Miércoles, 08.04.2020 - 20:14 h
Telediaria

'Los Goya 2020': lo mejor y lo peor de una gala con un problema claro

Salir ileso de una gala de premios siempre es complicado. ¿Por qué? Pues porque son muchos los galardones a entregar y la suma de los numerosos agradecimientos puede ser soporífera. Y así ha sucedido en 'Los Goya 2020'. No tanto porque al cine español le falten estrellas, que las tenemos y muy magnéticas, sobre todo porque normalmente los agradecimientos de Los Goya suenan exageradamente repetitivos. No somos norteamericanos, somos menos melodramáticos al salir a un escenario. La mayoría de la gente da las gracias protocolariamente a familia y compañeros. Dicen esto de por mí y por todos mis compañeros, una y otra vez, lo que termina convirtiendo al sarao en un bucle sin demasiado interés televisivo que sólo se salva cuando surge el incontrolable nervio de la espontaneidad. Ese instante que rompe el guión del previsible 'se lo dedico a todos mis primos' con el carisma de la verdad.

Para remediar esta pesadez de base de las galas de premios clásicas -que habrá que reinventar porque no puede durar cada discurso unos diez minutos de comentarios sin sustancia-, se puede jugar con los fondos del decorado y la diversidad de posiciones en el escenario de 'entregadores' y 'celebradores'. Fuera atriles, más versatilidad de sets. Ahí 'Los Goya 2020' han tenido la visión de ir modificando la tonalidad del color de la animación de los fondos de las pantallas detrás de los discursos. Una escenografía elegante y versátil que dotaba de cierto ritmo a la profundidad de cada imagen del show.

Pero no ha sido suficiente. Habrá que poner una trampilla al estilo de 'Ahora Caigo' para cuando el personal se exceda.  Porque ni siquiera se dan por aludidos al sonar por lo bajini una música épica que insinúa aquello de 'vaya terminando, amiga'. Y es que la música épica era tan entrañable que, en vez de cortar el rollo, hacía que se vinieran arriba y se pusieran con más ganas de recitar su vida. En vez de frenar, animaba a que el premiado mirara a cámara e interpretara 'Hamlet'.

No obstante, el acierto de 'Los Goya 2020' ha sido entender que los premiados son los grandes protagonistas, así que cuanto menos rodeos a la hora de presentarlos mejor. Ya se enrollan ellos, como para estirar la ceremonia de números visuales y/o malabares y/o el comodín de Alex O'dogherty. Como otros años...

Pero para que la gala trascienda es importante que exista un relato transversal que aporte unidad a todo el programa.  Un cometido que se consigue a través de los maestros de ceremonias. Esta año, la experiencia de Silvia Abril y Andreu Buenafuente, que han repetido juntos. Y para Andreu ya es la cuarta ceremonia. Justo hace diez años, de hecho, presentaba la que probablemente es la mejor y más completa gala de la historia del cine español porque combinó a la perfección comedia, sorpresa, emoción y espectáculo.

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Y en busca de este espectáculo, en 'Los Goya 2020' han tenido claro que en un programa de televisión de estas características es importante arriesgar para crear la atmósfera de gran acontecimiento. Acierto no temer y apostar por un gran arranque musical. Creativo y bien ejecutado, este número ha sido un homenaje a todo al cine e incluso a la familia de los comediantes, en su máxima expresión. Sin prejuicios. Porque de eso va la gala, aunque a veces se olvide. Han osado en empezar lanzándose a una complicación escénica: un rap, con Rayden y Ana Mena, mucha coreografía, mucha gente en escena, mucho atrezo. Mucho titiritero, que dirían algunos. Y no ha salido mal, no. Y no ha creado indiferencia, no. Tan vital para este tipo de ceremonia.

Así ha arrancado un show que ha recordado que cualquier fiesta es mejor si el entretenimiento no es hueco y viene comprometido con su sociedad. Y la retrata de una manera identificablemente valiente. Aunque no guste a todos la realidad del retrato, pues hace pensar. Sublime el diálogo entre Abril y Buenafuente en el que han plasmado el vaivén del país a través de títulos de películas de Amenábar y Almodóvar.

Ha sido de lo mejor de la noche, también ha estado bien medida la corrosión de la aparición estelar de Jorge Sanz, conformándose con entregar un Goya desde la puerta del estadio en el que se realizaba el evento-como guiño a que en otra edición no le dejaron pasar-. Sin olvidar, la desengrasante locura a lo Beyoncé de Silvia Abril como superheroína que destruye los techos de cristal de los prejuicios... y los derechos. 

Sin embargo, se sigue echando de menos una trama cruzada que deje más pegado al espectador porque intuye que el guion va hacia algún objetivo narrativo durante toda la noche (esto lo tuvieron los Ondas 2019, por ejemplo), asimismo ha faltado un gran punto de inflexión o golpe de efecto para despertar al espectador entre tanto agradecimiento monótono. O, lo que es lo mismo, plantar una gag-bisagra en mitad de la gala, cosa que los norteamericanos controlan como nadie. Véase el mítico selfie de Ellen DeGeneres. Este elemento, planificado para potenciar la atención de una audiencia ya en desconexión, en 'Los Goya 2020' ha estado definido en la irrupción de una activista. Parecía alguien que se había colado en el directo de verdad, pero era Paula Meliveo interpretando a una espontánea que, al final, ha anunciado la mejor película documental.

Momento activista. Los Goya 2020
Momento activista.

Aunque el instante central televisivo de este extenso prime time ha sido el emocionante Goya de Honor a Pepa Flores con sus hijas recogiendo la estatuilla y el aplauso, precedido por una actuación de Amaia Romero envuelta en la sensibilidad de una caja escénica de proyecciones que recordaban a la icónica Marisol. Con detalles como este, 'Los Goya' han vuelto a pegar un salto visual. Aunque se cuele de vez en cuando algún asistente perdido en realización. Es normal.

Como también es evidente que, ante los nuevos consumos audiovisuales, hay aligerar estas galas de premios o, al final, no conseguirán su cometido: que apetezca ir al cine.  La cosa empezó bien. Abril y Buenafuente cómodos, como en casa -relativizando hasta sus propios chistes-, la escenografía y la iluminación con una amplitud bella -reconvirtiendo un feo estadio en un acogedor teatro-, estrellas de primer nivel en primera fila... Pero el desfile de agradecimientos se hizo espeso. Por suerte, al acercarse el colofón del adiós en nalgas de Silvia y Andreu (foto con culos al aire de arriba), salió a recoger el premio a mejor actor Antonio Banderas y, entonces, recalcó que tenía un discurso pero que no lo iba a leer. Gracias, Antonio.

Y el protagonista de 'Dolor y Gloria' se puso a contar batallitas. Es lo que esperábamos toda la gala: ¡al público nos gustan las batallitas con nombre y apellidos! Porque te descubren, porque te enseñan, porque te hacen empatizar con el esfuerzo del recorrido, porque te emocionan. Hasta al propio Pedro Almodóvar. Por cierto, el director manchego también dotó a su agradecimiento, a mejor película, del interés extra de  divulgar una preocupante realidad que pocos quieren ver: "el cine independiente español está en peligro de extinción". En definitiva, la gala crece con los agradecimientos que inspiran. Y no con los discursos tan protocolarios de 'ay, que no se me olvide nadie' que son aburridamente huecos. Ese ha sido el drama de la noche: los discursos protocolarios que no aportan, porque no cuentan. Chimpún.

Borja Terán.

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