Lunes, 10.12.2018 - 23:36 h
Telediaria

La rentabilidad viral de la indignación que genera Pablo Motos en 'El Hormiguero'

Pablo Motos
Pablo Motos mira fuerte a cámara.

La indignación vende. La indignación se ha transformado en una materia prima perfecta para lograr clics y audiencia fácil y rápida, pues la irritación es un virus imparable a través de las redes sociales.

Las redes sociales se consumen a una velocidad tan vertiginosa, que resulta fácil caer en la trampa de la ira instantánea.  El usuario retuitea instintivamente aquello que le indigna sin pararse a pesar más allá del titular o buscar el contexto sobre la información. La emoción gana a la razón y, a veces, esta circunstancia puede salpicar a profesionales que no siempre tienen toda la culpa de cada gesto que se les adjudica. Pero es que no hay tiempo para asimilar con perspectiva lo acontecido. Indigna, se juzga y ya no hay vuelta atrás. Y al día siguiente, se busca una nueva indignación y un nuevo objetivo al que apedrear.

Mientras, los consumidores de información corren el peligro de convertirse en creyentes. Es decir, lectores, oyentes o televidentes que sólo acuden a aquellos medios de comunicación con una línea editorial que saben que no les va a fallar, que les va a contar lo que quieren oír. Sucede en política, pero también puede pasar con cualquier tema de la actualidad. También en lo que se refiere a la televisión, con respecto a profesionales de alta exposición mediática, en programas de éxito. Incluso dando la sensación que ya no hay posibilidad de juzgar su trabajo aislándolos de prejuicios o errores del pasado.

Pablo Motos o Bertín Osborne, por ejemplo, generan más indignación social que otros. Sa ha ido construyendo y fomentando, durante años, una imagen social negativa de sus personalidades, y sus salidas de tono indignan tanto que se buscan con lupa. Y si no surgen, se intenta rebuscar en sus reacciones algo que despierte cólera social. Porque vende, porque genera clics y retuits. Así, si Pablo Motos pregunta por si tiene novio a una celebridad, se le acusará de machista, mientras que si lo hace Jorge Javier Vázquez no se le reprochará nada. Cuando el contexto es el mismo: un show de entretenimiento en el que se habla de trabajo pero también de la vida que humaniza a artistas. Es más, por el mismo chiste que se aplaudiría a Chiquito de la Calzada, se lapidaría a Pablo Motos. Contradicciones sociales.

Es evidente, Pablo Motos no cae bien a las redes sociales. Tal vez porque transmite en pantalla cierta obsesión por conseguir que todo salga perfecto y que su show nunca decaiga. No puede disimular ese ansia de que cada momento de su programa sea frenético y espectacular. Y, aunque sus programas atesoren un contenido interesante, creativo e incluso inesperado, en el postureo social no queda bien valorarlo, porque siempre pesará más la antipatía en las redes del personaje de un personaje que congrega excepcionales datos de audiencia diarios con un programa de entretenimiento constructivo.

Pero, al final, en las redes sociales se comparte más lo que indigna que lo que aporta. Gajes de un nuevo tiempo mediático en el que también será necesario que haya hueco para explicar lo que se hace bien, aunque el presentador no sea del agrado de todos los tuiteros.

Mi casa es la tuya y El Hormiguero son dos programas con una brillante factura técnica y, lo más difícil, con riesgo creativo, algo que no sobra en la televisión. Dos formatos que objetivamente han hecho mejor la televisión de los últimos años, especialmente El Hormiguero con su, por ejemplo, divulgación de curiosidades de la ciencia a través del entretenimiento familiar. Pero, sin embargo, los valores que contiene son más complicados de destacar, ya que sus presentadores caen mal a una parte de la sociedad que lo manifiesta ferozmente en sus redes y hasta ataca a quien se atreva a decir lo contrario.

Esto, en gran parte, también define su éxito, porque triunfar en televisión conlleva no poder caer bien a todo el mundo. De eso incluso también se aprende, y Pablo Motos ha aprendido: escuchando a sus detractores y quitándose vicios del viejo y retrógrado humor machista, pero también entendiendo que las censuras de la dictadura de lo políticamente correcto no deben crear nuevos tabús en la comedia, pues entonces eso nos limitaría en esa evolución que rompe corsés sociales. Y no podemos caer en esa trampa en un país que nunca ha tenido miedo al humor. Aunque te cayera fatal el humorista.

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