Viernes, 16.11.2018 - 05:13 h
Telediaria

La dificultad que esconde MasterChef

Decía el maestro de la comedia Johnny Carson que en televisión "todo tiene que parecer fácil". El mítico presentador estaba en lo cierto, que para eso fue el rey del late night durante tres décadas.

Lo que en televisión evidencia ser de elaboración complicada termina pinchando. Y, paradójicamente, la televisión es (casi) siempre de elaboración complicada. Así sucede con MasterChef, que es un peliagudo puzzle semanal, extremadamente difícil de construir. Pero el equipo de la productora Shine Ibera y TVE logra ensamblar sus piezas con una capacidad y soltura asombrosa.

MasterChef, en sus tres variantes -el original, el infantil y el celebrity, que está ahora en emisión- es el éxito de una buena planificación de equipos para narrar una historia que no de tregua al espectador.

El programa cuenta un emocionante relato que crece a través de los detalles que se retratan de los protagonistas del formato, que son los concursantes; pero también del jurado -en el papel de duros antagonistas con un punto de humor- e invitados -como ganchos de contrapunto-.

A pesar de la larga duración del prime time español, MasterChef plasma una épica competición en donde también son importantes los silencios, las miradas, los chismorreos o los susurros. Es todo un culebrón.

Sin embargo, para armar todo el engranaje de pequeñas piezas que, en realidad, son un ir y venir de multitud de planos de cámaras, el formato necesita grabar todo pero, a la vez, tener todo rodado con un exhaustivo orden para luego, en la sala de montaje, estructurarlo sin que nada, ni siquiera la frescura del momento, se pierda por el camino.

MasterChef es un tren emocional que requiere un arduo trabajo de montaje de lo grabado para que el formato mantenga el equilibrio y la graduación de la intensidad de unas tramas que son como una brillante serie. Aunque, la diferencia con la ficción, es que aquí las tramas surgen de la realidad de un plató que proyecta la sensación de que no existen demasiadas cámaras pero en el que hay que realizar una compleja coreografía de operadores de cámara y redactores para tener todo minuciosamente rodado y registrado. O el programa sería un caos semanal imposible de consumir. 

MasterChef se ve fácil pero, en su trastienda, esconde la dificultad de la artesanía televisiva. No sólo basta con una competición, lo importante es planificar bien la manera en la que se graba esa competición para poder coser cada una de las imágenes importantes con la fuerza precisa. Es la forma de que esa lucha entre fogones traspase la fría barrera de la pantalla. Y, sobre todo, lo haga con la enérgica sensibilidad que necesita. 

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