ANÁLISIS

Lo que había detrás del primer plano de Obregón en la ducha de '¿Qué apostamos?'

Ana Obregón en la ducha de ¿Qué apostamos?
Ana Obregón en la ducha de ¿Qué apostamos?
RTVE

"Es el momento más importante del espectáculo, va a ser la última cara que la gente recuerde del programa". Así define Francesco Boserman al primer plano de Ana Obregón metida en la ducha de '¿Qué apostamos?'. Lo ha recordado en el programa 'Novéntame otra vez' de La 1 y no es un comentario que pueda pasar desapercibido para los creadores de la televisión que viene. 

Es paradójico como, en los últimos tiempos, las despedidas de los programas de entretenimiento suelen ser apresuradas y optan por el comodín de un gran plano general intercambiable y sin inquietud narrativa. Muchas veces, la imagen cae donde caiga. Con indiferencia. 

Pero la emoción se cuenta en primer plano. Y, aunque los planos generales son cruciales para ubicar al espectador, si la última estampa de un programa es un primerísimo plano que proyecte la sensibilidad del protagonista del show, entonces, se favorece ese vínculo emocional con la audiencia que hace que vuelva a la semana siguiente. Es más, cuando regresa a la semana siguiente se quedará también hasta el desenlace porque ya intuye que la despedida será especial. Pasará algo. 

Boserman, director y productor de programas como '¿Qué apostamos?', 'Grand Prix' u 'Hola Raffaella', entiende la importancia de marcar un buen objetivo narrativo -la ducha final como desenlace que crea una trama transveral en un programa de pruebas dispares- y, a la vez, que la realización esté al quite en aquello que humaniza la televisión y, como consecuencia, la hace identificable. Realización despierta más que impoluta. No pasa nada por mostrar una esquina que no estaba prevista en ensayo.

Sus programas de los años noventa, casi siempre con la dificultad añadida del directo, atesoraban esa fuerza de la imprevisibilidad, del pensar que si no sale todo bien no será una tragedia. Porque, por lo genera, en la vida no todo sale bien. "La caja tonta se había hecho humana porque podía fallar", recalca Boserman en 'Novéntame'. Y es que en aquellos noventa la televisión se percató de que la imperfección podía ser parte del espectáculo. 

Pero, ojo, sólo la imperfección vale si el programa está bien armado, guionizado y dirigido. Era otro logro de aquellos '¿Qué apostamos'?': había mucho trabajo previo en equipo para que lo difícil pareciera fácil, para que si pinchaba algo no se cayera toda la estructura como un castillo de naipes. El show seguía funcionando. Estaba engrasada la dinámica y la atmósfera del formato se sentía desde el gag previo a la pegadiza sintonía que sumergía al público en el tono de evento único e imperdible. 

Y ahí, para que fluya un buen directo, no vale un busto parlante. Hace falta presentadores que sean autores. Y que son queribles porque tampoco quieren ir de perfectos. La complementariedad entre Ramón García y Ana Obregón era redonda: el payaso responsable versus la payasa aparentemente loca. Pero, en realidad, altamente cuerda. Una fórmula del circo de siempre que, junto con el tartazo y el pringue, nunca dejará de atraer en el mundo del entretenimiento. Por eso mismo, al público -siempre travieso- le encantaba esperar al final de ¿Qué apostamos? para ver si se duchaban Ana o Ramón. Así el programa acababa en un primer plano que no era casual, estaba calculado para terminar con la adrenalina en alto. El primer plano nos conectaba con ellos. Eran unos de los nuestros.

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