Viernes, 13.12.2019 - 04:21 h
Telediaria

La publicidad es el principal cliente de una cadena de televisión comercial. Los ingresos de los anunciantes son el sustento de las emisoras. Por lo tanto, las pausas publicitarias son cruciales para que el espectador pueda ver 'gratis' esos contenidos. El único peaje que debe soportar por ver la tele es el aluvión de spots y promociones cuando toca.

Sin embargo, en España sufrimos una anomalía. Los anuncios no siempre se colocan bien en la programación. Por ejemplo, los capítulos de las series norteamericanas llevan marcadas las pausas publicitarias en el guion, dibujando un pequeño cliffhanger e incluso enfatizado con música. Así la ficción puede graduar los altos y bajos emocionales de cada trama, Así el espectador se queda enganchado también durante los anuncios, a la espera de ver qué sucede al regreso del interludio. 

En cambio, en nuestro país eso es imposible. Nunca se sabe cuándo caerá el corte a publicidad, que puede irrumpir en cualquier momento. Incluso cortar una frase dramática si es necesario. Da igual que rompa el clímax de una escena intensa o deje con la palabra en la boca al presentador de turno de un talent show. Eso es lo que menos importa. 

Las cadenas parecen estar más pendientes de lo que hace la competencia que de cuidar la coherencia narrativa de su producto. De esta forma, nos hemos acostumbrado a cortes de cuajo. La publicidad atiza en el instante en el que menos te los esperas.

También en programas enlatados que intentan imitar a un show en directo. Pero eso, que transmita la sensación de directo, es ya una emisión imposible, porque los intermedios interruptus evidencian que todo está más que grabado. Y, claro, la ingenuidad del público se pierde por el camino, lo que supone un estorbo para los creadores televisivos.

Al final, las pausas publicitarias mal colocadas, que piensan en todo menos en el espectador, pueden ser más rentables a corto plazo porque son tácticas para que la audiencia no cambie de canal y para sumar más aparente visibilidad a los spots con 'pautas únicas' de emisión. Pero, al mismo tiempo, este modus operandi está sembrando un problema de fondo para la inversión televisiva en el medio plazo: el público se siente maltratado por las cadenas tradicionales, prefiere ver su oferta en las plataformas bajo demanda y encima los anunciantes caen antipáticos cuando deberían estar en un amigable contexto de escaparate atractivo para ganar los potenciales clientes a los que aspiran. 

Un corte publicitario mal colocado genera frustración. Justo lo contrario que necesita una televisión para vender publicidad a través de un público que se siente identificado con los contenidos de la cadena. Habrá que frenar ese descrédito del corte por publicidad o será otro obstáculo más para mermar la fuga de espectadores en tiempos de revolución de los consumos.

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