Viernes, 22.03.2019 - 22:29 h
Telediaria

La mejor inocentada de la historia de la televisión en España: ¿sería posible en la actualidad?

Maribel Verdú protagonizó la inocentada más recordada de la historia de la televisión en España. El programa Inocente, inocente realizó un soberbio despliegue para engatusar a la actriz y lograr que creyera que se había destapado "su noviazgo" con Carlos de Inglaterra.

La creativa encerrona sucedió en 1993 a su llegada al aeropuerto de Barajas tras un viaje a Barcelona. Allí todo estaba preparado para engañar a la víctima. Los compinches del programa llevaron directa a Verdú a la sala de prensa del aeropuerto. En su interior, esperaban unos ruidosos periodistas y fotógrafos que estaban dispuestos a sacar jugo a su supuesto romance con el príncipe Charles.

Todo estaba bien hilado para que fuera creíble. No había escapatoria: conexiones ficticias con el informativo de Telemadrid con Mari Pau Domínguez leyendo una creíble crónica, periódicos manipulados con la información a toda página, micrófonos con logotipos de medios reales, profesionales reconocibles por la propia Verdú del sector audiovisual y un gran número de extras para simular con veracidad que tal noticia del cuore estaba siendo un shock nacional. De hecho, había tanto jaleo en la sala que no había demasiado margen para que Maribel dudara de lo que estaba sucediendo, menos aún en un momento de comienzo del apogeo de la prensa rosa más agresiva en los indiscretos años noventa.

El rostro de alucine de Verdú transmitía pura verdad. Expresiva como pocas, espontánea como siempre, la actriz brilló en la inocentada porque su verdad traspasó la pantalla. Es justo el problema que han sufrido las inocentadas de cámara oculta de los últimos años, que se han realizado con menos medios y terminaban dando la sensación de estar preparadas porque poco se intuía como natural.

La contraindicación de falsear la realidad en TV que vende verdad

El espectador de hoy está más desconfiado con los medios de comunicación, pero también es cierto que esa sensación es culpa de los propios medios de comunicación que para agilizar determinados asuntos han falseado realidades en muchas ocasiones.

Así, los programas de sorpresas dejaron de generar sorpresas y los de bromas dejaron de parecer bromas. Porque una buena broma o una buena sorpresa sólo se logra si la televisión se la juega al proponer una idea que provoque un acontecimiento y, después, dejar a la realidad que haga su trabajo y que la reacción del asombrado ponga la guinda. Dejar fluir la verdad es la manera de alcanzar la verdad. Obviedad... Pero la era del spoiler, en el que las cadenas creen que hay que destripar prácticamente todo a la audiencia para que acuda a la emisión, ha matado esa poderosa ingenuidad de los programas de entretenimiento.

En 1993 todavía la televisión se atrevía con la verdad sin medias tintas. Y Verdú se tragó el anzuelo del todo, nadie le avisó ni intentó falsearlo y todos los compinches guardaron el secreto sin piedad hasta la emisión. El resultado fue puro espectáculo. Fue inolvidable:

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