Sábado, 17.08.2019 - 22:18 h
Telediaria

La interrupción telefónica a Rubianes y Buenafuente, un gag para la historia

Hace unas semanas, Andreu Buenafuente, Berto Romero y Carlos Latre colgaban el cartel de 'no hay localidades' con un homenaje a Pepe Rubianes en el Singlot Festival, que se celebra en Sant Feliu de Guíxols.

Dos mil personas asistieron a este espectáculo de nombre 'Hem de parlar, nene'. Una obra para rememorar la figura de Rubianes, que provocó la mejor risa, la que fluye de una sentida emoción. Al salir del recinto, se palpaba ese murmullo de satisfacción al haber podido vivir algo irrepetible que, además, te hace pensar a carcajada limpia.

Eso es la comedia. El buen humor, al fin y al cabo, es el  superpoder de observar la realidad cotidiana con el ingenio que relativiza todo lo que toca. Y eso era Pepe Rubianes. 

Sus monólogos iban de retratar la sociedad con trazo gruesamente fino. De hecho, da la sensación de que Rubianes hacía sacudir las mentes allá por donde pisaba. También en la televisión. Solía suceder en sus entrevistas. Buenafuente tuvo el honor de sufrir su sagacidad en especiales, imprescindible 'Una conversación solamente' (2007), y en los programas de late night, donde Rubianes acudía de invitado aunque, al final, directamente tomaba los mandos de la charla. 

"He llegado a hacer entrevistas que no he explicado una sola verdad y entrevistador se lo ha creído", reconoció a Buenafuente en uno de estos encuentros para, después, atinar con un "todos nos hemos inventado una vida". Aunque pocos con esa infalible visión para mantener en el punto álgido el show aunque no fuera su show. 

No hacía falta hacerle una pregunta, él era un torbellino de la improvisación, que retaba sin tregua al presentador, del primer al último minuto de su aparición en el directo.

Y lo conseguía con la capacidad para mirar a su alrededor y comprimir la información -la buena y también la absurda, claro- para luego disparar en escena, con lo que se podía decir y con lo que tal vez no, pero logrando la revoltosa complicidad de un público al que hacía, así, partícipe de su peculiar existencia. .

En uno de esos numerosos encuentros en el late night con Buenafuente, Rubianes ejemplificó, en apenas seis minutos, todo lo que supone que debe ser la mejor televisión, la que atrapa. Rapidez de reflejos para salir a jugar sin dejar de narrar con una aplastante transparencia esas empáticas vicisitudes del día a día, que son las que dejan pegados frente al televisor a propios y extraños. Incluso si suena el móvil en directo, Rubianes lo integra con agudeza en el devenir del espectáculo televisivo. Y lo integra colando, en la que parece una espontánea charla, un estudiado texto de uno de sus icónicos monólogos, ese que narra cuando se compró un piso con frontispicio en Diagonal Mar. Así transformó una entrevista en un excitante choque cómico para la posteridad. 

Es la inteligencia de la comedia de la provocación: que sabe cómo, cuándo y dónde debes salir a jugar, que desafía tomando el pulso a la vida sin demasiados eufemismos. Y, claro, esto los mediocres nunca lo entendieron.

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