Miércoles, 14.11.2018 - 21:41 h
Telediaria

María Teresa Campos: así innovó en la TV bajo demanda (sin saber lo que era)

María Teresa Campos en TVE
María Teresa Campos en TVE

Si no puedes ir a la noticia, llévate la noticia a plató. Eso logró María Teresa Campos en 1995, cuando abrió las puertas de su estudio de Pasa la Vida a diferentes pasos de Semana Santa. En aquellos tiempos, no era tan fácil (y tan barato) realizar una conexión vía satélite (mucho menos vía directa, con la tecnología de las prácticas mochilas 4G de la actualidad), pero la Campos lograba lo imposible: meter la Semana Santa en el Estudio 2 de Prado del Rey y, así, romper con la rutina a través de un contenido especial que estaba en la calle y generaba especial interés.

Mucho ha cambiado la televisión desde entonces, pero, en concreto, el género del magacín no ha evolucionado tanto. María Teresa Campos tomó el testigo de Jesús Hermida y lo hizo crecer hasta asentar el modelo de programa diario del que beben los matinales de hoy en día, esos que se han ido homogeneizando hasta parecer todos el mismo.

Pero, aún hoy, los programas matinales deben inspirarse en cuatro sigilosos detalles clave que, como en aquella Semana Santa, María Teresa Campos y su equipo impulsaron con intuición periodística. Paradójicamente, estas cuatro claves se han ido difuminando en los últimos años, a pesar de que las nuevas tecnologías y las redes sociales son propicias para dar un empujón al género del magacín en España.

1. Programas largos pero fáciles de consumir por partes

Jesús Hermida y María Teresa Campos fueron pioneros en la estructura de la televisión bajo demanda, sin conocer aún el significado de la televisión bajo demanda. Los dos profesionales tuvieron que afrontar magacines de larga duración que, al mismo tiempo, estaban fragmentados en distintos bloques diferenciados, que bien se podían consumir por separado y que cada día tenían lugar a la misma hora para ser fáciles de localizar (la entrevista, el corrillo del corazón, los sucesos con enfoque de autor de Pérez Abellán, el teatrillo, la mesa de debate político...). Se generaba una personalidad identitaria global para el espectador que lo consumía en directo y completo, pero, por otro lado, se daba la posibilidad de sentarse en el sofá para ver sólo aquellas secciones que más te interesaban. Muchas de ellas se podían consumir después si eran grabadas. Y mantenían cierta vigencia.

Hoy, en cambio, los magacines son un carrusel de trepidante actualidad instantánea que caduca al instante, donde no hay más que un mismo espacio y un devenir de colaboradores que hablan de lo que toque cada día. Y así están horas y horas. En el futuro, como pasaba en Pasa la vida o Día a día, se deberían incorporar secciones autónomas con sello propio, con autores que narran historias y enganchan a un público fiel. Y si ese público fiel se pierde su sección favorita en directo, sabrá que puede buscarlas en diferido en la web del programa, tal y como hace con las series y sin tener que tragarse las cuatro horas del programa de turno. 

Así es el futuro del magacín, que tendrá dos recorridos de rentabilidad empresarial: la vía que se consume en directo y la que se rentabiliza con los visionados posteriores y fragmentados "a la carta".

2. Elenco de colaboradores, pero también de personajes

Se ha abusado en la televisión de hoy del abstracto término de "colaborador". En los magacines actuales, este tipo de perfil de profesional suele componerse de tertulianos políticos o de periodistas del corazón. Pero, además, los programas de María Teresa Campos permitían un desarrollo mayor de las personalidades de los participantes en el programa, hasta crear personajes que evolucionaban en el tiempo. Incluso jugando con la ficción, que irrumpía en el discurrir del programa y, así, dinamizaba el ritmo del show. De esta manera, Paco Valladares hacía de su esposo (sin serlo) o se producían distintos teatrillos con personajes populares como Rocío Carrasco -con autocrítica incluida-.

Ahora, el frenesí de la actualidad, ha transformado el género del magacín matinal en un formato más pegado a la política y al suceso morboso. Pero el liderazgo real del magacín lo marcará aquel programa que resulte más auténtico, más único. En la actualidad, todos parecen el mismo espacio. Todos con una escenografía clónica, todos con una estructura sin grandes diferencias, todos hasta con presentadoras parecidas. No cuentan con secciones reales de autor, no se prioriza que el espectador empatice con el valor añadido de un buen cronista. Todo se reduce al efectismo del titular para llamar la atención rápida de la cuota de pantalla al grito del rótulo de 'última hora' o 'exclusiva'.

3. Programas acontecimiento

Aquel día de la Semana Santa de 1995, María Teresa Campos desmontó el centro del decorado y, al mismo tiempo, despertó la curiosidad del espectador con un panorama inaudito: los pasos de procesión dentro de un plató. No fue la única vez, también realizó un programa especial de Día a Día desde el decorado de Crónicas Marcianas, ya que estaba en Barcelona para recoger el Ondas. Así se creaban programas evento que rompían con la rutina y redescubrían a nuevos espectadores el formato en sí, ya que generaban una curiosidad extra que, a la vez, fomentaba debate social y conversaciones. Y esto invitaba a conectar con el magacin aunque no fueras asiduo a ese magacín.

4. La audiencia partícipe

Ya no hay llamadas telefónicas del espectador en los programas matinales. Como mucho, consultas de Saber vivir y teléfono de aludidos para algún asunto escabroso. Pero una de las grandes bazas de Día a día es que el público participaba en todas las secciones de debate, ya sea en la mesa política o en el corrillo del reality o el corazón. De ahí viene el famoso "vaya terminando amiga" de la Campos cuando la cosa se alargaba. En la actualidad, existen más vías de acceso al espectador -redes sociales, aplicaciones como whatsapp...- pero el espectador se siente menos partícipe.

Aunque el gran valor de María Teresa Campos, que enriqueció el magacín después de Hermida, es que rompió los corsés del género y fue siempre ella misma. Resultaba un espectáculo en sí mismo contemplar a la comunicadora llevar las riendas de su programa con absoluta precisión en cada momento. Sin necesidad de caer en sensacionalismos, sin necesidad de poner grandes rótulos de "exclusiva": simplemente hablando al espectador de tú a tú, sintiéndolo como un aliado que hasta, a veces, notaba como la propia presentadora sufría cuando su audiencia bajaba unas décimas de share. Esa transparencia honesta de la Campos no la ha vuelto a tener ningún magacín matinal posterior. Y ese, sin embargo, sigue siendo el motor de la televisión de ayer, de hoy y de siempre. La televisión que está viva, que crea vínculos con la audiencia, aunque se consuma en directo o en bajo demanda.

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