Viernes, 23.02.2018 - 18:57 h

La vida después de 'OT 2017': el error por imitación en el que caerán las cadenas

Generación OT 2017
La generación que reseteó OT y un poquito de la televisión.

Es un clásico. Tras un fenómeno de cierto impacto se intentan reproducir sus mismos moldes del éxito. También sucederá después de la última edición de Operación Triunfo, que ha terminado esta noche con una fiesta final y que ha visibilizado la importancia de Youtube a la hora de amplificar la percepción de éxito de un programa más allá de las audiencias tradicionales.

Y ahora puede producirse un efecto contagio: muchos programas volcarán su contenido en Youtube. Incluso harán canales en directo de lo que dispongan. Pero, en realidad, no es tan importante la plataforma, sino el contenido que se pueda consumir en esa plataforma. No sólo basta con estar en las redes. El triunfo de OT ha radicado en saber suministrar de contenido interesante su canal de Youtube y su emisión en directo, en la que cada día había acontecimientos que generaban conversación (clases, visitas, sorpresas) y en donde (casi) todo estaba perfectamente comunicado al espectador con antelación. De hecho, en el cuadro de información del canal en directo en YouTube, cada jornada se redactaba un horario a modo de planning, para que supiéramos a qué hora sería tal clase, el pase de micros o la visita de un cantante célebre. Ese detalle circunstancial, casi invisible, ha sido tan clave como la propia emisión, pues el intuitivo orden en el que se han presentado los contenidos ha propiciado una fidelización mayor del programa. En las redes sociales no sólo basta con estar, también hay que saber presentar y comunicar el contenido cuando se está.

Ahí está el truco, en adaptar con inteligencia el contenido que surge del programa para que crezca en las redes sociales. Porque, para crecer, no todos los formatos necesitan un canal 24 horas de Youtube, ni siquiera inyectar todo su contenido en esta plataforma. Pero sí crear acciones en las redes sociales para hacer más memorable la experiencia de visionado del programa. Porque la televisión ya no debe esperar a que acudan los espectadores a su oferta, la televisión también debe ir a encontrarse con sus espectadores potenciales en el hábitat donde consumen interactivamente contenidos audiovisuales a diario. Y ese hábitat, en el que están los usuarios de forma natural, son sus redes sociales, donde el espectador tiene su propia vida virtual.

En OT ha existido una conjunción de factores difíciles de clonar. El ADN del programa ha sido un buen casting, de concursantes auténticos que han resultado un reflejo reconfortante de las nuevas generaciones. Ellos, algunos muy jóvenes, no tenían demasiado respeto a la televisión ni venían resabiados de ver realities, ni siquiera contaban con demasiados recuerdos de aquella primera edición de OT, pues muchos de ellos eran bebés por entonces. Esta "falta de respeto" al formato también ha sido crucial. Y el programa ha sabido empaquetar esta espontaneidad verdadera con un narrativa visual que ha cimentado las tramas del interior de la casa sin necesidad de fomentar peleas o trifulcas, que erróneamente parecían lo más fácil para llamar la atención de la audiencia.

Pero sin las redes sociales, este OT no hubiera rendido igual, pues no habría existido el canal adecuado para conocer y crear un cariñoso vínculo con los concursantes. Y de eso va la televisión (y las redes sociales): de crear vínculos. El concepto planteado en las galas, por sí sólo, no era útil para este cometido. Pero ahora lo peligroso es el efecto contagio: que todos los programas que vengan imiten el modelo de OT, a ciegas, a lo loco, copiando mal y rápido. Prefabricándolo, en definitiva.

Las acciones en las redes sociales pinchan si se reproducen de forma artificial modelos y no se permite al usuario hacer suyo el contenido. Ahí está la clave en hacer sentir a la gente partícipe del programa, serie o concurso. Y, para lograr este objetivo -como en la televisión de siempre-, no hay una fórmula exacta pero sí hay un elemento crucial: no sólo basta con estar en las redes, hay que dotar de contenido real esos canales. Contenido que aporte, que sea de verdad y que tenga esa dosis de complicidad con el espectador, porque los usuarios de las redes captan rápido cuándo se les está engatusando con spam o autobombo y cuándo de verdad se les valora y se les da el mando para permitirles tener cierto poder sobre el devenir del formato televisivo.

En lugar de imitar, la misión debería ser continuar explorando, reinventando y ampliando las formas de comunicar con el público que vive y siente en 2018. Escuchando y valorando al público. Sin condescendencias, sin cosificar al espectador como una fría cuota de pantalla. Esto, y sobre todo no dejar de intentar lo más difícil de prefabricar... porque, al final, la televisión se trata de conseguir algo tan intangible como lo que ha tenido esta edición de Operación Triunfo: alma.

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