima audiencia e incluso predica el daño que realizan a la sociedad, sobre todo a la educación de las nuevas generaciones. Sin embargo, a la vez, este tipo de detractores “profesionales” gastan mucha energía en opinar sobre sus tele-odios.

En realidad, el 'hate-watching' personifica una de las claves del éxito de formatos como 'Supervivientes', que ha vuelto esta noche de jueves a Telecinco: el espectador se siente superior a las cobayas que participan en la competición televisiva. Se siente mejor consigo mismo y se evade de problemas personales al gastar fuerzas torpedeando un mero entretenimiento que sigue por una pantalla.

Existe la posibilidad de cambiar de canal, sí. Es más, la indiferencia sería el mejor castigo a esa televisión "nefasta". Pero, al final, el adicto al 'hate-watching' no puede subsistir sin gran parte de este tipo de programas que detesta. Porque depende de ellos para socializar, para digerir la frustración personal, para canalizar la indignación, para no afrontar desafíos reales. Para sentirse mejor consigo mismo. Porque quizá la vida sin tele a la que reprobar es, por suerte o por desgracia, más aburrida.

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