Jueves, 15.11.2018 - 16:44 h
Telediaria

La deriva de 'Informe Semanal', de ser referente a ser indiferente

Jenaro Castro, actual director y presentador de 'Informe Semanal'
Jenaro Castro, actual director y presentador de 'Informe Semanal'

Poco antes del nombramiento como presidente del gobierno de Luis Carrero Blanco, Pedro Erquicia ponía en marcha Semanal Informativo. Era el 31 de Marzo de 1973 y nacía el programa que fue embrión de Informe Semanal, el espacio más veterano de la televisión europea y uno de los viejos estandartes de prestigio de TVE. Viejos estandartes de prestigio, porque la reputación de Informe Semanal ya es pasado. Un pasado muy lejano.

Carmen Sarmiento, Mercedes Milá, Manuel Leguineche, Soledad Alameda o Javier Basilio son algunos de los profesionales que pasaron por la redacción de este bastión de La 1 en sus primeros años. Eran tiempos de cambiar la televisión pública y Erquicia, fallecido el pasado 20 de abril, era el equilibrista perfecto, pues sabía distraer al censor de turno con inteligentes estrategias justo en el instante en el que iban a narrar lo relevante. Aunque, al final, el lunes llegara el enfado, pero ya era demasiado tarde: la audiencia había tenido acceso a la información. Una información elaborada, narrada en perspectiva a través de unos reportajes con capacidad para ir más allá que el Telediario.

Así, Informe Semanal fue ganándose la credibilidad nacional e internacional, convirtiéndose en un espacio imprescindible para digerir de forma más reflexiva la actualidad que nos había dejado la semana. Así, ha sido un testigo clave de nuestro tiempo: el asesinato de Carrero Blanco, la muerte de Franco en La Paz, las primeras elecciones generales, los tiros en el techo del Congreso aquel 23F, la caída del muro de Berlín, los atentados de las Torres Gemelas...

Pero, en los últimos tiempos, Informe Semanal ha perdido su influencia social. Sus reportajes son un mero resumen de la semana que, además, cuenta con un claro sesgo ideológico. En los últimos días, por ejemplo, ha decepcionado su descarado tratamiento desvirtuado del caso del máster de Cristina Cifuentes, que el programa ha contado tarde y mal. Pero ya es habitual su tono parcial en los temas de política nacional.

La credibilidad de Informe Semanal se ha desvanecido y esconde una paradoja. Mientras que en los años setenta su editor -Pedro Erquicia- intentaba esquivar la censura con la creatividad, en esta España de 2018, en la que supuestamente existe libertad de prensa, el actual editor de Informe Semanal -Jenaro Castro- desprende una cierta obsesión en construir una realidad paralela que debe de creer que beneficia al partido del poder. Pero sólo lo cree, porque en realidad sonroja a una audiencia que tiene más espíritu crítico de la que los mandatarios calculan.

el dato

Nombres propios

Tras Erquicia, Informe Semanal siguió dirigido, entre otros, por Fernando López Agudín, Ana Cañil, Jorge Martínez Reverte, Baltasar Magro, Alicia G. Montano o, el actual responsable, Jenaro Castro. Un formato que también irá siempre vinculado a las presentaciones de Rosa María Mateo y Mari Carmen García Vela.

Informe Semanal sigue en emisión pero, en realidad, el verdadero Informe Semanal ya no existe. Ni siquiera su icónica e inolvidable sintonía suena  en TVE. Ahora el informativo empieza con otra canción más de noticiero convencional, que define para lo que ha quedado este formato: ha perdido su esencia periodística, sus reportajes abusan de unas encorsetadas narrativas televisivas demodé y su control editorial servirá de estudio en los años venideros como ejemplo de información cocinada con intereses políticos. Lo que evidencia que tenemos una democracia que no debe ser tan madura y moderna como creemos. Todavía existen periodistas en las cadenas públicas que, en realidad, confunden periodismo con sentirse directores de comunicación de su partido. Son pocos, pero ruidosos y en cargos decisivos. Todavía existen políticos que no entienden que la independencia y pluralidad de los medios públicos será también uno de sus mejores aliados para alcanzar la credibilidad ante una sociedad cada vez más incrédula.

No lo comprenden y, como consecuencia, pierden la oportunidad de apuntarse el tanto de unirse al consenso para lograr una televisión pública a la altura de una democracia consolidada, una TVE que no sea de nadie y vuelva a ser de todos.

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