Viernes, 21.09.2018 - 14:24 h
Telediaria

Los errores que no debe cometer la candidatura de Amaia y Alfred en Eurovisión

Amaia y Alfred, en la tercera gala de OT, interpretando La la land
La emoción de la mirada que sonríe.

Sólo queda un mes para Eurovisión. En 2018, España tiene a su favor que el público español ya se siente partícipe del eurofestival. Porque, a diferencia de otras ediciones, esta año la audiencia sí que conoce y empatiza con los representantes. Son sus representantes. Es más, los espectadores han construido un vínculo especial con Amaia y Alfred. Un dúo, con una historia de amor, que ha crecido a ojos de todos en la academia de OT.

Los españoles han asistido a la evolución del talento de Amaia y Alfred en directo, retransmitido en un canal por Youtube. Un talento que ha destacado por su autenticidad. Una autenticidad que hay que resaltar en Eurovisión. Sin disfrazar a los chicos de nada que no son.

Eurovisión mantiene su éxito internacional porque ha crecido a tono con la evolución de la televisión y los gustos sociales, incluida la implicación de las redes sociales en el devenir del eurofestival. Es un formato que mantiene siempre la modernidad con la que nació. Sin embargo, a veces, las candidaturas pueden caer en errores ya demodé como envolver la canción eurobarroquismos para que el espectador no se aburra. Pero Eurovisión es contar una historia a través de todos los engranajes de la televisión a tono con la canción y, de esta forma, se impulse la actuación en su conjunto. 

A la hora de "engrandecer" la puesta en escena se suele priorizar el viejo cliché de generar conversación con la vestimenta que llevan los artistas. Como si fuera una boda. ¿Cómo será el vestido que llevan los novios? De hecho, estos días, ya se ha especulado con sus ropas. Pero Amaia y Alfred a Eurovisión deben ir de Amaia y Alfred, no deben ser engalanados de prendas como si fueran a participar en un gala de antaño, de esas de glamour de gasolinera. Entonces, no serían ellos. Entonces, se les envejecería -como en el videoclip- y perderían parte de su magia. 

Amaia y Alfred no son convencionales y la puesta en escena de Eurovisión tendrá que huir de lo convencional. Esto fue la clave de lo sucedió el año pasado con Salvador Sobral: lo obvio hubiera sido poner al artista en el escenario principal del festival, con una pareja de bailarines con una coreografía romanticona. Así se hubiera matado el clímax que logró la actuación. En cambio, se optó por poner el foco en el carisma de Sobral y situar ese carisma interpretativo en una plataforma entre el público. De esta forma, la audiencia resguardaba al genuino representante de Portugal y, a la vez, contagiaba su emoción por la TV.

En su caso particular y diferente, Amaia y Alfred tienen su superpoder en la química de sus miradas de complicidad entre ellos. Bien situados en el escenario, para que no parezcan patos mareados caminando por el gran escenario sin rumbo, brillarán si se da alas a su química (y física).

Lo bueno de su actuación es que, a diferencia de otros candidatos de años anteriores, ellos no se juegan nada en Eurovisión. Ni necesitan darse a conocer, ni viven en el eurofestival una última oportunidad de nada. Así que saldrán a vivir la experiencia, saldrán a disfrutar. O eso es lo que pinta que será. Si no se les rodea de florituras gratuitas (véase esos cohetes de José Luis Moreno) y se les cobija con una sencilla puesta en escena que resalte esa sensación que desprenden de "sentir que bailo por primera vez", que dice la canción. Entonces, triunfarán, brillarán, porque serán ellos mismos aprendiendo, ilusionándose, enamorándose.  Ahí está el secreto de su éxito y eso, de momento, es imparable.

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