Domingo, 27.05.2018 - 23:39 h
Telediaria

Los Goya 2018: crónica de una noche de silencios incómodos

Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes en Los Goya
Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes masajeándose en Los Goya, porque en las redes sociales estaban haciendo lo contrario.

Antifluidez. Este es el palabro que puede resumir Los Goya de 2018. Una gala que ha sido previsible y aburrida. A su favor no contaba con la herencia recibida de la invisible promoción del cine del último año: con títulos que -salvo alguna excepción- no han logrado una gran popularidad social, lo que propicia que el espectador no tenga grandes referencias de los grandes protagonistas del show, esos actores y directores nominados que están en el patio de butacas. No les conoce, no sabe su historia.

Aunque una buena gala de Los Goya debería servir para justo lo contrario: ser escaparate, a través del show de entretenimiento, de ese excelente cine que no ha tenido grandes ventanas de difusión y promoción, especialmente en la aún poderosa televisión de masas. Sin embargo, en su concepción, Los Goya 2018 han vuelto a caer en el error de apostar por una comedia muy particular. No apta para todos los públicos. No pasa nada, la televisión no debe ser siempre para todos los públicos. De hecho, lo interesante es arriesgar para incluso descubrir nuevos públicos.

Y Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla han intentado presentar el sarao fieles a su personalidad. No podía ser de otra manera. Pero el problema es que la exposición perversa que supone Los Goya ha comido su seguridad escénica. Se han hecho pequeñitos en un auditorio que tampoco es tan grande. Y han sufrido lo peor que puede soportar un cómico: silencios incómodos, en el patio de butacas y en el propio discurrir de la emisión.

Silencios incómodos que han ido más allá de sus presentaciones y se han contagiado durante toda la noche. En los monólogos, entre premio y premio, entre espera y espera de una gala que no debería tener esperas. Una ceremonia arrítmica, fría y deslavazada que ejemplifica el fallo tradicional de este evento: todos los contenidos que se van presentando parecen inconexos, no forman parte de un guion que conforma un todo.

Que si un monólogo inicial, que si luego un gag, que si una música retro de fondo -rollo Benny Hill- para remarcar que es un momento de risa aunque no existan apenas risas, que si Paquita Salas... Todo deshilvanado.  Como si fuera ese puzle muy bonito en la tienda pero que, al final, en casa no encaja bien las piezas. Es la asignatura pendiente de Los Goya: construir un hilo argumental coherente desde el minuto.  Un guion que debe combinar con más naturalidad la corrosión del implacable monólogo inicial, los gag, la sorpresa y la emoción -en este sentido, un buen ejemplo son Los Goya de 2010 con Andreu Buenafuente y la aparición inesperada de Almodóvar-.

Porque sin emoción el buen humor no existe. Y eso, a veces, se olvida. El humor sin carga emocional es menos reconocible para el espectador. No obstante, estos Goya si han mejorado la realización y escenografía. Haciendo al público del "teatro" muy protagonista y encajando mejor la puesta en escena en el limitado escenario del Hotel Auditorium de Madrid, donde se celebra este acontecimiento. Prueba conseguida.

Esta vez, no se ha recargado el set con elementos gratuitos de atrezo y se ha optado por un decorado elegante, con una especie de tuercas gigantes que, a priori, parecía que tendrían su justificación dentro del guion del show. Pero no, la propuesta de escenografía tampoco ha tenido lógica aparente. Lástima, pues la escenografía debería ser un instrumento integrado en el guion, que impulsara una premisa temática diferenciadora de cada edición de Los Goya y no sólo un concepto casual. De nuevo, otro ingrediente deslavazado. Como todo lo demás.

Los Goya siguen imponiendo. Unos premios que desprenden demasiada institucionalidad y eso se contagia como un virus en todos aquellos que suben en el escenario. Y si falta la estatuilla, los entregadores se quedan pasmados, con nula capacidad de reacción, como sucedió con Jesús Castro e Hiba Abouk durante la entrega de los primeros premios de la velada. Ese corsé es el enemigo de Los Goya.  Es más, ese corsé se ha evidenciado en este 2018 hasta en el momento de reivindicar: los actores se atreven más a ser sí mismos en otros premios, como Los Feroz, que en Los Goya. Porque el Goya se ve que impone más que antaño. 

The End. Fin. Los Goya 2018 terminaron. Pero no pasarán a la historia de la televisión. Aunque sí dibujan el porvenir de los premios de la Academia de Cine. Unos premios que deben huir de la comedia del eufemismo y hablar para todos los públicos a través de la traviesa corrosión que identifica y que emociona. No hace falta mucho más para una buena gala y, al menos, en este 2018 sí que se ha logrado ir al grano con la entrega de premios. Sin perderse en excesivos rodeos.

Porque los premiados deben de ser los grandes protagonistas de la noche: con sus sensibilidad, con su nervio, con sus indirectas, con lo fortuito... como esa gran Julia Salmerón (madre de Gustavo Salmerón y protagonista del documental Muchos hijos, un mono y un castillo), que ha representado la espontaneidad en la noche.

Lo malo es que, en este 2018, la mayoría de los galardonados no eran muy conocidos. Pero, por suerte, la voz de Carlos del Amor ha puesto en contexto a cada ganador mientras subía a escena. Porque, en esto del contexto, las presentaciones oficiales de la gala no han ayudado demasiado, pues han hablado un lenguaje más pensado para el micro mundo profesional del cine que para los espectadores masivos. 

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